Dependencia, desideologización, reconocimiento y esperanza
Dagoberto Valdés analiza las consecuencias potenciales que, a su juicio y en los ámbitos económico, político, ético y social, tendrán las nuevas medidas anunciadas recientemente por el gobierno cubano
Las tiendas en divisas extranjeras agudizarán las diferencias entre cubanos
 

Comparto mis opiniones acerca de las recientes “medidas” anunciadas por las autoridades cubanas ante la crisis-sobre-crisis de la etapa pospandemia. También tendré como referencia de fondo el IX Informe publicado por el Centro de Estudios Convivencia (CEC) sobre “La COVID-19 en Cuba y sus consecuencias en la etapa de pospandemia: visión y propuestas”. De este modo, antes de las críticas podrán leer las propuestas, que son más.  

Abordaré esta valoración en los ámbitos económico, político, social y ético. Trataré de buscar serenidad y equilibrio en el acercamiento a situaciones muy complejas que nos interpelan y responsabilizan a todos. Usaré un lenguaje respetuoso. Lo hago como cubano que vive en Cuba, y la quiere amar sirviéndola.
 
Consecuencias económicas 

El principal argumento para la ampliación del uso del dólar norteamericano y otras divisas en la compra por parte de los cubanos de alimentos llamados de “segunda y tercera gama”, siendo éstas las de mayor calidad, y mantener las tiendas por monedas nacionales (CUP y CUC) para alimentos de “primera gama”, es cerrar un ciclo de capitalización para poder adquirir más alimentos, reconociendo el hecho económico de la falta de liquidez y funcionalidad del modelo actual de la economía cubana. Además, se elimina el gravamen sobre el dólar americano impuesto por el gobierno cubano hace 16 años, argumentando el bloqueo-embargo de ese país, cuya implementación ha arreciado en los últimos tiempos. Ojalá que ese 10 por ciento no se incremente en los precios.

Todo ello es considerado por las autoridades cubanas como necesario y positivo, aunque claramente son pequeños pasos hacia el mercado, con gran impacto en los más vulnerables.  

Estas medidas, unidas a algunas anteriores y a otras anunciadas que vendrán en una fecha no definida, opino que provocarán consecuencias económicas sobre las cuales considero lo siguiente: 

-    Son medidas que, en ocasiones anteriores y refiriéndose a otros países, las autoridades cubanas las han llamado neoliberales, y son muy parecidas a las tomadas por otras naciones en crisis económicas agudas a costa de sus ciudadanos, pero con la intención de “salvar” la economía. 

-    Incrementan la dependencia externa de Cuba a economías, monedas y trabajo fuera de Cuba. 

-    Esa dependencia aumenta la vulnerabilidad y disminuye la soberanía del país, haciéndolo más susceptible a sanciones económicas externas. 

-    Al introducir tres monedas y darle mayor protagonismo al dólar, que ya se dispara al alza, se envía una señal de debilidad del peso cubano (CUP) y del peso cubano convertible (CUC), que ya pierden valor. 

-    Se ha mencionado la diferencia entre la regulación del mercado de forma indirecta, que es la utilizada en muchos países, de la regulación administrativa del mercado ejercida por el Estado cubano hasta hoy. 

Consecuencias sociales 

-    Crecen las desigualdades sociales y se incrementa la brecha entre ricos y pobres que tanto ha dicho evitar este proyecto que nos ha consumido 60 largos años de nuestras vidas para regresar a la desigualdad.  

-    Las desigualdades fomentan la corrupción, el mercado subterráneo, la desilusión, la inconformidad y las protestas cada vez más escuchables y crispadas.  

-    La división de las tiendas con productos en las “gamas” anunciadas por las autoridades corresponde a ciudadanos cubanos diferenciados en clases, en dependencia de su poder adquisitivo.  

-    Esta dependencia de las clases con relación a su poder adquisitivo, o como quiera llamársele, está también considerada en la más pura teoría marxista.  

-    La dependencia de vivir “del sudor del de enfrente” promueve la vagancia y la “cultura del pichón”.

Consecuencias políticas 

La política está definida como la búsqueda del bien común y de la convivencia social en su más alto grado. La revolución francesa demandaba: libertad, igualdad, fraternidad. En el Concilio Vaticano II la Iglesia recoge una definición de bien común:  

“El bien común (…) es, el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección… Crece al mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana, de su superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes universales e inviolables. Es, pues, necesario que se facilite al hombre todo lo que éste necesita para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento, el vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de estado y a fundar una familia, a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una adecuada información, a obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a la protección de la vida privada y a la justa libertad también en materia religiosa.” (Constitución Gaudium et Spes No. 26

Las medidas tomadas, parece que buscando un fin noble como el bien común, utilizan algunos medios para lograrlo que no están validados por la ética política: 

-    Confundir el bien común con el paternalismo de Estado. 

-    Medidas políticas de urgencia a corto plazo, cuando no se han liberado las fuerzas productivas y no se han querido aceptar las leyes del mercado. Lo que se negó durante décadas, como la criminalización del uso y tenencia del dólar, ahora se toma como medida cortoplacista de urgencia con los traumas que eso produce, sobre todo en los más vulnerables.  

-    Se ahonda la contradicción patente entre estas medidas y la ideología que la autoridad defiende, perteneciente a un proyecto en el que se eliminarían las clases sociales y las desigualdades, quedando atrás aquello de “a cada cual… y de cada cual…”  

-    Crece la frustración en aquellos que sinceramente abrazaron el proyecto de una “Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes”, y ahora ven medidas que, buscando reflotar la economía, crean tiendas para los que tienen poder adquisitivo de mediana y alta gama, y crece la diferencia para los que no le llegan, que precisamente son los más humildes. Esa desilusión o escepticismo puede ser expresado o silenciado o aplazado, pero es una pérdida política. 

-    Pareciera que para mantener un estatus político se adoptan medidas económicas que niegan su propia esencia y envían un mensaje contradictorio. 

-    La imagen que transmite esta serie de medidas, y la forma de comunicarlas, pueden provocar una percepción política de nerviosismo, de inseguridad, de decisiones extremas o de solución terminal.  

-    La función de la alta política es crear estabilidad, confianza, unidad en la diversidad, articular un marco jurídico que cree las condiciones de libertad personal y productiva, de igualdad de oportunidades, de respeto y regulación de las leyes del mercado, de estructuras que favorezcan e incentiven la permanencia en el país y el desarrollo humano integral de sus ciudadanos. No es función de la alta política anunciar, y menos valorar como signo de su cuidado, la distribución de libras y onzas de alimentos por algunos meses cuando se debió prever, tomar decisiones a tiempo, implementar ágilmente incluso aunque fueran las decisiones aprobadas en sus propios eventos políticos desde hace años.   

-    No me parece político “ubicar” a los ciudadanos como en un campo de batalla, ni siquiera usar el símil. Pareciera más político usar el símil de un hogar nacional que trabaja unido, de una nación laboriosa que vive en paz, que busca la convivencia civilizada como se ha dicho, aún con los considerados enemigos. 

-    Sin ser ingenuos ni negar la realidad, lo político es todo lo que fomente la convivencia interna e internacional, no lo que considere que la vida es un campo de batalla por más sitiados que se consideren, ni lo que divida a los hijos de una misma tierra en dos bandos: los que piensan de una forma o de otra, los que tienen un proyecto y los de otros, los de aquí y los de afuera. Y tampoco llego a comprender la mencionada diferencia en la denominación entre la contrarrevolución de Cuba y la oposición de Venezuela

Consecuencias éticas 

Teniendo en cuenta los fundamentos éticos de nuestros padres fundadores, entre ellos Varela y Martí, quiero abordar esta situación más allá de tiendas y dólares, más allá incluso de la política en sentido estricto, considerando aspectos de la realidad que lesionarían más en profundidad el carácter humanista del proyecto martiano: 

-    Poner la economía por encima de la persona. 

-    Priorizar la capitalización sobre el valor del trabajo. 

-    Fomentar la dependencia del trabajo ajeno sobre el esfuerzo propio. 

-    Incentivar el valor de lo de afuera sobre lo de adentro. 

-    Dar más oportunidad a los pudientes sobre los vulnerables (no en teoría, pero sí en la práctica). 

-    Adoptar medidas que sabemos que son, al mismo tiempo, algunas de las causas de corrupción, mercado soterrado, etc. que se quieren evitar y que provocarán más represión, sanciones y cárcel. 

-    Conducir al país hasta esta situación límite cuando, desde hace años, se reconoció la necesidad de cambios estructurales y modélicos. Otros países, incluso amigos, nos lo testimoniaron con tiempo.   

-    No levantar todos los bloqueos internos y externos que perjudican a los ciudadanos. 

-    No abrir espacios de verdadero diálogo evaluable y progresivo, que conduzcan a la negociación y a auténticos cambios. 

-    Dilatar el tiempo, usar el tiempo de la única vida como si fuera eterno. Confundir lo gradual con la dilación, calcular el aguante de la gente y estirar la liga, poniendo plazos y fechas a ver si sucede “algo” fuera, si mejora la correlación de fuerzas, si cambia algún gobierno extranjero, como si la solución no estuviera aquí dentro, entre cubanos, en lugar de estar experimentando soluciones económicas demostradamente ineficaces con seres humanos y reincidir en querer inventar lo inventado y probado. 

-    En resumen, que todo lo anterior lesiona la dignidad de la persona humana, sus derechos y limita su desarrollo humano integral.  
 
Propuestas y reconocimiento del rol de la sociedad civil 

No quiero quedarme en la queja inútil, en la crítica, aunque sea motivada por el deseo de que Cuba mejore con todos sus hijos. Es necesario proponer, aportar ideas, pensar como país, brindar soluciones. Para ello, me remito como dije al principio, al IX Informe del CEC, en el que participaron académicos y pensadores de la Isla y de la Diáspora, hijos todos de la única nación cubana. Allí podremos encontrar numerosas propuestas viables y sin regresar a ningún otro proyecto, sino caminando hacia una propuesta de nueva normalidad. Esas propuestas se resumen en hacer, entre todos y con todos, las transformaciones estructurales y cambiar los modelos que no funcionan, con libertad y responsabilidad. El resto de las medidas solo anunciadas fueron propuestas, junto con muchas más profundas y estructurales, por el CEC en su I Informe sobre “La economía cubana a corto, mediano y largo plazo: visión y propuestas”. Nos alegramos de las que son positivas y esperamos que se acaben de decidir con premura las transformaciones estructurales que Cuba necesita.  

Quiero compartir también la certeza de que, aunque aún se consideren enemigos a otros cubanos, miembros de la sociedad civil que pensamos diferente del pensamiento oficial en graduaciones diversas, he notado cierto “reconocimiento” por parte de las autoridades al mencionar el impacto que tienen hoy, en Cuba y fuera de ella, la labor de los periodistas independientes, de su participación en las redes sociales, de la necesidad de responder e incluso adelantarse a sus propuestas. También la mención pública de “pensadores ahora muy preocupados por el pueblo y por los trabajadores” y de “laboratorios ideológicos”. Esto hace más visible la labor seria y responsable de esos actores cívicos, aún no aceptados ni reconocidos, pero prestando atención a sus opiniones y propuestas al decir que: “Se han tomado en cuenta los criterios de todo tipo, incluso los que son contrarios a la Revolución, para ver en qué elementos nos atacan, en qué están los focos de atención…”

Considero que se puede discrepar, incluso en las esencias, pero que debe primar un clima de respeto, excluir las palabras ofensivas, las burlas y descalificaciones de los diferentes, de una y otra parte. Considero que el respeto es la base de una democracia de calidad. Espero el día en que cesen las descalificaciones y escarnios. Que cese igualmente la represión, la violencia verbal, física o psicológica, venga de donde venga. Y que todos los cubanos tengamos “en cuenta los criterios de todo tipo”. No seamos enemigos unos de otros entre los hijos de un mismo noble y sufrido pueblo. Que todos podamos aportar para que no haya más urgencias, ni más medidas a corto plazo con severas consecuencias, ni más improvisación ni retardos. Todos sabemos lo que hay que hacer, y lo más importante es que sabemos que hay cubanos que tienen la capacidad, los talentos, la preparación y la buena voluntad para hacer por nosotros mismos, y entre nosotros mismos, los cubanos de la Isla y de la Diáspora, lo que no debemos esperar que nadie venga a hacer.  

Termino compartiendo el sentimiento de que, a pesar de todo, crece mi esperanza, aunque les parezca una locura. Crece una esperanza razonada, aunque todavía siga profundizando en las razones y, buscando, más que los por qué, los para qué.  

Ánimo. Avanza la noche y amanecerá. No se puede detener el sol, ni dilatar más su salida. Aquí están las señales.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.