Muere en Guantánamo Teófilo Brown, creador del peculiar ritmo Mará

La cultura cubana underground acaba de sufrir un golpe con el fallecimiento del músico Teófilo Brown, a los 85 años, en su vivienda ubicada en la esquina de las calles José Antonio Saco y Jesús del Sol, conocida en el mundo artístico como La Casa de los Mil Colores del barrio La Loma del Chivo, en Guantánamo, Cuba.

Teófilo Brown, junto al también desaparecido Ido Torres, fue el creador de un peculiar ritmo musical que llamaron Mará, asentado desde el año 1970 en el libro de “Registro de Ritmos Cubanos”, y que nunca pudieron desarrollar a plenitud.

La Seguridad del Estado ha bloqueado de todas las formas posibles al Mará, cada vez que intentamos sacarlo al aire, terminamos tronchado por el gobierno y las autoridades culturales”, contó una noche Teófilo a este reportero, al terminar una sesión de ensayo.

El origen del ritmo Mará se remonta a los años 60 del pasado siglo. Según contaron sus creadores, una noche mientras dormían, ambos tuvieron un mismo sueño: una deidad del Caribe se les aparecía y le daba las claves de un ritmo nuevo.

Ido Torres y Teófilo Brown eran empleados de la Base Naval estadounidense, asentada en la Bahía de Guantánamo, y cuando se encontraron al otro día en el coche motor que  llevaba  los trabajadores a la base, hablaron del sueño y fundieron las  claves que la deidad les habría revelado.

Así surgió el Mará, que luego transmutó en filosofía. A estos dos amigos se unieron después “Alillo”, “Wichi Fournier” y el “Yacán”, todos artistas marginados en Guantánamo, y comenzaron a ensayar en la sala de la casa de Brown, acompañándose de cajones, platos y cucharas, en sustitución de instrumentos musicales.

Hemos perdido la cuenta de los números (composiciones musicales) que tenemos, pero pasan de cien. Todos con el mismo vuelo musical y alta poesía. Además es un ritmo contagioso, sabroso, que no es son, ni guaguancó, ni guaracha, ni rumba, ni changüí,…es Mará”, decía Brown.

En el año 1970, Ido y Teófilo viajaron a La Habana. Una comisión de expertos los escuchó y examinó su música y dictaminó que, en efecto, habían creado un ritmo nuevo. Y así lo inscribieron en el Registro de Autores.

Los músicos regresaron a Guantánamo entusiasmados y se entregaron a la tarea de organizar una banda, para tocar Mará, pero siempre les resultó imposible. Cada vez que tenían los músicos y los instrumentos, algún extraño suceso le estropeaba la intención.

La última vez consiguieron reunir diez jóvenes, egresados de la escuela de arte, impactados con la riqueza del ritmo.

Estamos seguros que vamos a arrasar el mercado”— dijo uno de esos jóvenes, que tocaba el bongó—  El  rap, el son, el reguetón, la salsa, tendrán que ‘coger la cola’”.

 

 

Ensayaban en La casa de los mil colores,  bajo la asesoría de Ido y Teófilo. Llegaron a montar diez  temas. El acople y la tesitura conseguidos por las voces, hacían temblar las paredes de la vieja casona de madera, llamada “de los mil colores” porque todo el que entraba allí adquiría un “color peculiar”.

El saxofonista improvisaba como un nativo de Nueva Orleans, pero con las raíces de La Loma del Chivo, su gente marginada, sus calles anchas llenas de cuarterías y aguas albañales. El piano llevaba una clave adicional, subordinada al sonido primigenio, un honor conferido a “Alillo” por su perseverancia y sus aportes a la cadencia.

En los coros las síncopas erizaban de pies a cabeza a quien la escuchara y en ciertos momentos, el Mará parecía “música de iglesias”, por el esplendor de la conjunción de los sonidos sol y , alternando con , sol y fa.

El director del grupo era el saxofonista, un Primer Expediente de la Escuela Nacional de Arte. Cuando fue a escribir la música en el pentagrama quiso sonearla, pero reconoció que era imposible porque no era son, sino Mará.

“¡Es Mará, no puede cambiarse!”— le dijo Teófilo sonriendo y el músico le hizo una reverencia.

Cuando las partituras de los instrumentos estuvieron listas, y una vez ensayadas las voces, aquello parecía una jazz band de lujo.

Los habitantes de La Loma del Chivo acudían  todas las tardes a disfrutar los ensayos. A bailar y a cantar Mará. Conocían las letras de todas las canciones y las cantaban a coro con los músicos. El Mará se escuchaba en todos los confines de la loma.

Era un trinquete lo que saldría al mercado ese año”, recordaba Brown.

Pero un día antes del estreno, misteriosamente, todos los jóvenes fueron reclutados para el Servicio Militar, y asignados a la Banda de Música del Ejército Oriental.

Detuvieron a Teófilo días después. Lo interrogaron sobre “la concentración de intelecto reunidos en su casa”, e insistieron en que develara “el secreto” de  llamarla de los mil colores. Finalmente lo acusaron de ser líder de un movimiento de negritud.

Racismo invertido, así lo llamó el Coronel”— explicó Teófilo a sus amigos en una tertulia cuando al fin lo dejaron en libertad. “Dicen que ninguno trabajamos, que muchos somos ex reclusos, y que de música no sabemos nada”.

Ahora que ha muerto su creador, y el Mará es solo un recuerdo del barrio más famoso de Guantánamo y cuatro letras en un viejo registro de ritmos, sus detractores tal vez puedan dormir en paz… Pero, ¡qué diferente pudiese haber sido esta historia, si aquellos diez jóvenes de la escuela de arte hubiesen arrasado el mercado musical aquel año!

Escrito por Francisco Correa