La soledad de Keilylli
Fernández Larrea denuncia la soledad y los maltratos de los que está siendo víctima la activista Keilylli De la Mora Valle. Cambiar su situación, dice, "depende de todos nosotros, los de afuera y los de adentro. De cuán alto podamos gritar"
Keilylli De la Mora Valle
 

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La quieren doblegar. Intentan enloquecerla. La han encarcelado, hospitalizado, aislado, atemorizado con golpizas. De la prisión al hospital siquiátrico, y de allí nuevamente a la prisión, donde saben que posiblemente vuelva a intentar quitarse la vida.

La hostigan, la persiguen, la abruman. Dicen que está loca porque quiere algo mejor para su país, algo mejor para su vida, para las vidas de todos. Porque a los 27 años Keilylli De la Mora Valle sabe que eso no es vivir, que esa revolución “tan verde como las palmas” se oscureció o se destiñó, porque era el timo de un malabarista.
 
Ahora “cumple condena de un año y medio de cárcel por los supuestos delitos de propagación de epidemias, desacato, resistencia y desobediencia”. 
 
Pero ¿cómo va a acatar a quienes no respeta? ¿Por qué no va a resistirse a los desmanes de esos esbirros que han convertido en su trabajo diario maltratar a los seres humanos? ¿A quién va a obedecer si, cuando habla de libertad, le ponen rejas y cerrojos, y barrotes y candados, y la golpean hasta que termina tan espantada que la única luz que encuentra es la muerte?
 
El pueblo no la conoce porque la prensa de su país tiene la misión de desconocerla, de ocultarla, de ignorar que ella existe. Porque en la Cuba actual, las sombras de los calabozos se parecen más cada día a las mazmorras donde dicen que disfrutaban monstruos del pasado como Ventura, Carratalá y Pilar García. O Cuba nunca fue distinta, o la disfrazaron con tanto disimulo, que muchos cubanos se sienten hoy engañados.

La soledad de Keilylli es vergüenza para sus carceleros y torturadores, esos que alguna vez la televisión y el cine intentaron vender como héroes, como los agentes abnegados que luchaban contra el enemigo. Pero resulta que el enemigo somos todos y los que sobran hoy son ellos. 
Expulsada la piedad de sus corazones, y creyendo en un Dios barbudo que no paraba de hablar y de mentir, esos supuestos “héroes” son hoy espantapájaros que ensucian la historia de Cuba.
 
Lo sufre esta muchacha “integrante del Movimiento Consenso Ciudadano, activista de la Unión Patriótica de Cuba (Unpacu) y promotora de CubaDecide”, a la que han querido quitar de en medio fabricándole delitos delirantes que no se sustentan en ningún país decente, en ninguna parte que no sea una dictadura pura y dura, que es el recurso casi agónico de un país quebrado hasta los huesos, que ya no da más, porque lo han arruinado todos los que prometieron que, con ellos, llegaría la felicidad.
 
Pero Keilylli De la Mora Valle se dio cuenta de que mentían, y de que había que proponer, buscar, defender, otras formas de la libertad humana que no fueran la obediencia ciega a un partido lleno de ancianos y de ignorantes, con militares hasta debajo de las piedras. Eso no es el futuro, se dijo, y salió a la calle a buscarlo, a pelear con dignidad por él.
 
Ha dejado por ello de comer y de beber agua, y cuando eso no bastó porque la atacaron, entonces buscó la puerta del suicidio. Dos veces. Es indignante que alguien quiera morir a los 27 años porque no ve luz a su alrededor. Es inaceptable que eso suceda en esa isla que venden a los turistas como “el paraíso tropical”.

Sucede que hoy no lo pueden ocultar todo, porque el pueblo ha aprendido y hay cientos de jóvenes como Keilylli, que quieren un mejor cielo y una vida próspera, y un respeto que venga de leyes claras, no al servicio de un partido único y un ejército. Leyes donde brille, ante todo, la libertad del humano y su derecho a ser feliz. 
 
Un país donde apresar, condenar y hostigar a un semejante porque piense distinto sea un delito de odio. Una tierra donde nadie sea llevado a quitarse la vida porque se sienta acorralado. Un sitio donde no citen tanto a José Martí y los hombres hagan lo que aprendieron de su palabra, y donde no haya mujeres violentas e inhumanas como “las represoras Damisela, jefa de Orden Interior de la prisión, y Felicia, capitana y segunda jefa de la cárcel donde está recluida”.
 
¿Con esas manos de pegar a otra mujer acarician en la noche a sus hijos? ¿Miran con orgullo a su familia?
 
La soledad de Keilylli De la Mora Valle empieza en ti y acaba en ti, y depende de todos nosotros, los de afuera y los de adentro. De cuán alto podamos gritar para que personalidades del mundo e instituciones respetables frenen la represión y se salve la vida de gente humilde que solamente quiere un poco de aire, una gota de respeto a su forma de pensar, un espacio donde quepa el futuro diferente que necesita Cuba.
 
La soledad de esta muchacha es nuestra responsabilidad. 
 
¿Ayudarás a la policía política cubana callando este crimen? ¿No? Entonces gritemos su nombre juntos, y que no duerman esta noche ni nunca más, los que abusan y golpean y asustan y no respetan ni quieren al pueblo al que una vez pertenecieron.

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.