Estafa, la otra solución de algunos cubanos
La crisis intrínseca de la revolución hizo que el cubano pusiera todas sus neuronas a funcionar y la estafa fue uno de las soluciones que encontró, pincelada con el absurdo característico de su caribeño surrealismo
Cubano con billetes de pesos cubanos convertibles, en calle de La Habana. Foto: AFP
 

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La crisis intrínseca de la revolución hizo que el cubano pusiera todas sus neuronas a funcionar y la estafa fue uno de las soluciones que encontró, pincelada con el absurdo característico de su caribeño surrealismo.

Remodelada en el “período especial” y con su mutación durante la pandemia, la estafa ha contado en Cuba con verdaderos maestros del truco, como Jorge Carlos, el vendedor de ropa extranjera de La Habana vieja.

A principio de los noventa, cuando el dólar estaba penalizado y era imposible acceder a las tiendas de divisas, Jorge Carlos cazaba clientes frente a las tiendas y les informaba que esa misma mercancía la tenía en su pasillo. Los llevaba al oscuro solar de las calles Cuba y Amargura y se la mostraba. Dejaba que escogieran la ropa y los zapatos. Luego de cobrar, empaquetaba la mercancía en un bulto sellado, y tras un verdadero acto de magia a la hora de entregarlo, lo cambiaba por un bulto similar lleno de periódicos viejos y retazos de telas, oculto en el lugar previamente.

Jorge Carlos tenía dos puntos más de trabajo, en otros edificios situados frente a tiendas, y alternaba de sitios para evitar ser detectado. Terminó muerto a tiros en el año 96, en un solar de la calle O'Reilly, cuando se volvió demasiado reincidente en su mecánica de estafa.

“Pero el mayor estafador ha sido el estado”, dice Crispín, un trabajador retirado del sector de Comercio, que se autodenomina “filósofo popular”.

“El estado cubano ha estafado a las cien mil vírgenes y a los 176 estados, con su carita de yo no fui, de yo soy el bueno, y lo peor del caso es que los estafados han quedado muy complacidos y continúan firmando tratados, invirtiendo sus capitales en el país y colaborando en la estafa, que es toda una obra maestra porque se trata de una estafa muy revolucionaria y faro y guía del mundo”, afirma.

 

 

“Así que la estafa del cubano común es una estafa de bajo perfil”, sentencia el anciano, quien dice que son cosas del “período especial” y de la crisis, y la policía no debía ni encarcelar por eso.

“Recuerdo ahora la estafa de Merceditas en complicidad con la súper abuela en la calle Infanta, con aquel billete de cien dólares a una vendedora de divisas. Merceditas había amanecido escachada, dijo que se levantó a suerte y verdad y entonces vio aquella imitación de un billete de cien dólares, que tenía la súper abuela pegada en la pared del baño con pasta de diente”.

“Dice Merceditas que el billete era tan bueno –tenía hasta las marcas de agua y el hilo de seguridad–, que con la uña le quitó los restos del falso pegamento y le pidió a la súper abuela que le hiciera la pala, que le iba a dar la mitad de los cien CUC que darían por él”, recuerda Crispín.

“La súper abuela estaba peor que Merceditas económicamente y se disfrazó de extranjera, encontraron a la mujer que compraba dólares en un pasillo de Infanta y San Miguel, que de solo un vistazo dijo que el billete era bueno y dio los 100 CUC sin chistar”.

Pero de todos los pillajes habaneros, el más célebre fue orquestado a tres manos, por Píquiri, Luis la tripa y Keko, a un banquero de bolita del barrio San Isidro, en La Habana Vieja.

Keko llegó a casa del banquero, que también prestaba dinero al garrote, a pedir un préstamo de 1500 CUC a pagar 2000 en una semana, y como garantía extrajo de la mochila con mucho cuidado, un Buda de porcelana china del siglo III, valorado en veinte mil euros, según informaba un catálogo que Keko le mostró. Pero el banquero dijo que no le interesaban las antigüedades.

A la semana siguiente Luis la tripa apareció por casa del banquero, acompañado de un turista millonario francés, coleccionista de arte chino, que casi enloquece cuando el banquero le contó que hacía poco, había visto un Buda del siglo III de porcelana china.

El coleccionista se dejó caer en el sofá desmayado y juró que pagaba por la pieza en ese minuto los veinte mil euros, y más, sin pestañear. Dijo estar hospedado en el hotel Inglaterra. Dejó una tarjeta. 
El banquero salió disparado a la caza de Keko, lo encontró alquilado en el barrio Colón, pero ya no le interesaba hacer negocio con la pieza.

Luego de una puja de precios del banquero, ante la renuencia decidida de Keko a vender, el prestamista logró convencerlo poniéndole seis mil CUC en la mano. Cuando fue con el Buda a buscar al millonario, nadie estaba registrado con ese nombre en el hotel. Keko y Luis la tripa no aparecieron nunca. La porcelana china resultó ser yeso, pintado con acuarela y barniz.