Cuba: el buen trato y los valores por el piso

Dianelys estuvo esperando por una plaza de dependiente en una tienda TRD durante casi tres años, le llegó al fin en diciembre y se estrenó con las ventas de navidad. Pero ya está aburrida de vender, por eso trata mal a la gente.

Es que vienen al mostrador con cada clase de estupideces y de preguntas tontas que no los resisto”, dice.

Dianelys no conoce la regla básica del comercio, aquello de que “el cliente siempre tiene la razón”. Ella siente, como suele suceder en esos casos, que les está haciendo un favor al atenderlos.

Con los datos móviles revisa continuamente el Facebook, sube fotos y comenta publicaciones.

La gente viene y me interrumpe. Trato de salir de ellos para conectarme de nuevo. Aquí no hay nada que raspar. En fin de año sí dejaron  propinas y además vendimos productos fuera de inventario y se hizo plata, pero el año empezó mal. Y con el salario que pagan, ¿para qué matarse?”.

Una tienda TRD en La Habana. /Foto: Yunia Figueredo. ADN CUBA
Una tienda TRD en La Habana. /Foto: Yunia Figueredo. ADN CUBA

Otra dependiente de tienda es Mayda. Y como a Dianelys, también le molestan los clientes.

El otro día vino uno a comprar cervezas y había de dos clases. Me preguntó cuál era más fuerte y se molestó conmigo porque le dije que yo no tomaba cerveza. ¡Te encuentras cada cosa!”.

Mayda no sabe que un dependiente debería conocer las propiedades de los productos que vende, para orientar correctamente y dar respuesta a las inquietudes de los clientes. En el mostrador de al lado trabaja Miguel, que es su antípoda, y se empeña en dar buen trato y se estudia los catálogos de los electrodomésticos, para explicarle a la gente las propiedades de cada equipo. Para Mayda, Miguel es un extremista.

Yo creo que lo que quiere Miguel es llegar a la gerencia. Yo sinceramente no estoy para eso. Lo mío es vender y ya”, dice.

 

 

Con la crisis del pollo y otros productos de primera necesidad que golpea a toda la Isla, los ánimos se enervaron y se perdió la paciencia, requisito fundamental de cualquier trabajador que deba tratar con el público.

Imposible tratarlos bien”— dice Mayda— “llegan al mostrador como fieras, se quejan de todo.  En mayo no hubo aceite y el día que entró la matazón fue tan grande, que tuve que subirme en la estiba y despachar tirando los pomos desde arriba, porque casi me arrancan el brazo. Así quien puede tratar bien a nadie”.

Isabel es otra dependiente que tampoco se anima con el oficio.

Antes valía la pena trabajar en una tienda de divisas, ahora es la monotonía del siglo. Es cierto que uno resuelve y tiene fácil acceso a los productos, pero el día a día lidiando con la gente me estresa. Además, hay que estar a cuatro ojos con los faltantes. Si falta algo tienes que ponerlo de tu bolsillo, o alterar el inventario, que no es viable porque si se te va la mano después es un problema”.

Los rostros de los dependientes en Cuba reflejan el panorama actual del país. Prefieren el teléfono, o rumiar sus penas, antes que atender al cliente y ofrecerle un buen trato, para que se vaya complacido y regrese.

Es que el negocio no es mío y venda o no venda gano lo mismo. Todo el dinero es para el Estado. Aunque te esfuerces y te hagas el buen dependiente, viene el camión  y se lleva el dinero. El Estado tiene vicio con el dinero. Hay que hacer cada dos horas un conteo de caja y dar el reporte. Un dato que mantienen actualizado. Y ya me tiene hasta la coronilla con tanto cálculo”. 

Dice Isabel que le quedan pocos días en la tienda, porque se va a otro trabajo.

Por eso me da lo mismo. Si el cliente se queja tiene doble trabajo”.