Cataclismos revisitados y olvidables
Desde el huracán de 1949 (innombrado), hasta el Irma de 2017, Caibarién y sus alrededores padecieron devastaciones análogas al Kate (1986), que produjo cuantiosos daños materiales y humanos
Entre ciclones
 

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El martes 10 de diciembre, Día Mundial de los Derechos Humanos, en la sala concebida para 40 personas en el lugar conocido como ARTeHOTEL, se estrenó el documental “Vivir entre ciclones”, del realizador británico Michael Chanan.

La cinta, coproducida con el ICAIC, resultó soslayada al no programarse para presentación en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, presuntamente por su escasa impronta para una nación que ha sufrido embates de todo tipo, especialmente históricos, pues la cinta versa sobre ciertos eventos meteorológicos en Caibarién.

La zona es lugar de convergencia de corrientes migratorias, sobre todo a Estados Unidos, que se traduce en suerte de ventaja para locales pobres, quienes la aprovechan con respecto a quienes habitan otros ámbitos geopolíticos alejados, que al cabo han incidido en la escisión nacional. 

La ex ciudad exhibe un promedio de exiliados por habitante que la ubica entre las poblaciones incómodas más representadas allende la mar. Pero, a la par, es un enclave turístico donde vacacionan la estresada jerarquía política del país.

Esa peculiaridad quizá explique por qué no convenga demostrar qué ha sucedido con la infraestructura constructiva de alocadas empresas militares, copropietarias de la hotelería, ni cómo ha incidido el abandono de normas conductuales en los ecosistemas protegidos del cayerío. 

Porque la Bahía de Buenavista, enclave afectado, es reserva mundial de la biosfera y aliviadero de estos puertos desbocados.

Desde el huracán de 1949 (innombrado), hasta el Irma de 2017, la ciudad y sus alrededores padecieron devastaciones análogas al Kate (1986), que asoló toda la región norte del archipiélago y penetró en zonas bajas produciendo cuantiosos daños materiales y humanos.

Argumentos tan acuciantes como la deforestación centenaria sufrida en las cercanías, la contaminación por causas derivadas de la industrialización azucarera e irresponsabilidad jurisdiccional de las autoridades gubernamentales, arrastraron a los que visualizaron la cinta a la conmoción y solidaridad ante estos desastres que no parecen tener fin.

El material refleja la visión académica sobre las fluctuaciones en los mercados mundiales del tabaco, el café y el azúcar, cuyos cultivos influyeron no sólo en la desforestación sino en el agotamiento perceptible de los suelos.

Hay en la cinta, no obstante, un momento cumbre: la intervención de Fidel Castro en la Cumbre Mundial de Río (1992), donde inculpa exclusivamente al capitalismo desarrollista por la imparable e irreversible destrucción del planeta.

Como si el socialismo (y pensemos en China, mayor contaminador mundial) no tuviera algo que ver con esto, y en Cuba se prefiera mirar hacia otro lado cuando el gobierno pone por delante intereses de grandes empresas.

Es también singular que el documentalista haya elegido cita textual de Díaz-Canel vertida durante el pasado VIII Encuentro de Naciones del Caribe, para dar título al caos que a todos concierne y a pocos en verdad importa.

No se precisa ser de uno u otro signo ideológico para asumir los desastres ocasionados. Si la naturaleza ha tornado en desventaja su otrora benevolencia para con el clima mundial, nadie reniegue que es consecuencia del hombre. 

Pero no sólo de aquél que rige un sistema egoísta distinto al que desconoce modos mejores de preservar a sus pueblos y coexistir en paz con la naturaleza, sino también de aquellos que se erigen en hipócritas paladines a contracorriente, cuales fervientes combatientes frente a molinos de viento.