La economía cubana: una cuestión de prioridades éticas
El resultado es que en lugar de dar a luz al “hombre nuevo” ha sobrevivido un “homo saucius”, un “hombre enfermo, herido”. Es lo que llamamos el daño antropológico
La economía cubana: una cuestión de prioridades éticas
 

Reproduce este artículo

La crisis económica, junto con la pandemia, son las dos causas más mencionadas en Cuba para justificar la escasez de alimentos, medicamentos, aseo, la falta de agua, combustible para movilidad y para producir electricidad, entre otros renglones absolutamente básicos y necesarios para una vida cotidiana normal. Hace décadas, especialmente desde la caída de la Unión Soviética y el campo socialista del que dependíamos económicamente, en Cuba no podemos vivir con ciertos niveles de normalidad.

Esta situación se alarga, en cuanto a otras muchas dimensiones de la vida personal, familiar y social, desde hace más de seis décadas. Es demasiado para vivir en la excepcionalidad, en la precariedad, en el sobresalto, en el miedo, en un estilo de vida que va contra la naturaleza humana que necesita unas condiciones mínimas y suficientes para desarrollar sus dimensiones físicas, psicológicas, éticas, cívicas y espirituales. Todas esas dimensiones han sido afectadas en cada uno de los ciudadanos cubanos durante más de medio siglo. 

El resultado es que en lugar de dar a luz al “hombre nuevo” ha sobrevivido un “homo saucius”, un “hombre enfermo, herido”. Es lo que llamamos el daño antropológico.

Hoy nos detendremos a reflexionar sobre una de las causas de que la persona del cubano haya sido lesionada, erosionada, por décadas, de modo silencioso y casi imperceptible, de modo inenarrable. Es la dimensión económica de la vida. Ello conlleva factores como: la pérdida del valor del trabajo; la insuficiencia crónica de los salarios para sostener a las familias; el absurdo increíble, pero cierto, de que ese salario se percibe en una moneda y hay que comprar en otras aproximadamente 25 veces más poderosas, la imparable carestía de la vida aún de los productos de subsistencia más básicos como son los alimentos, las medicinas y el aseo; la imposibilidad real de ahorrar de la mayoría del pueblo que vive sin alcanzarle, y lo que hemos llamado “la cultura del pichón”, que consiste en que nos hemos acostumbrado a ver como “normal” depender de las remesas de nuestras familias y amigos que trabajan muy duro para mantenerse y para mantenernos durante décadas porque el Estado cubano, que es dueño de la inmensa mayoría de las fuentes de ingresos, no paga suficiente y paga con una moneda diferente a la que nos vende obligatoriamente lo más elemental.  

Un análisis simplemente ciudadano

Pero no vamos a hacer un análisis técnico o numérico de los absurdos de una economía que no funciona. Eso es misión y servicio de los economistas que, por cierto, no son enemigos ni del pueblo ni del Estado cuando comparten el resultado, real y comprobable, además de visible y sufrible, de sus estudios sobre la actual crisis sin regreso por el mismo camino que está sufriendo nuestra nación. Tampoco son “mercenarios” los que critican, alertan y proponen otros caminos eficientes, éticos, justos, pero sobre todo, que han demostrado funcionar y producir mejor que el que nos imponen en Cuba por tan largo experimento con seres humanos.

El análisis que quiero compartir es ciudadano, con todo respeto y deseos de aportar soluciones, es ético, es en fin, simplemente humano. Estoy seguro que la inmensa mayoría de los cubanos nos hemos hecho estas preguntas o alguna de ellas, casi siempre en privado, en la intimidad del hogar, en el fondo de nuestras conciencias, detrás de la cortina del miedo:

¿Por qué unos obreros de la construcción de la India ganan infinitamente más y en divisas, mientras que un obrero cubano de la construcción gana en pesos y mucho menos haciendo el mismo trabajo?

¿Por qué, si la respuesta a esta duda es que los cubanos constructores lo hacen mal y roban materiales y los indios no porque le pagan en moneda dura y suficiente, no les pagan a los cubanos con esa moneda y se educan para el trabajo y no para el robo?

¿En qué familias y en qué sistema de educación ha sido la formación de la conciencia y la educación de esos cubanos que roban, desvían, trabajan mal, faltan al trabajo, sobre todo que los diferencia de otros trabajadores cubanos también, que han salido emprendedores, honrados, meticulosamente pulcros y cuidadosos cuando en solo 45 minutos que dura un vuelo, o en un simple cambio de modelo de trabajo pasan al sector privado?

Y otras preguntas más abarcadoras pero igual de necesarias:

¿Quién o quiénes han decidido que no hay recursos económicos, por un bloqueo externo o por la pandemia interna, afectando sensiblemente la alimentación, los medicamentos, el aseo, el transporte, los materiales de construcción, la luz… y por otra parte, durante todo el tiempo, contra viento y marea, incluido los de las cuarentenas y la COVID, han mantenido a todo coste la construcción de hoteles para el turismo, que darán, si lo dan, resultados a mediano y largo plazo?

¿Quiénes y con qué criterios no han detenido esas obras y otras de carácter lujoso, por muy estratégicas que sean, para dedicar esos cuantiosos recursos a la alimentación, los medicamentos indispensables que llevan muchos meses en falta y los años en que la mayoría de los cubanos hemos estado viviendo en la subsistencia y el sacrificio?

¿Son estas decisiones tomadas con criterios de justicia social o con criterios del liberalismo económico que priorizan la estrategia del turismo del mañana por encima de las más elementales y básicas necesidades del pueblo hoy, ayer, hace muchos años?

Y por fin, una interrogante muy general:

¿Por qué deciden algunos sin consultar directamente a los ciudadanos si desean y  escogen dar continuidad a un modelo económico ineficiente que no funciona por medio siglo para mantener el poder de un modelo político que se describe en la Constitución como “fuerza superior de la sociedad y del Estado”?

Quedarían otras interrogantes y muchas respuestas o quizá algunos piensen que se resuelva con una sola. Yo prefiero escuchar la pluralidad de opiniones y buscar consensos. Mientras se consolidan y matizan esos consensos yo doy también mi visión: La diatriba es pueblo o economía.

La disyuntiva es ahora o mañana sin fin. Cambio con justicia social o continuidad con unas medidas tan parecidas en el fondo a las del Fondo Monetario Internacional, aunque se declare lo contrario. La dialéctica es también quejarse o proponer. Confrontación o diálogo, y negociación real y medible sobre los cambios necesarios y más convenientes para la libertad, la justicia, la soberanía del ciudadano y un Estado a su servicio.

En mi opinión, es un problema de prioridades y de quién es el soberano que decide esas prioridades. Y parece que ya hay un consenso suficiente y necesario acerca de las respuestas a todas estas interrogantes. 

Lo podemos escuchar, percibir, a nivel de colas, de hospitales, de esquina

El consenso es grande y se oye. ¿Qué falta?

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

*Publicado originalmente en Convivencia

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.