Los balseros de la incertidumbre
Han tenido que huir. Esta vez se alejaron del mar azul para atravesar un mar verde, que otros llaman selva. Caminan y caminan hasta que los pies ya no son pies, ni las piernas son piernas. Enfermos, con niños cargados, con viejos que ya no pueden ni con su alma.
Los balseros de la incertidumbre

Avanzan en la oscuridad. Caminan sobre una zona del planeta que en nada se parece a su tierra, para llegar a un sitio que tampoco es su tierra, pero donde sueñan poder vivir, donde esperan lograr ser algo, no las sombras en que los han convertido la pobreza y la desesperanza, mientras que los culpables de todo ello siguen hablando de continuidad, de futuras batallas, de las maravillas del sistema, y de victorias que solamente están en sus cerebros llenos de humo.

Han tenido que huir. Esta vez se alejaron del mar azul para atravesar un mar verde, que otros llaman selva. Caminan y caminan hasta que los pies ya no son pies, ni las piernas son piernas. Enfermos, con niños cargados, con viejos que ya no pueden ni con su alma.

Escuchan sonidos que nunca habían escuchado, huelen en el aire olores que nunca imaginaron, pero no se detienen. Allá, en la Isla, quedaron otros, padres y hermanos, hijos y sobrinos, a los que ya les tocará escapar o viajar decentemente si ellos pudieran alcanzar otra frontera, cruzar el muro imaginario que sigue dividiendo países.

Oyen hablar en otros acentos y comen, cuando comen, sintiendo sabores extraños. Pero los alimenta la esperanza, que ha sido siempre el mejor sostén del ser humano.

Cruzan pueblos, ciudades con nombres difíciles de pronunciar. Y no pueden desfallecer, ni preguntar, porque nadie sabe qué puede hacer a quien le preguntan. Y siempre el miedo, no el miedo a morir, sino el de no alcanzar su meta después de haberlo perdido casi todo. Son cubanos que atraviesan Centroamérica y México, con el sueño de arribar al país donde otros compatriotas viven.

 

Huyen de la pesadilla en la que convirtieron aquello que parecía un sueño, que vendieron como un sueño, y que les ha borrado la sonrisa a cientos de miles, que ven a sus hijos, sus maridos, sus hermanos, sus padres, entrar a vivir en el país de la nada que da el alcohol. Beber y dormir, y de vez en cuando ponerse violentos, porque la vida es violenta, y el día,  la peor de las violencias.

Pero no todos llegan. La prensa estima que hay “más de 7 mil cubanos en México en el intento de alcanzar la frontera, o esperando en ella para solicitar asilo político a las autoridades norteamericanas”.

El gobierno mexicano los deporta si son capturados. Vuelven al punto de partida en un diabólico juego que tal vez repitan hasta morir o vencer.

No saben a quién culpar. No quieren ni pensar cómo y cuándo se les fue envenenando el aire y se les acabó la “fidelidad” absurda a cambio de nada, a cambio de bajar la cabeza y los ojos, y guardarse las palabras y estar y aplaudir, y trabajar –si acaso— a desgana, para ganar un dinero que no sirve para comprar nada, ni siquiera tiempo, ni siquiera una sonrisa.

Por eso estos nuevos balseros de la incertidumbre caminan y caminan, marchan hacia arriba en el mapa del mundo, dejando atrás hambres y malos sueños, y una revolución que los engañó, que les dijeron iba a ser hecha “con todos y para el bien de todos”, pero nunca fue así, con todos, y mucho menos para que la disfrutaran todos. O al menos había unos que eran más “todos” que todos los demás.

Por eso se lanzaron a la aventura, a esa apuesta que es casi una ruleta rusa, donde la bala puede estarte esperando en el próximo giro de la maza del revólver. Les robarán, los engañarán, los estafarán por muy listos que crean ser, porque han vivido en un país irreal que vive tras el cristal ahumado de la irrealidad, y han crecido sintiéndose invencibles, indoblegables, inexpugnables.

Lo que no saben es que tampoco todos entrarán al gran país que han fijado como destino. El número de cubanos que  son llevados a centros de detención del Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos para luego ser deportados también va en aumento, dice la prensa.

Están en juego la vida y la muerte. Y el destino, en mano de unos santos a quienes sus familiares piden que los guíen y protejan. En Cuba se están acabando la paciencia y las velas, y los rezos por estos viajeros que un día tuvieron esperanzas, estremece la tierra.

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.