"Los viejos heraldos" de Luis Alejandro Yero: el fracaso de la utopía

Los viejos heraldos, documental de Luis Alejandro Yero, conmueve y duele. Nos deja un sabor amargo a través de un crudo retrato de la soledad que viven los ancianos.
 

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“Hay golpes en la vida tan fuertes/ yo no sé/Golpes como del odio de dios/Como si ante ellos la resaca de todo lo vivido se empozara en el alma/Yo no sé”. César Vallejo (Los heraldos negros)

Un documental como Los viejos heraldos, del joven realizador Luis Alejandro Yero conmueve, duele, más allá de determinados cuestionamientos, gusto estético o nivel de realización, que de por sí es impecable. Nos deja con un sabor amargo por discursar sobre una edad sensible como la vejez, y por mostrarnos un crudo retrato de la soledad que viven los ancianos.

Tata y Esperanza, casi nonagenarios, han dedicado una vida al trabajo y esperan aún con el advenimiento de una nueva era cambios en la dirección del país, que les permita alivio a sus disímiles vicisitudes, las que los han acompañado a lo largo de toda su vida, sin dejar de creer en el mejoramiento económico, social y de todo orden en el país. Tata es Carbonero, repite día a día una labor titánica frente a su horno de carbón; casi ciego vuelve día tras día a su trabajo, aferrado a este como única tabla de salvación, rodeado de una inhóspita naturaleza como su única compañía.

Filmado en blanco y negro, la fotografía en el documental funciona como un personaje más, sirve de apoyatura para decirnos lo que las imágenes por sí solas ya dicen. Y es que la vida de estos ancianos es en blanco y negro hace ya muchos años, no hay matices. Sólo un sueño permanece: hacer carbón para subsistir; atrás han quedado otros sueños, otras añoranzas, la utopía.

La soledad, la alienación, hasta la incomunicación y el desamparo parecen acompañar a estos ancianos que apenas si se miran o comparten algún diálogo entre ellos. Son como fantasmas en una vieja casucha casi derruida por el paso del tiempo. Por momentos nos parece estar asistiendo a un pasaje de la vida de los campesinos en la era pre-revolucionaria.

El tiempo no transcurre en la vida de estos seres. Una hiperrealidad es el signo que marca la ruptura con el abandono y el olvido: los medios de comunicación, en este caso un viejo televisor— en blanco y negro también—, que se escucha como telón de fondo con los discursos de los diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, durante las elecciones para su renovación y la elección del nuevo presidente cubano.

Entre estos discursos que apenas oyen los protagonistas del documental transcurren sus días. Es la monotonía y hasta el ruido que produce el aparato el leitmotiv de estas vidas casi ya sin sentido. Entre las intervenciones de los diputados escuchamos alguna vez el culebrón de turno que pareciera escuchar Esperanza, digo pareciera, porque en Los viejos heraldos todo es incertidumbre, todo es desconcierto.

Un poderoso discurso sígnico lo constituye la utilización de primerísimos planos en los rostros de los ancianos, planos que connotan la cercanía de la muerte y la vida que se va apagando con el desgaste de los años, sobre todo en el anciano que trabaja haciendo carbón. La desolación y el abandono en que han quedado hacen mella en un presente que desconcierta. La mirada y el silencio se convierten aquí en metáforas frente al eterno y monótono discurso de los diputados en el televisor. Este recurso nos enfrenta a lo que dicen y connotan las propias imágenes frente a las palabras repetidas hasta el cansancio que apenas escuchan los ancianos. Un perenne ruido que proviene de una imagen defectuosa se convierte aquí en portavoz de la incomunicación y la realidad construida por los medios, que se alejan de la realidad que viven día a día los protagonistas del documental..

 

Durante los primeros metrajes del audiovisual no se ve el televisor, apenas se escucha el parloteo molesto de las voces. Sólo el rostro de Esperanza frente a una nada, frente a un vacío, quien con estoica firmeza repite como una autómata el acto de mirar sin apenas escuchar. Llama poderosamente la atención en la casa una pequeña ventana por la que mira la anciana, como si a través de ella buscara respuestas o buscara el contacto con lo exterior, con una realidad que apenas ya reconoce.

La ausencia de banda sonora (sólo el sonido ambiente) refuerza el discurso visual del documental, que sostiene un intenso contrapunteo entre el obstinado silencio de los protagonistas y el parloteo que proviene del televisor reproduciendo las sesiones de dicha Asamblea. Pareciera que al final somos nosotros los únicos espectadores del proceso de cambio, asistimos como escuchas indiscretos a formar parte de algo que pareciera por momentos que nos es ajeno, llega a molestar el incesante ir y venir de cifras, de votos, de nombres, que en esencia redundan en ruido, incomunicación, y hasta incertidumbre.

Tata y Esperanza se enfrentan a una nada nietzcheana que nos recuerda ese eterno retorno a revivir una y otra vez una cruda realidad, que ya se les convierte en lápida para un final nada glorioso y digno. Han pasado casi noventa años, ahora sólo queda esperar el final haciendo una y otra vez lo que les ha permitido sobrevivir: carbón.

No hay esperanza posible en el discurso de Los viejos heraldos. Una de las escenas más contundentes es la que aparece hacia el final del metraje. Tata y Esperanza esperan sin mirarse la elección del presidente cubano, tras el anuncio de los votos recibidos Esperanza dice, como en un susurro apenas perceptible: no me gusta. Comienza aquí el verdadero discurso de Los viejos heraldos, sólo que ese comienzo será una historia ya vivida por ellos y constatada con el paso del tiempo.

Como Sísifo cargando su piedra en la espalda se nos muestra a Tata, el anciano carbonero, siempre frente a su horno de carbón, como un vigía de un viejo faro ya en penumbras, mirando sin ver apenas el rayo de sol mañanero, pero siempre frente a él batalla tras batalla. Esperanza también estará hasta su final mirando su rayo de sol mañanero, que penetra apenas por su pequeña ventana, y acompañada como una costumbre más del sonido del viejo televisor que entre sus novelas y noticias, le recuerdan que aún permanece en el mundo de los vivos y hay que continuar.

Ya no olvidaremos a estos personajes, protagonistas de un drama mayor, el drama de generaciones que formaron parte de una utopía y que no pudo ver realizados sus sueños, apenas unos pocos, insuficiente para los que como estos viejos heraldos portavoces de un tiempo que tampoco fue mejor, aún permanecen contra viento y marea, que aún resisten.

Ahora sólo queda redactar el epílogo de sus vidas que bien pudiera ser el propio testimonio visual de sus historias, contado en blanco y negro. El coral obtenido en el 40 Festival de La Habana y el premio reciente de la 18 Muestra Joven dan fe de una incipiente pero contundente obra audiovisual de Luis Alejandro Yero, renovadora y auténtica, comprometido con su tiempo histórico. Porque pareciera a todas luces que este joven realizador insiste en que no olvidemos, porque es preciso recordar, siempre recordar.

 

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