Tengo una vaca lechera

La noticia de la “liberación” de la venta de carne vacuna y de ganado menor, que debiera provocar alegría, ha traído en cambio honda consternación y confusión en el seno del pueblo
Tengo una vaca lechera. Ilustración: Armando Tejuca
 

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Imagen de Portada: Ilustración/Armando Tejuca


La noticia de la “liberación” de la venta de carne vacuna y de ganado menor, que debiera provocar alegría, ha traído en cambio honda consternación y confusión en el seno del pueblo.

Ha habido incluso reacciones más graves, como el de un habitante de la Habana del Este que tuvo que ser ingresado en una unidad psiquiátrica porque al enseñarle la foto de una vaca, la confundió con el diablo. Y es lógico, los dos son algo maligno y tienen cuernos.

Algunos suspicaces dicen que es sólo un truco más de la dictadura, que sobrevive así, de trampa en trampa y de engaño en engaño. Y hay quien afirma que es una medida para apabullar definitivamente el movimiento animalista, que ha estado presionando para lograr leyes de respeto a los animales. Ahora, a la autorización de las peleas de gallo organizadas por el estado, se suma la de comer vacas por la libre.

Pero hay un problema. Muchos se preguntan qué es una vaca. En qué consiste. Cuál es su verdadero hábitat. En un país donde nunca se sabrá que es primero, el huevo o la gallina, la figura noble y mansa de una vaca, es algo abstracto para la inmensa mayoría.

Y aquí viene otro problema más grande: ¿Estará preparado el pueblo cubano para comer carne de res? Si acordamos que comer, lo que se dice comer, ya es también un concepto un poco abstracto en la isla, entonces no. La gente ingiere, traga, embucha, mastica y digiere. Lo que sea, lo que le tiren, lo que aparezca. En ese sentido hay una actitud bastante asiática: todo lo que camine, vuele, nade, cante, chille, ladre, maúlle o se arrastre, se come. 

Pero lo que se dice comer, o “degustar” carne roja, lomo, tapa de asado, cuadril, vacío y entraña, hace muuuuuuucho tiempo que dejó de ser un hábito para el cubano. El pueblo lleva muchos años vacío, y a la carne la entraña. Cantidad. Del ganado mayor la única parte que ha quedado y sigue siendo práctica común son los tarros.

Es doloroso que, a esta altura del siglo XXI, en el que los chinos están tan avanzados que comen hasta murciélagos, un gobierno autorice la venta de carne vacuna. Y cuando digo vacuna no me refiero a las triunfalistas Soberana 02, Abdala y Mambisa, que son candidatos vacunales, no vacunas. Esos sí tienen nombres de vacas.

Desde que al veterinario en jefe le dio por jugar a la ganadería, el ganado se convirtió en perdido. Aquella obsesión de inseminar artificialmente a cuanta vaca apareciera, creó entre las ellas una sensación rara. Fidel Castro prometió mares de leche y carne hasta para taparse por las noches con un bistec. Y por ese camino comenzó a cruzar especies: Holstein con Cebú. Cebú con otra cosa. Holstein con no sé qué. Y así nacieron las F1, F2, F3, hasta que desaparecieron.

Y no fue por falta de hierba, que ya se sabe que ni siquiera el criminal bloqueo ha logrado que en un potrero cualquiera no crezca la hierba. No importa que no sea pangola o hierba de Guinea, sino yerbita común, de esa que uno tenía que chapear y donde se escondían los grillos. Y ahora que recuerdo, desde que en la isla no crece la hierba tampoco hay grillos.

En el mismo inicio de ese experimento con seres humanos que llamaron revolución, cuando le nacionalizaron las vacas a la gente que sabía cuidarlas, hacerlas engordar y parir, y se las entregaron como un premio al pueblo, comenzó el sufrimiento de las vacas. Porque es muy duro y muy triste que a uno le prohíban relacionarse con la gente, como en la India. Y penalizar que las pudieran tocar y criar, porque en el fondo, no eran del pueblo, sino del gobierno. Y te caían cinco años si se te ocurría matar alguna res.

El ganado como que se fue alejando de los seres humanos y hasta perdieron el apetito. Las vacas. Los seres humanos siguieron con un hambre del carajo.

Y ahora hay niños que jamás han visto una vaca viva. Ni muerta tampoco. A lo mejor alguna foto, o un sello de correos donde sale Ubre Blanca, el gran amor prohibido del veterinario en jefe, que después de echar a perder la ganadería se dedicó a hundir otros renglones productivos.

Creo que la noticia de permitir vender y comer carne de vaca se dio demasiado bruscamente: “Se aprobó la venta de la carne de res a partir de que los productores cumplan con los indicadores fundamentales de la ganadería en cuanto a las producciones, el incremento de la masa, los niveles productivos con el control que lleva desde el productor”. Eso confunde y crea como el efecto contrario. ¿Cómo sabe uno si el productor que te está vendiendo una libra de falda o picadillo ha cumplido con “los indicadores fundamentales de la ganadería"?

Sé que el gobierno en pleno está como muy agobiado con el sonido que hacen por las noches los estómagos de los cubanos, pero primero deberían presentarle a la población lo que es una vaca.

Explicarle didácticamente. Lo mismo en el noticiero que en el espacio humorístico ese que hace Humbertico. Usted pone a Humbertico con una vaca al lado y la gente tiene que llamar por teléfono para adivinar cuál de los dos es la vaca.

O hacer un desfile de ganado por la plaza. O por 23. O por el malecón, que el aire sigue siendo saludable. Y en las escuelas poner una foto de una vaca en el mural y hablar del animal en el matutino. Y cuando digo hablar del animal en el matutino no me refiero a que hablen de Díaz-Canel o de Guillermo García, sino de la vaca. Y presentarle a la gente la familia completa: vaca, toro y ternero.

Y que la población llegue a quererlas, a sentirlas parte de la nación, como a las clarias, que era un pez extranjero que supo aplatanarse. Y aprovechar todos los recursos para que las personas, que son algo así como seres humanos, sepan que la carne que se van a comer está debajo de la piel del mamífero que anda en cuatro patas. 

Sería casi obligatorio doblar el lomo y cantar la canción de Matilda, que va y viene y luego se detiene diciendo Mú, o la de la vaquita Pijirigua, protestona en el capítulo sexual, o mucho mejor aquello otro de “Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, tolón tolón”. Pero sonará sospechoso, por lo incrédulo, aquel que cante ese tema de Atahualpa Yupanqui que reza: “Las penas y las vaquitas se van por la misma senda. Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”.

Porque, para ser honestos, ese experimento que llamaron revolución realmente logró que las vaquitas fueran ajenas, y que el acto de tener hambre y querer comer, sonara subversivo. Una verdadera pena.

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.