La Habana es una ciudad miserable

Suena el despertador. Abres los ojos, son las 5 de la mañana. Quisieras quedarte un rato más en la cama, pero debes levantarte sí o sí. No te queda otra opción. Tu esposo aún duerme. Estuvo de guardia la noche anterior, y en la noche de hoy tiene que trabajar de nuevo. Te levantas. Caminas por la habitación que es pequeña y te paras delante del espejo. Tu bata de dormir está rota debajo de tu seno derecho desde hace tres años, recuerdas que llevas usando la misma bata desde hace quince años. Desde que te casaste. Te encantaría tener una nueva pero los zapatos de las niñas están primero. Suspiras. 

-Debo hacer algo con estas ojeras, piensas. 

Sales de la habitación que no tiene puerta y vas a la cocina. Todos los cacharros están sucios. Abres la pila pero es en vano, hoy no es día del agua. Vas al refrigerador, tomas el jarro de leche y abres el fogón pero no enciende. Rayas varios fósforos hasta que te das cuenta de que no hay gas. Buscas debajo de la meseta y sacas una hornilla de luz brillante. Sigues buscando entre los cacharros pero no encuentras el pomo, sabes que está ahí, pero alguien lo movió. Te tiras en el piso tratando de no hacer ruido, y remueves todo. Hasta que al fin lo encuentras, un pomo desteñido lleno de luz brillante y sonríes por primera vez en la mañana.

Prendes la hornilla con cuidado porque ellas explotan de vez en cuando. Pones a calentar la leche y vas al baño. Te sientas en la taza con ganas de tomarte un café pero ayer se acabó el paquete. Te quedas mirando el techo un rato. Tiene ese color mustio que toman las paredes cuando no están repelladas, la humedad se la está comiendo, pero no tienen dinero para terminarlas, y mucho menos pintarlas. Orinas. 

Al lado de la tasa tienes un tanque de metal. Coges agua con un jarrito y comienzas a asearte. Te encantaría darte un baño, pero esa agua hay que ahorrarla al máximo porque no sabes cuando vuelva la de la calle, y las pipas solo están viniendo cada quince días. Son las 6 y 20. Vuelves a la habitación y buscas algo que ponerte.

Tienes que ir a comprar el pan. Te pones ese vestido que tanto te gusta. Miras a tu esposo un rato. Está muerto de cansancio. Le tiras un beso aunque él no se entere. Un poco más atrás están las camitas de las niñas. Y ahí están ellas, idénticas, con las sábanas por el piso. Duermen como si en la Habana no hubiera problemas.

Te recoges el pelo y te pintas los labios. Le queda poco al pintalabios. Cuando cobres el mes que viene prometes que te compraras uno. Aunque el cuarto está oscuro te gusta cómo te ves. Sacas menudo de un cofre, vas a la salita y coges la jaba del pan. Abres la puerta y sales al pasillo. Algunos vecinos ya están despiertos. Un olor terrible inunda el pasillo que está repleto de casa por ambas lados. Hay una fosa desbordada. Caminas con cuidado para no salpicar las chancletas. Abres el portón de zinc y sales a la calle, enseguida el aire cambia, no es mejor que el del solar, pero es otro. Hoy La Habana huele diferente. 

La panadería está a dos cuadras. Llegas y vuelves a tener la segunda sonrisa de esa mañana, está la viejuca atendiendo. No sabes su verdadero nombre pero así la llaman todos. Le das los buenos días y ella te toma la mano con la amabilidad de siempre, te echa los cuatro panes que te tocan y añade otro. Te guiña un ojo. Y a ti siempre te dan ganas de abrazarla aunque el mostrador nunca te deje. Ella te recuerda a tu mamá, tu viejita linda que en paz descanse. Le tiras un beso y regresas a casa.

Son las 7 menos 5. Caminas despacio por las tablas del pasillo, pero al final te tambaleas y metes un pie en aquella asquerosidad. Un calambre frío te recorre todo el cuerpo, te dan ganas de vomitar pero te aguantas. Apuras el paso para llegar a la casa. Abres la puerta y vas directo al baño. Te acomodas en la bañera que es pequeña. Coges un pedazo jabón y te echas agua para lavarte los pies. De verdad te encantaría bañarte pero esa agua tiene que alcanzar para tres días.

Vas a la cocina y apagas la hornilla, la leche está tibia, esas hornillas demoran mucho en calentar. Sirves dos vasos justos, no más. 

-Bueno al menos alcanza para las niñas, piensas. 

Sacas dos panes de la jaba. Buscas dentro del refrigerador y sacas un pomo que tienes preparado con aceite, ajo y calditos de pollo. Preparas los panes y sirves el desayuno para las niñas. 

Vas al cuarto a despertarlas, remolonean, les caes a besos y no las nombras porque a esta altura después de ocho años las sigues confundiendo. Las niñas te dan un beso y van al baño, peleándose quien entrará primero. Te sientas en el borde de tu cama y miras a tu hombre, le acaricias las piernas y sientes un deseo enorme de despertarlo, de estar con él ahora mismo. Pero no puedes, ya te han advertido en la escuela por llegar tarde. 

Te pones los zapatos, te paras frente al espejo una última vez, y te sueltas el pelo. Son las 7 y 20 de la mañana. Coges la carpeta. Una está desayunando y la otra sigue en el baño. Le  dices a través de la cortina que no se demoren, y que tengan cuidado al cruzar la calle. Le das un beso en la frente a la que está sentada en la mesa y sales. Otra vez el pasillo y la pestilencia, y los perros. Sales a la calle, y en lo que vas caminando no recuerdas si las niñas hicieron la tarea, más le vale, sino las dejas sin muñequitos en la tarde. 

La escuela está a más de un kilómetro. Siempre vas caminando. Te da tiempo llegar y preparar el aula antes de que los muchachos lleguen. Pudieras esperar la guagua pero eso sería un suicidio. Prefieres caminar, y piensas que tienes que comprarte un creyón de labios el mes que viene, lo tienes prometido, pero eso puede esperar, lo más urgente ahora es pensar qué cocinar en la noche cuando regreses.