La terrible historia de Daniela en Cuba
"Daniela tenía mucho miedo. Se asomó a la ventana muy despacio. En ese preciso instante, un huevo chocó contra una persiana y le salpicó la boca y el pecho", un relato sobre los actos de repudio en el régimen castrista
 

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Historia basada en hechos reales.


 

Daniela tenía mucho miedo. Se asomó a la ventana muy despacio. En ese preciso instante, un huevo chocó contra una persiana y le salpicó la boca y el pecho. 

Afuera tenía al barrio completo gritándole horrores.

Algunos, hasta habían brincado la cerca de su casa y caminaban por el jardín con cabillas en las manos. Otros bombardeaban las paredes a piedras.

Daniela entró en pánico, pero no por ella. Trancó la puerta con los tres pestillos y corrió a la cocina, para calmar a su bebé que no paraba de llorar. Tuvo que sacarla del cuarto, porque una de las piedras, podía reventar la ventana de cristal, que quedaba justo encima de su cunita.

Daniela abrazó a Lucía.

De repente, se vio desesperada. Por un lado, el llanto de su hijita. Por otro, los insultos, la gritería, los golpes en la puerta y las pedradas de todos los malagradecidos que estaban fuera.

Quiso darle el pecho a la niña para tranquilizarla. No le salía la leche.

Los temblores en el cuerpo, hacían que los pezones se le escaparan de la boca a la bebé, que entonces lloraba por partida triple: hambre, miedo y frustración.

Daniela era un ser humano, no un trapo sucio. Afuera le gritaban escoria, lacra… pero le gustaba la poesía, el teatro, los platanitos fritos.

Afuera le gritaban gusana, pero ella tenía sentimientos. Su película favorita era Bailando Suave. Se tatuó una libélula y una frase de El Principito. Amaba los días grises y el olor de la tierra después de la lluvia.

Afuera le gritaban mercenaria, pero en la cotidianidad, compartía un huevo con la vecina, y café recién colado. Se encabronaba cuando perdía Industriales y bailaba con Los Van Van.

Lo que más le gritaban era ¡PUTA! Su vecina, de primera.

El problema es que Daniela hizo lo que pudo.

El padre de la criatura se tiró en una lancha, estando ella embarazada. Nunca llegó a Estados Unidos. No se sabe si fue un tiburón, una tormenta o porque era hijo de Yemayá.  

Otra vela más sobre el Golfo de México. Otro muerto oscuro que no se eleva, perdido en un laberinto de tiburones.

Daniela tuvo a Lucía. Sola, con 21 años. Sus padres vivían en Guantánamo. La ayudaban, pero no era suficiente.

La primera vez que su bebé lloró de hambre, no supo que hacer. La segunda vez, sí.

Era joven, bonita, y lo único que tenía suyo era su propio cuerpo. Empezó a "jinetear".

¡Bienvenida al fuego! A fajarse con la competencia. Los policías que querían cobrarle un interés por cada cliente. Aprendió a hacer alianzas con los travestis y las putas veteranas, a decir “el dinero por delante y no vayas a meterla por detrás”; a domesticar los tacones, respetar los territorios, evitar a los chulos, caminar con la navaja lista, con el perfume barato y la toallita de limpiarse en tiempo récord porque ya llega otro cliente. Supo soportar el sudor y la peste agria de esos ancianos que se descomponen en el trópico.

Una verdadera Odisea sostenida por el amor a su bebé y un plato de arroz con huevo frito.

Su vecina le cuidaba la niña. Por supuesto, cobraba su parte. ¡Y no solo ella! Daniela empezó a inyectarle dinero al barrio.

Se salvaba la tía del café, la que vendía los jabones que se robaba del trabajo, el carnicero gordo de la esquina, la del marido muerto en Angola, que sobrevivía con coquitos y durofríos, el reparador de ventiladores…

Además, conectaba a sus amigos tabaqueros con los turistas, y de vez en cuando al rasta de la yerbita feliz.

Sus amantes extranjeros tenían que pagarle el triple a Mercedes, la viejita espiritista del solar de “Los Muchos”. Si quieres folclor, paga.

Daniela también expandió la religión yoruba por el mundo. Después del tercer papayazo, europeos y canadienses, caían donde su padrino, y salían con la Mano de Orula, Los Guerreros, Changó, Oshun, Elegguá…

De esas fiestas, también comían los niños y el CDR.

Daniela hizo más por su comunidad que el delegado. Repartía luz, pero la sacaba de la oscuridad. Así que pagaba un precio mucho más alto que el que ella se ponía. Pronto sería peor.

Resulta que al poco tiempo, Daniela comenzó a despertar envidia. Mucha envidia. ¡Hasta de la propia gente que ayudaba! Ya les molestaba cada vez que venía un carro lindo a buscarla.

Les recondenaba la existencia, verla regresar con jabitas Cubalse llenas de comida, que no se viera gastada y empercudida como ellos.

No soportaban que estuviera arreglando su casa, que su jardín tuviera flores y la mata de mandarina pareciera repleta de monedas de oro.

A la viuda de los coquitos y el durofrío, le jodía que viniera a comprarle por compromiso. Sentía vergüenza de sí misma. Daniela le pagaba unos pesos de más por su mierdita, y entonces lo veía como si estuviera restregándole su miseria en la cara.

“¡Al final es una puta! ¡Tan cochina!”, pensaba espantando las moscas de los coquitos.

Daniela tuvo que meterle una galleta al sonso de los ventiladores. Quiso cobrarle una mamada por el arreglo de un Órbita descocotao. La mujer del tipo armó tremendo escándalo. Decía que su macho era incapaz, un cederista ejemplar.

Y así… Un día el carnicero explotó con una carne de res de unos matarifes. Para salvar su pellejo, echó pa´lante al rasta de la yerbita. No sabía quiénes eran los de la vaca, pero sí quien vendía drogas.

El rasta, a su vez, para salvar sus dreadlocks de las tijeras de la prisión, echó pa´lante a Daniela. “Esa jeva anda envuelta en yumas mi capitán”.

El capitán no pudo probarle lo de jinetera, pero ya estaba en la lista negra.


Para colmo, la vecina que le cuidaba la niña, agarró a su marido con unos prismáticos rusos en una mano y con el pene, en la otra. Estaba rascabuchando a Daniela.

Era un viejo seguroso, pero le encantaba que Dani se pusiera aquella licra apretada de la bandera gringa.

“¡Dios bendiga América! ¡Qué clase de papaya!”, murmuraba babeándose.

La vecina llevaba más de un año comiendo gracias a la jinetera. Sin embargo, le cogió un odio feroz. “¡Ya no puedo cuidarte más a Lucía!”, le dijo.

-Tranquila mi amiga, si hay una cosa que no te he dicho. Pierre, el temba francés, quiere sacarme de aquí- le respondió Daniela, sin imaginar que esa era la gota que colmaría el vaso.

La mujer corrió a decírselo al marido. Este a sus superiores. Regaron la noticia en el barrio. La envidia hizo el resto.

Todos soñaban con borrar del mapa a la chiquita, pero no querían dejarla ir. Era una mezcla de amor y odio.

Una escoria a quien condenar, pero también un ejemplo a seguir. 

¡No! Ningún ejemplo. Era "una puta".

Ellos tenían zafras azucareras y recogidas de café. Pero la vida les pasó por arriba y ahora, ni café ni azúcar. La puta sí tenía: mandarinas y flores y una casa decente.

Ellos le dieron su vida al Partido. Ella, el cuerpo a los imperialistas. ¿Quién vivía mejor? ¡Ni cojones! La verdad no existe. ¡Aquí no se rinde nadie!

Se activaron las brigadas de respuesta rápida. Poco a poco, fue apareciendo la plebe. Daniela pudo asomarse otra vez a la ventana, cuando llegó la policía.

No vinieron a parar el show, sino a organizarlo. Que se hiciera de forma ordenada. Un correctivo moral.

¡Qué se vaya! ¡Qué se vaya!

¡Pim pom fuera, bajo la gusanera!

¡Puta! ¡Cochina! ¡Roba maridos!

La muchacha vio a su vecina. ¡Tan flaca y tan llena de odio! Tenía puesta una licra de la bandera cubana, y más bien parecía un abuelo con los testículos largos.

Ahí estaba la viuda, con las moscas de los coquitos sobre la cabeza.

El carnicero chivatón, la que vendía jabones robados, el rasta, que no gritaba, pero formaba parte del chanchullo.

Daniela no vio a Mercedes la espiritista, ni a su padrino. Dio las gracias por eso y una lágrima le bajó lenta hasta la sonrisa.

Los demás eran unos infelices, el cederista de los ventiladores y la tarrúa de su mujer, la tía del café, los machitos, que estaban locos por preñarla, pero eran cobardes de cuatro kilos, tomando wuarfarina en la mesita del dominó.

Frente a su casa, se había reunido toda la miseria del país. Por primera vez, Daniela comprendió cuan jodidos estábamos.

Un pueblo que soñaba con gozar de lo mismo que ella, pero ninguno tenía el bollo, sí: ¡el bollo!, tanto físico como de carácter, para salir a buscarlo.

Hoy Daniela vive en París, cerca de la Torre Eiffel. Logró escapar con Lucía. Es una mujer feliz y plena.

Su barrio en Cuba está cien veces más destruido y más miserable. Me hizo esta historia porque hace poco, la tipa de los coquitos, se atrevió a pedirle una recarga por Messenger

Escrito por Luis Dener