La eternidad por fin comienza un jueves: Eliseo Diego cumple 100 años
"Alzo hoy el vaso transparente de mi corazón y brindo por ese poeta inmenso y noble que nos regaló nuestra lengua, y que nos ha dejado, en su testamento final, “el tiempo, todo el tiempo”
Eliseo Diego

Esperaba este día como si fuera el cumpleaños de mi padre. Hoy jueves 2 de julio el gran poeta cubano Eliseo Diego cumple cien años. Y de alguna manera es casi el cumpleaños de mi padre, porque Eliseo fue el padre de muchos, prodigándose en esa bondad que lo hacía enseguida cercano y familiar, y por su poesía, que lentamente empezó a influir, desde la raíz, a mi generación y a las que le siguieron.

Y parece que no solamente esperaba este cumpleaños para sumarme, como todos, al festejo del poeta en estos primeros cien años de su eternidad, y recorrer con su voz “la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte” que nos enseñó a querer con el sonido de la memoria, agrandándose con el polvo de todas las distancias, sino que he querido esperar este día con Eliseo en mi corazón y en mi mente, para contar una anécdota, que en realidad son dos, sobre las últimas veces que nos vimos.

Fue en el Hotel De Mendoza, en la calle Venustiano Carranza No. 16, de la Colonia Centro, en la siempre para mí cercana ciudad de Guadalajara, en Jalisco, México. A Eliseo le había sido otorgado el premio que lleva el nombre de otro grande, el Juan Rulfo, y lo iba a recibir durante la Feria del Libro de aquel noviembre de 1993.

La Universidad de Guadalajara me había publicado meses antes un poemario, y la forma que encontraron para agradecérmelo fue incluirme en la delegación que asistiría a esa doble fiesta literaria. 

La noche en que llegué al hotel me esperaban en la puerta muchos de mis amigos mexicanos. Descubrí, con estupor, que todos los amigos mexicanos que había conocido en Cuba vivían en Guadalajara y, por supuesto, todos me esperaban con obsequios bebestibles.

Eliseo ya había viajado a la ciudad desde el DF con sus hijos Constante, “Rapi” y Eliseo Alberto, “Lichi”, y como buenos malandrines vieron todo mi trasiego de mezcales y tequilas. A la mañana siguiente, muy temprano, sentí unos tenues golpes en la puerta de la habitación. Era Lichi. Con un vaso plástico en la mano y la mejor de sus sonrisas de amigo sinvergüenza me dijo que había venido a desayunar. Bebimos. No habían pasado más de diez minutos y otra mano golpeó la puerta. Abrí y de igual manera, con vaso y sonrisa tendidas, estaba Rapi.

Al rato, por encima de las voces y risas que provocan dos tequilas seguidos, unos golpes más tenues y respetuosos, volvieron a llamar. Miré a Rapi y a Lichi, interrogándolos con la mirada. Ambos sonrieron, cómplices, como si fuera algo inevitable e ineludible. A dúo me dijeron “Es el viejo”. Abrí y allí estaba el gran poeta, premio Juan Rulfo, sin vaso, pero dispuesto a sumarse a aquel extraño desayuno. Apenado como un niño, y sacando una pipa del saco, musitó una justificación innecesaria: “Es que Bella no me deja fumar en la habitación”.

Fue entonces que vino a mi mente lo que también había guardado tanto tiempo, y que nunca hubiera oportunidad de decirle. Le conté que allá en una noche de 1977, yo había visitado su casa en compañía de la que era entonces mi esposa, acompañando a un trovador y a un pintor que le llevaba un retrato suyo. 

Poeta joven e insolente, rebelde y creído, dije no sé cuántos disparates de los que se dicen a esa edad en las que, con 19 años, uno se cree dueño del mundo y único emisario de Dios sobre la tierra.

Eliseo no lo recordaba y tuve yo que terminar de contarle que, educado y sabio, no se ofendió, ni se alarmó y que, con aquella voz de fumador empedernido, casi en susurros como si estuviera en la penumbra de un convento, me dijo:

“Joven, le diré un poema español, anónimo, del cancionero tradicional. Si usted descubre cuál es la palabra que no puede faltar, porque el poema se derrumba, entonces es usted un poeta”. Y entrecerrando los ojos, Eliseo Diego recitó, como si regresara a una noche del siglo XIII:

“En Ávila, mis ojos,
dentro en Ávila.
En Ávila del Río
mataron a mi amigo,
dentro en Ávila”.

Volvimos a servirnos una nueva ronda de mezcales y tequilas. Eliseo dio una larga bocanada de su cachimba carmelita y entonces le solté de sopetón lo que había guardado para mí durante tantísimos años: Eliseo, la palabra que no puede faltar es “dentro”. Entonces se echó a reír, y junto a él, sus hijos, mis amigos. Y Eliseo Diego, el gran Eliseo, con sus ojitos pícaros, empequeñecidos por el orgullo y la risa me soltó: “Tienes razón, yo lo sabía, sabía que eras poeta”.

Nunca lo había contado hasta hoy. Ya no están Rapi, Lichi o Eliseo, y el peso de ser un sobreviviente, me dobla a veces. Pero también me inunda la alegría de que hayan existido y haber podido conocerlos. Sin tequilas, ni mezcales, lejos de La Habana y de Guadalajara, alzo hoy el vaso transparente de mi corazón y brindo por los tres, pero, sobre todo, brindo por ese poeta inmenso y noble que nos regaló nuestra lengua, y que nos ha dejado, en su testamento final “el tiempo, todo el tiempo”.

Gracias, Eliseo, feliz centenario.