La violencia es la respuesta de la bestia. Policía cubana se pasa de la raya
La situación económica y política de Cuba se tensa y los policías están cada día más desaforados, parecen incontrolables, dice Fernández Larrea, para quien es evidente que ya son comunes los casos de abusos policiales en la isla
Imágenes de reyerta entre policías y civiles en Matanzas

 

La violencia siempre refleja impotencia. Es el último recurso. Es la agonía de quien no puede o no quiere razonar. Se confunde muy a menudo, demasiado a menudo, con querer una solución definitiva y rápida, con querer acabar con algo de raíz. La violencia es la respuesta de la bestia que se obnubila y bloquea todo razonamiento y toda idea.

La violencia es un reflejo visceral, un animal arrinconado. La fuerza bruta, practicada por la policía no podía tener mejor nombre. En Cuba la violencia represiva se ha extremado, se extiende y ahora es cotidiana y sistemática.

La responsabilidad cae directamente sobre la Policía Nacional Revolucionaria, PNR por sus siglas, que cada día es menos revolucionaria y más reaccionaria, porque en lugar de cuidar y velar, reprime. No solamente funcionan como “fuerza disuasoria” para mantener el orden público cuando el desespero del pueblo amenaza con un estallido social de mayor magnitud, funcionan como punta de lanza de los órganos de la seguridad del estado: vigilan, citan, intimidan, apresan y emplean la fuerza que otros organismos no quieren mostrar públicamente.

Lejos están aquellas payasadas televisivas donde una voz de niño preguntaba: “Policía, policía ¿tú eres mi amigo?”. Hoy la respuesta sobra. La policía no es amiga de nadie. Siendo pueblo, no tienen empatía con el pueblo. Siendo tan humildes como los demás, se posicionan mecánicamente del lado del poder y pegan, muerden, rebuznan. Algo les hace sentirse superiores, distintos. Como si fueran elegidos, como si fueran los justos.

Será tal vez un problema de uniforme y pistola. O de cómo y dónde seleccionan a los que integrarán sus filas. Cualquier cubano que vive en Remanga la tuerca, donde la única cosa divertida es beber y ver caer la tarde, se enrola en la policía con tal de irse a la capital, con salario y patente de corso. Ese campesino va cargado de rencor, va lleno de ganas de presumir y sobresalir. Y entre lobos solo se nota al que más desgarra y aúlla.

Sin embargo, contrario a lo que se supone debiera ser la misión de una fuerza policial, de velar por el orden y combatir el delito, la policía cubana dedica el 90 por ciento de sus esfuerzos en reprimir manifestaciones políticas y convierte cada desacuerdo político en delito. Luego se escudan en los impopulares decretos que el poder ha parido uno tras otro sin consultas, sin consenso, sin razones. 

La situación económica y política de la isla se tensa y ellos están cada día más desaforados, parecen incontrolables. Y ya son comunes los casos de abusos policiales: “Las multas, detenciones y excesos policiales se han vuelto más comunes en Cuba desde el inicio del brote del nuevo coronavirus”. 

“Pero estos no han sido los peores casos, en el barrio de Alamar un joven fue brutalmente golpeado por no llevar el nasobuco, dos jóvenes de 10 de Octubre se encuentran a espera de juicio en una cárcel común por filmar a un agente agresivo, y en la provincia de Pinar del Rio, según su fiscal en jefe, solo la semana anterior fueron encarceladas 21 personas”.
 
Uno de los argumentos más socorridos de los dirigentes de la revolución cubana era calificar de dictadura el gobierno de Fulgencio Batista por la actuación de su policía, que reprimía con violencia cometiendo abusos y desmanes. No tengo idea de cómo calificarían a la policía actual. 

En un mundo tan agónico y violento, las fuerzas del orden han de tener cuidado, extremo cuidado, en cómo actúan. Ellos son la fuerza y habrían de controlarse, so pena de desatar gravísimos acontecimientos como los que se viven en muchas ciudades de los Estados Unidos a raíz del asesinato de un hombre negro.

La sensatez sería que alguien recogiera las riendas de esa policía cubana, repleta de jóvenes ignorantes y rebosantes de músculos, desesperados por mostrar sus habilidades en artes marciales. Pero no tengo esperanzas de que suceda. Están en la cuerda floja de un estallido social cuando en un exceso de celo le quiten la vida a gente inocente. Entonces la dictadura temblará porque los mismos perros que ahora usan lanzarán sus dentelladas en todas direcciones.

En definitiva, son cuerpos vacíos. Robots diseñados para el ataque: pistola, tonfa y walkie-talkie, el temible aparatico que sirve para hablar mierda.

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.