26 de julio de 1953. Preludio de un país más miserable
Los móviles del Moncada terminaron siendo no resueltos y traicionados por el propio líder de la “epopeya”, que a día de hoy puede definirse mejor como el preludio inconcebible de un país más miserable
Cuartel Moncada tras el asalto
 

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¡Feliz día de la rebeldía nacional!, escribió hoy una compañera de estudios preuniversitarios en un grupo de WhatsApp del que ambos formamos parte. Su mensaje, si bien vino acompañado de un jajaja, careció de eco en un espacio donde muchos de sus miembros están fuera de Cuba, intentando realizarse alejados de los suyos y de su tierra, esa que se suponía sería mucho más próspera, justa y bondadosa que la que impulsó igual día de 1953 a un grupo de jóvenes a asaltar los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

Todo lo que se ha escrito al respecto, con independencia de si es desde posturas favorables o desfavorables al régimen cubano, coincide en que la operación fue y estaba destinada a ser un rotundo fracaso, en parte por una mala planeación de los hechos y por la inexperiencia militar de los asaltantes.

Incluso habiéndose logrado la toma de ambos cuarteles, el movimiento liderado por Fidel Castro y Abel Santamaría tendría escasas opciones de éxito en una Cuba que rechazaba al dictador golpista Fulgencio Batista, sí, pero que no estaba por la labor de alzarse en armas contra su régimen ni emprender revolución violenta alguna.

Sobre la “epopeya” del Moncada, como son referidos estos acontecimientos en la historiografía del oficialismo cubano, se han tejido muchos mitos para fijar la voluntad de Fidel y sus acólitos de que fue una gran gesta, que abrió de una vez y por todas los ojos al pueblo de la isla de que había que luchar para rescatar al país del tirano de turno y poder establecer un sistema democrático y justo.

El motor chiquito que impulsó el motor grande, la mecha de la Revolución y otras ocurrencias similares han sido los epítetos más frecuentes mediante los que cada año se pretende vender un absoluto fiasco operativo y militar como una victoria.

Sin embargo, desde el oficialismo ya no acostumbran a recordar tanto los auténticos reclamos de los jóvenes del movimiento que se lanzó a la aventura, y mucho menos a contrastarlos con la realidad imperante en la Cuba actual, fruto del obrar del mismo hombre que lideró la supuesta gesta. 

Ello generaría muchos ruidos en el sistema y hasta haría comprender la necesidad de volver a asaltar el Moncada, o algo más, dado que hoy en día es un museo cuya extensión decepciona a todo el que lo visita, puesto que por todo lo que se dice del asalto uno supone sería una enorme edificación.

A 67 años de aquellos acontecimientos, el programa político de sus protagonistas sería un auténtico manifiesto “contrarrevolucionario” para la Seguridad del Estado y los miembros de la cúpula del poder de un régimen más disfuncional que el del propio Batista en numerosos aspectos.

El programa del Moncada fue fundamentado a lo largo del alegato de autodefensa desarrollado por Fidel Castro durante el juicio seguido a los sobrevivientes de la acción. En su exposición, el entonces joven abogado explicó las cinco primeras leyes que habría proclamado su movimiento de haber tenido éxito en la arriesgada operación.

La primera de ellas devolvería la soberanía al pueblo y proclamaría la restitución de la constitución de 1940, pisoteada por Batista desde su golpe de Estado en marzo de 1952, como la verdadera ley suprema del Estado. 

La segunda concedería la propiedad inembargable e intransferible de la tierra a todos sus trabajadores que ocuparan parcelas de cinco caballerías o menos, indemnizando a sus anteriores propietarios. 

La tercera ley otorgaría a los obreros y empleados el derecho a participar del 30 por ciento de las utilidades en todas las grandes empresas industriales, mercantiles y mineras, mientras que la cuarta concedería a los colonos el derecho a participar del 55 por ciento del rendimiento de la caña y les otorgaría una cuota mínima de 40 000 arrobas a todos los pequeños colonos que llevasen tres o más años de establecidos. 

Por último, la quinta ley establecería la confiscación de todos los bienes malversados y dispondría que la mitad de lo recobrado fuera para engrosar las cajas de retiros obreros y la otra a hospitales, asilos y casas de beneficencia.

La nación sería “baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo”, dijo Fidel Castro en ese alegato, conocido a la postre por la frase con que lo terminó: “La historia me absolverá”.

El proyecto de leyes del joven movimiento por él liderado contemplaba la necesidad de dirigir esfuerzos a la solución de seis problemas socioeconómicos que afectaban la vida de numerosos cubanos: el problema de la tierra, el de la industrialización, la vivienda, el desempleo, la educación, y el problema de la salud del pueblo.

En materia de educación y salud el régimen institucionalizado por la revolución que años después llevó a Castro al poder consiguió avances notorios respecto a la Cuba de los 50, una Cuba económicamente productiva y funcional, la cuarta mejor economía de Las Américas, pero caracterizada también por una fuerte desigualdad y altos índices de pobreza, sobre todo en las áreas rurales.

Sin embargo, luego de esos éxitos iniciales, consolidados durante todo el tiempo en que la Cuba socialista vivió de su gravitación en la órbita soviética, la continua crisis económica de la isla tras el fin de la URSS y el socialismo europeo ha forzado que incluso los pilares propagandísticos del régimen cubano –sus sistemas de educación y salud- se hayan deteriorado cualitativamente al punto de ser objeto de continuas críticas e insatisfacciones.

Con la vivienda y la tierra se ha logrado realmente poco, por no decir nada, salvo leyes que gozaron de amplio apoyo popular, pero que a la larga hicieron retroceder la situación del país en esos rubros.

Nunca se ha podido satisfacer la demanda habitacional y muchas de las construcciones que hoy caen a diario, al tiempo que son insignificantes las cantidades que se levantan nuevas, salvo para el turismo, son heredadas de épocas pasadas, mientras que la tierra, supuestamente en manos de los campesinos que la trabajan, es más improductiva que antes y no logra satisfacer ni de lejos el mercado interno.

Formalmente Cuba tiene bajos niveles de desempleo, lo que podría verse como el gran avance o un cumplimiento de lo prometido en el programa moncadista. Sin embargo, la mayoría de los empleados en Cuba no tienen un empleo de calidad. Mensualmente reciben muy poco por su fuerza de trabajo. Para poder adquirir alimentos y productos de primera necesidad en un contexto de permanente escasez se ven obligados a tener más de un trabajo o a incurrir en prácticas cuestionables o legalmente sancionables que les permitan llegar a fin de mes.

Y en cuanto a la industrialización, ni hablar. El empecinamiento en acabar con la iniciativa privada y los capitales nacionales, aunque ahora casi que se le suplique a los foráneos, dieron al traste con la eficiencia y la capacidad productiva del país. Si antes de 1959 la industrialización era un problema a resolver, en 2020 va siendo algo en lo que no vale la pena ni pensar, al menos bajo las condiciones sistémicas actuales.

A 67 años del Moncada, en el llamado día de la rebeldía nacional, los seis problemas que empujaron a un grupo de jóvenes a lanzarse a la aventura contra la dictadura batistiana siguen siendo igualmente válidos para hacerlo contra la actual.

Con las ansias de libertad y democracia, más distantes que en 1953, sucede lo mismo. Al menos en aquel entonces existía un pluralismo político reconocido e instituciones democráticas que fueron limitadas, pero no barridas, tras el Golpe. 

Se suponía que con el fin de Batista volvería la constitución de 1940, muy avanzada para su época, y retornaría la democracia a Cuba. Sin embargo, los móviles del Moncada terminaron siendo traicionados por el propio líder de la “epopeya”, que a día de hoy puede definirse mejor como el preludio inconcebible de un país más miserable.