Raysé: el ex peleador de pitbulls que se convirtió en protector de los perros

 

Quien viaja a Bauta por primera vez en busca del paradero de Raysé Cosculluela no tiene pérdida: la mayoría de las personas saben dónde vive "el señor de los pitbulls". Raysé es hoy el consejero de la comunidad en asuntos relacionados con los animales, específicamente los perros, para los cuales creó -con la ayuda del INDER y varios amigos- un parque en la localidad.

Sin embargo, Raysé no siempre fue un protector de los canes, algo que no teme decir e insiste en que todos conozcan. En sus años mozos era uno de los principales organizadores de peleas de perros del occidente del país y su casa era el epicentro de la atmósfera perrera del pueblo.

“Tenía 15 años cuando empecé en este mundo de los pitbulls. Al inicio los cuidaba sin ánimo de lucro porque me gustaba la raza, su potencia, el entrenamiento y la adrenalina que desprendían en los combates. De a poco aprendí a distinguir los buenos, a entrenarlos, a medicarlos y alistarlos para las batallas”.

Así estuvo varios años hasta que decidió hacerse de su propia camada y círculo de criadores, que llegó a ser en uno de los más prestigiosos porque contaba con gimnasios llenos de aparatos y con todo tipo de condiciones. Por tal razón le era muy difícil organizar peleas después de su debut en 1992: pocos eran los que se atrevían a desafiarlo.

“A lo sumo realizaba cuatro peleas al año, no más. Por ello me daba el lujo de escoger el mejor entre los más de 20 pitbulls que tenía. Las apuestas en los años 90 giraban sobre los 10-20 mil pesos, pero había algunas que ascendían a 200 mil.

“A las vallas no iba cualquier persona, pues nos cuidábamos mucho de la policía. Estaban los organizadores, grandes apostadores, algunos conocidos y, por supuesto, los cuidadores, que a lo sumo se quedaban con el 25 por ciento del depósito total”.

En total, Raysé realizó 27 peleas oficiales y nueve charangas (luchas entre ejemplares desentrenados) y sólo tuvo seis derrotas y un empate, cifras que denotan el potencial de sus canes.

“En ese entonces era algo normal para mí y los demás peleadores ver aquello como un deporte y un medio de vida. Queríamos a los animales solo para eso: el que moría se enterraba y punto. En caso de sobrevivir, se valoraba su situación y, de quedar muy débil, era muy afortunado el pitbull que permanecía en un patio amarrado por el resto de sus días”.

A medida que crecía la fama de Raysé en el pueblo de Bauta, se cerraba sobre él el cerco policial. Las autoridades ya le habían demostrado en varias ocasiones que sabían todo sobre su vida. Sin embargo, las leyes de entonces eran muy endebles, pues en caso de una redada, los participantes solo recibían una multa de 60 pesos cubanos, mientras que los organizadores de las vallas y gestores de apuestas cargaban con las sanciones más severas, pero casi nunca los atrapaban porque no andaban con el dinero encima.

Sin embargo, el jefe de la unidad policial de Bauta tenía pruebas suficientes contra Raysé, que acumulaba 11 cartas de advertencia.

 

 

“Estaban en lo claro: vieron que yo era un organizador del juego ilícito, que preparaba las vallas, congregaba la gente, entrenaba animales, lo hacía todo… Por lo tanto, se lanzaron sobre mí con la concepción de que así erradicarían el mal de raíz. Y así fue”.

Cuenta Raysé que un día citaron en la estación policial a dueños de vallas y peleadores de gallos y de perros. Allí le hicieron leer en voz alta el Código Penal, que refería la sanción de privación de libertad de entre uno y ocho años a los gestores de juegos ilícitos.

“Ese día entendí que estaba muy cerca de la cárcel. Yo había estado preso en el 90 por sacrificio ilegal de ganado mayor y verdaderamente no quería volver a caer, pues tenía tres hijos y un matrimonio estable. Por tanto, era hora de dejar toda ilegalidad.

Durante ese proceso tuvo ligeras recaídas e intentó burlar la policía, órgano que lo tenía tan milimétricamente estudiado que enseguida le detallaba hasta lo que pretendía hacer y le presionaba con la amenaza de la cárcel.

“En aquel tiempo le deseé cosas muy malas a la policía, pero hoy se lo agradezco porque pasé de ser un peleador de perros a un protector. Como era de esperar, eso me trajo consecuencias: grandes amigos dejaron de hablarme y aún hoy no me entienden, cosa que no me interesa, dado que tengo mucha gente a la que explicarle lo que hago y el por qué”.

Con la ayuda del INDER municipal, Raysé se hizo con un tiradero de basura abandonado y lo transformó en un parque para perros, que contiene aparatos para varias competencias.

“Hay aficionados que quieren que hagamos carnés y creemos un círculo con estructuras de dirección. Para mí, nada más cerca para empezar a lucrar y perder los valores de la instalación, que ha transformado para bien la vida de la comunidad".

Algunos van con su perro para que haga sus necesidades, juegue y comparta con sus semejantes. Otros los llevan para entrenarlos, pues hay una pista, una pared para el salto vertical, un aparato para el salto de altura y para el arrastre de peso. Y cada cierto tiempo se hacen eventos deportivos que paralizan el pueblo.

Para Raysé, que ha pasado cursos Bienestar Animal y hoy día actúa de conferencista en múltiples eventos y centros escolares, así como de consejero y veterinario en su comunidad, esta ha sido una forma de revertir todo el daño que le hizo a los animales en su juventud: “Yo tengo una deuda impagable con la raza que ya no tengo tiempo de pagar: me haría falta otra vida. Pero creo que haciendo esto aporto mi grano de arena"

“Involucrar a las personas en la lucha en favor de la raza pitbull, ayudarlas ante cualquier necesidad y aportarles mis conocimientos y demostrarles que el animal no es agresivo, sino que es una víctima de los caprichos del hombre, me da más placer que cualquier pelea con sangre. Me siento más útil hoy día, por eso de una forma u otra agradezco a la policía por lo que hizo conmigo. Ahora, debieran seguir haciéndolo, pues esa es la única variante para eliminar definitivamente las peleas” -concluye.