Abogado Eloy Viera: El poder en Cuba reniega lo justo

“El poder real en Cuba no cree en la ley, ni esta le sirve de límite o constricción. Radica en la alta cúpula del Partido y sus ministerios de control. Esas entidades son las que reproducen y mantienen el autoritarismo”, afirmó a ADN Cuba
Abogado cubano Eloy Viera Cañive. Foto cortesía del entrevistado.
 

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Eloy pensó alguna vez que sería el Perry Mason de Cienfuegos. Como el famoso personaje de la televisión de los 50, pelearía causas casi perdidas en el tribunal. Algo tiene de ese atildado y cabal protagonista de las historias policíacas de Erle Stanley Gardner. Aunque el cubano es un Mason desde el exilio, por ahora defiende sus casos en las redes sociales y con artículos publicados por medios independientes.

Tenía razón el humorista español "Chiquito de la Calzada" cuando afirmaba aquello de que hay multas que ni Mason quitaría. Eloy lo sabe bien, y más si las sanciones son aplicadas por un poder autoritario que no se apega ni a sus propias leyes.

El joven abogado proviene de una familia de ingenieros y su única hermana estudió cibernética. Sin embargo, siempre tuvo claro que lo de él no venía por ahí. Se gradúo en la Universidad “Carlos Rafael Rodríguez” de su natal Cienfuegos. En aquella ciudad ejerció hasta que terminó recomendando a sus clientes “paciencia y fe”.

“A mí se me agotó la mía y me ganó la vergüenza”, confesaría años después.

Según afirma su padre, de quien heredó el nombre y valores esenciales, Eloy fue educado en al amor al prójimo y siguiendo premisas martianas. “Consecuente con ello, no es de extrañar su afirmación de que, si 'Patria es Humanidad', la dignidad no puede tener colores políticos”, sostiene Viera Moreno.

En esta entrevista a Eloy Viera Cañive (1987), interviene a ratos su padre. Dos voces de diferentes generaciones opinan sobre esa Cuba, en la que, según el gobierno y sus acólitos, solo caben quienes repiten la narrativa oficial.

Las leyes no limitan el poder en Cuba

 

– ¿Qué opinión tienes sobre la enseñanza del Derecho en tu país?

El principal problema de la enseñanza del derecho en Cuba es su carencia de conflictividad. Esta es la “ciencia” del conflicto y el debate. Sin embargo, en Cuba (como la mayoría de las ciencias sociales) no se enseña: se instruye e indica. Siguen casi al pie de la letra la didáctica positivista que entiende que el derecho es norma y solo eso. Ese sistema es funcional al poder porque no desarrolla en el estudiante –que como yo soñó ser Perry Mason o Harvey Specter– la habilidad de buscar soluciones pensando en un ideal de justicia, sino la de obedecer la norma. Ese método busca amarrar el estudiante a la ley que sin contrapesos hace el Partido Comunista. Una norma hecha a imagen y semejanza del poder y que en muchos casos reniega lo justo. Una norma a la que el estudiante se amarra porque el conocimiento de ésta, y no la capacidad de justipreciarla, será lo que utilizará el profesor para evaluar su conocimiento.

– Has subrayado: “Renuncié a ser un abogado que solo recomienda paciencia y fe”. ¿Cómo fue tu experiencia en Cuba? ¿Participaste en casos donde el interés punitivo del Estado primaba incluso sobre sus leyes?

Esa frase es mi decisión de romper con esa obediencia ciega a la norma, de intentar encontrar e impulsar lo justo. Desde que me gradué trabajé para la Organización Nacional de Bufetes Colectivos (ONBC). Para ejercer la abogacía (mi sueño) en Cuba no queda otro remedio que vincularte con esa entidad que se dice no-gubernamental pero que, como la mayoría así reconocidas legalmente en el archipiélago, termina siendo muy gubernamental. Desde allí intenté doblar la ley lo más que pude, impulsar lo que creía que podía permitir a otros alcanzar la justicia. Terminé percatándome que la justicia en Cuba era una quimera que no dependía de mis esfuerzos o capacidades para exprimir la ley, sino de los resortes que realmente mueven todo el sistema, uno en el que la administración de justicia juega un papel preponderante actuando en consonancia con los compases dictados desde el gobierno.

Muchas veces no me quedó otra alternativa que ofrecer a mis clientes la solicitud de clemencia como única solución. Clemencia a los mismos que los abofeteaban y desconocían sus derechos. Con el tiempo entendí que poco haría como abogado si exclusivamente seguía las reglas del sistema: esas que pregonan que el ciudadano debe obedecer la ley cuando el Estado o sus funcionarios así lo demandan, pero que no puede esperar de vuelta que el Estado obedezca cuando el ciudadano lo exige. Mi concepción de la abogacía, que no es otra que crear (no reproducir) soluciones para los problemas de los clientes, incluso considerando escenarios que van más allá de la ley, no cabe dentro de las reglas de juego que impone el sistema cubano. Paradójicamente, en muchas ocasiones luego de mi salida de la ONBC, me he sentido mucho más abogado que dentro.

La mayoría de los defensores cubanos en ejercicio han participado en algún proceso en el que los intereses estatales se imponen por encima de su propia ley. Cualquiera que se dedica al derecho penal sabe que en Cuba existe una categoría de delitos no reconocida legalmente, en ningún lugar, pero que funciona en la práctica. Los “delitos priorizados” son algunos que el Estado coloca en una lista que no es pública, e implica que los sancionados por esos delitos serán tratados de forma diferenciada, mientras extinguen su pena. Los sancionados por “delitos priorizados” no solo deben cumplir, sino que además no tienen derechos a beneficios elementales reconocidos en la legislación vigente, como es el acceso al sistema de progresión. Una persona sancionada a cumplir por un delito priorizado puede que nunca disfrute de la libertad anticipada, que comúnmente se conoce como “libertad condicional”.

Ante la doble sanción que sufren los penados a delitos priorizados, el abogado cubano que sigue las reglas del sistema no puede hacer nada. Pero un abogado independiente y no sujeto a esos resortes, pensando en su cliente acudiría a soluciones extralegales como, por ejemplo, la influencia de los medios y de la opinión pública para denunciar un acto notoriamente injusto. Pero en Cuba incumplir esas reglas provoca que te saquen del juego. Esos son ejemplos del día a día en Cuba, con los que tuve que lidiar y en los que, a pesar de los intentos, de las múltiples acciones emprendidas, solo puede terminar recomendando a mis clientes paciencia y fe… hasta que a mí se me agotó la mía y me ganó la vergüenza.

El padre: Cuando comenzó en la abogacía, la primera recomendación fue que se convirtiera en el que reparte el café y busca el almuerzo de sus compañeros, que los éxitos vendrían fruto del trabajo. Tuvo algunos, y en un pueblo pequeño, me convertí en el “papá de Eloy”, a lo que siempre respondí con más enfado que orgullo: primero el huevo y después la gallina. Sus triunfos, muchos de ellos enfocados en evitar verdaderas injusticias, no siempre a clientes “pudientes”, fueron la causa de sus problemas.

Defender y ganar la acusación de un fiscal instrumentado por un gobierno al servicio del Partido Comunista, es, por carácter transitivo, ir contra el Partido. Si uno de esos casos incluye un delito “contra la Seguridad del Estado”, es poner en ridículo una de las herramientas mejor organizadas y más efectivas del régimen para su sostenimiento por seis décadas.

– ¿Las leyes cubanas permiten perpetuar el autoritarismo?

No creo que sean las leyes las que permitan perpetuar el autoritarismo. La ley no es límite para el poder en Cuba, y tampoco garantía de perpetuidad de un modelo. El autoritarismo se reproduce, muchas veces, no por la ley, sino a pesar de ella. El nivel de sofisticación del modelo cubano en ese sentido es encomiable. La ley es utilizada muchas veces como símbolo de progreso, conciliación y reconocimiento de lo diverso. Ahí tienes el proceso de reforma constitucional vendido por la propaganda. A dos años de ese proceso, puedo decir que en Cuba no ha cambiado nada, el país y su gobierno no se han movido un ápice para parecerse más a lo que el occidente considera un Estado de Derecho. En Cuba el uso singular de la ley es ineficaz e ineficiente cuando se trata de utilizarla para oponerse o limitar los poderes del Estado. Así mismo, es ineficaz e ineficiente para reproducir los poderes y las funciones del Estado.

El poder real en Cuba no cree en la ley, ni esta le sirve de límite o constricción. Radica en la alta cúpula del Partido Comunista y los ministerios de control (Minint y Minfar). Esas entidades son las que, sin importar la ley, reproducen y mantienen el autoritarismo cubano. Usan la ley no como garantía de reproducción y mantenimiento, sino como fachada para justificar –cuando pueden y les interesa– sus comportamientos. En última instancia, cuando no pueden justificarlos con la ley, siempre terminan apelando a la base real de su autoritarismo: la voluntad de no ceder poder amparados en el auto-conferido “derecho” a defenderse de todo el que le adverse o provoque.

El padre: Si bien antaño la abogacía era fuente de revolucionarios, luchadores por el mejoramiento de la nación (Ignacio Agramonte; Carlos Manuel de Céspedes; Eduardo Chibás…), hoy los juristas en su mayoría son parte de esa masa popular sumida en la doble moral para sobrevivir, e incapaces de luchar desde sus convicciones personales por la justicia. Las consecuencias de los “éxitos” de Eloy no se hicieron esperar, y debió migrar con su familia a La Habana, alejándose de las dos familias originarias.

Exilio y renuncia a litigar en Cuba

 

– ¿Qué te lleva a mudarte a La Habana y luego a salir del país?

“En pueblo chiquito infierno grande”. Ese refrán es aplicable incluso a las manifestaciones de represión y coacción que en Cuba se reproducen mucho más profundo entre los provincianos, que entre los activistas, opositores y periodistas independientes de la capital. Siendo sincero, creo que me fui de Cienfuegos cuando sentí que ya no me quería, en el momento en que el antagonismo multiplicado por la pequeñez del espacio era insostenible. Mi primer texto para un medio independiente lo escribí siendo abogado en Cienfuegos. Resumía un poco mis insatisfacciones por la indefensión en que colocaron a uno de esos clientes a quien el Estado escupió, pisoteó y a quien terminé recomendándole paciencia cuando ya no quedaba nada más. Después de la correspondiente “conversación” donde discutieron conmigo las implicaciones de escribir ese tipo de cosas en medios “solapadamente contrarrevolucionarios”, mi trabajo en Cienfuegos quedó condenado.

Después de eso, los errores profesionales que para otros eran incumplimientos burocráticos menores, se convirtieron en señales graves de mi incapacidad. En aquel momento, era yo muy joven, había nacido mi primer hijo y todo lo que hacía era tratar de encontrar –en la que creía la más justa y mejor remunerada labor del universo– la forma de sacar a mi familia adelante. Los múltiples señalamientos, búsquedas con lupa, el ostracismo que comenzaba a rondar sobre mi cabeza y la constante presión, me llevaron a cometer errores de verdad que todavía sufro. Después de eso, y aun creyendo que el problema era local y no sistémico, pedí mi traslado para La Habana.

Una vez que abandoné Cienfuegos no me dejó el desencanto. Las deformaciones del sistema y las muestras de corrupción que al interior del país me parecían gigantes, vistas desde La Habana se volvieron ridiculeces. Había vivido en otro país, en la realidad del guajiro que cree que su burbuja es del tamaño del universo. La decepción, el estigma, la elevación del costo de mi vida en la capital, la disminución de mis ingresos por tener que empezar de cero una carrera que depende de la construcción de un nombre, y la constatación de que el problema no era de Cienfuegos, terminaron por confirmar que no podría volver a ser abogado litigante en Cuba, mientras no fuera totalmente independiente.

¿Qué quedaba? Renunciar a mi sueño e intentar encontrar otra realización que a la vez me permitiera mantener dignamente a mi familia sin aspirar a la caridad o la extorsión del cliente. La dedicación de lleno al periodismo independiente me permitió ambas cosas. Por un lado, influir desde otros espacios en la transformación de lo que hasta hoy considero obstáculos para el ejercicio de la abogacía en Cuba. Por el otro, mantener ingresos dignos para los estándares cubanos que me permitieran sacar adelante a mi familia.

Mirando en retrospectiva, el periodismo independiente marcó el inicio de mi proceso de salida de Cienfuegos. Pero también terminó profundizando mi imagen antagonista y favoreciendo la crisis a la que se enfrentan todos los que de una forma u otra deciden disentir de lo oficial en Cuba. Al final la crisis se produjo y la valentía no me alcanzó, para como otros, seguir asumiendo las consecuencias. Por eso, y porque mi familia crecería, salí de Cuba.

El padre: Recibimos la noticia con mucho dolor, su hermana, mi esposa y yo. Lo apoyamos porque entendimos no había otra cosa mejor que hacer. Provengo de una familia con dos tíos fusilados por “contrarrevolución” y otros cercanos a Fidel Castro y al poder. Mi abuela materna y los familiares de mis tíos tuvieron varias ofertas del gobierno norteamericano para emigrar con sus descendientes (incluyendo mi familia y hasta la que yo había formado cuando la última proposición). Una vez, durante una escala en el aeropuerto de Gander, en Canadá, después de consumir en el bar las divisas que nos quedaban (estaba prohibido tenerlas en Cuba), un amigo del trabajo “se quedó”. Me dijo: “por donde yo salga sales tú”. Pero le deseé buena suerte, y nos demoramos casi diez horas, en lo que la compañía aérea chequeaba el equipaje de cada uno, directamente en la pista, en mangas de camisa, y a una temperatura de 8-10 grados; fue lo único que le reproché más tarde a mi amigo. Esta introducción, es para explicarte que tuve varias y buenas posibilidades de emigrar, a pesar de lo cual mis restos pronto se fundirán con este amado terruño. No es patriotismo, pero tampoco “el amor ridículo a las hierbas que pisan nuestras plantas”. La separación con mi hijo, por tanto, fue demoledora.

– ¿Eloy, te ha acosado, amenazado, la Seguridad del Estado?

Esos temas prefiero no tratarlos. Muchos cubanos reciben a diario una represión descarnada que no pocas veces termina siendo invisibilizada por historias como las mías, que resultan risibles para aquellos que reconocen la violencia solo cuando corre la sangre. Mis historias podrían ser usadas por Nestor Kohan para, desde Argentina, escribir entre asado y asado, que los cubanos no debemos llorar porque no sabemos qué es una dictadura. Kohan sostiene eso porque solo ha escuchado de primera mano historias como las mías, las mismas que pueden contar muchos miembros de la intelectualidad crítica y que no guardan relación con las que sufre la oposición política tradicional, o los actores más influyentes y frontales.

– ¿Desde cuándo no visitas la isla? ¿Crees que habría represalias en tu contra?

Hace un año y medio salí de Cuba. No he vuelto a regresar desde entonces. En los últimos tiempos han pasado muchas cosas allá. Las tensiones políticas aumentan casi que al mismo tiempo que la profundización de la crisis económica. Han aparecidos movimientos ciudadanos emergentes. En ese escenario todos los que, desde la percepción del gobierno y sus aparatos de seguridad, contribuimos de alguna forma al desarrollo de esos movimientos o incluso al escenario de tensiones que vive Cuba, somos susceptibles de represalias. Los casos de Lidier Hernández, Karla Pérez y cientos de cubanos que han sido desterrados, dejan claro –y aquí utilizo una frase manida de su manual de propaganda– el “carácter extraterritorial” de las represalias que puede tomar el gobierno cubano.

El mensaje es claro: allí donde te encuentres puedo alcanzarte, allí donde no muestres corrección siempre puedo dañarte. De ese juego soy consciente y en alguna medida estoy sufriendo las consecuencias. Mi nombre en boca de Humberto López y otros dilemas familiares que la emigración provoca, son represalias por las cuales responsabilizo, sin ninguna duda, al gobierno cubano.

Comunicación para empoderar

 

– En los medios estatales de la isla intentan “asesinatos de carácter” contra los críticos del régimen. Has sido uno de los difamados. Es una práctica violatoria de derechos, pero en Cuba no es condenable. ¿Qué opinión tienes sobre esto?

Es evidente que es condenable. No solo porque esos asesinatos de carácter se producen en un medio masivo de comunicación que debería ser público. Es condenable porque pisotean los más elementales derechos de los injuriados y se falta a la verdad. Lo peor es que se condena no solo a muerte mediática, sino también a la muerte civil. Y luego hay premios para el victimario y a las víctimas no se les ofrece reparación, ni siquiera posibilidad de réplica. Esas prácticas confirman que la Cuba que sus gobernantes quieren es la del monólogo. Pero al mismo tiempo, de las respuestas de la gente a esos asesinatos de carácter siempre podemos sacar algunas buenas conclusiones: demuestran que lo que quieren mostrar como nación del monólogo y la pantomima, se parece cada vez más a un coro polifónico.

– El Colectivo +Voces, al que perteneces, defiende la premisa “Comunicación para empoderar”. ¿Esto has estado haciendo con tu trabajo en los medios independientes?

Sin dudas. Nadie puede exigir derechos de los que no se siente titular. Es necesario redimensionar un concepto que ha sido politizado por mucho tiempo, sobre todo en el caso cubano. Los derechos humanos no son un slogan, son construcciones que existen porque se entiende que son inherentes a la condición de ser humano. Para muchos cubanos solo hay derechos si la ley los confiere. Eso disminuye sus capacidades para reivindicarlos, exigirlos, para generar un movimiento telúrico que desbarate la ley injusta y el poder que la crea. Para hacer eso se necesita una ciudadanía empoderada y no puede haberla sin sujetos individuales que entiendan que la ley no puede ser el obstáculo para disfrutar de lo que les corresponde por su condición de persona. Esa ha sido nuestra misión desde el Colectivo +Voces, utilizar la comunicación para educar y empoderar a una ciudadanía cuya conciencia colectiva se encuentra en la era paleozoica, política y jurídicamente hablando.

– El concepto “participar” en Cuba es usado por la narrativa oficial. Pero, ¿se participa activamente en la isla?

En lo absoluto. La participación ciudadana no puede ser impulsada y controlada desde arriba, porque es circo. Ahí tienes el ejemplo más reciente de “genuina participación popular”: la consulta sobre proyecto de Constitución, un proceso que fue indicado por el Partido Comunista. Desde el origen estaba claro que para el poder la voz de la ciudadanía no tendría ningún carácter vinculante. La participación en Cuba ha sido desnaturalizada. La ciudadanía no participa entre otras cosas porque ha sido testigo de la inefectividad de los mecanismos diseñados por el gobierno, y porque cree que la participación institucionalizada es la única posible. Sin embargo, en los últimos tiempos hemos visto movimientos ciudadanos que comienzan a impulsar la participación porque la consideran un mecanismo indispensable para empoderarse y generar sinergias que reactiven la civilidad de un pueblo que desde hace más de 60 años ha olvidado el significado real de ese vocablo.

– Asesoras al 27N. ¿Crees que este grupo, el Movimiento San Isidro y otras iniciativas independientes, impulsan un cambio en la participación ciudadana?

Sí lo creo. Sin ánimo de sobredimensionar, noviembre del 2020 marcó un antes y un después para el presente de Cuba. Los acontecimientos de ese mes estuvieron profundamente ligados a ambos movimientos. San Isidro y la represión que sufrieron fue el detonante, y el 27N la repulsa espontánea a la violencia institucionalizada y a la manipulación para justificarla. Luego ambos movimientos han dado muestras de querer participar activamente, incluso utilizando canales habilitados por el gobierno.

Ambos movimientos conectan ampliamente con sectores jóvenes muy diversos, y empastan a la intelectualidad con los sectores populares más genuinos de esa Cuba plural que tenemos. Solo puede producirse un cambio en Cuba si se logra “deselitizar” la participación, si la intelectualidad acompaña a los sectores populares en la ocupación de espacios públicos, y si se logra que los sectores populares acompañen a la intelectualidad en la generación de incidencia política indirecta, mediante la participación institucionalizada, el litigio estratégico y la educación de la ciudadanía. En ese sentido el Movimiento San isidro y el 27N pueden aportar mucho. Sobre todo, porque millennials al fin, han sabido utilizar naturalmente el espacio que Internet les ha dado para potenciar su mensaje.

– ¿Crees en el diálogo cómo una vía de cambio en Cuba?

No me opongo a ningún método de solución pacífica para los problemas cubanos. El diálogo es uno de ellos y tendría que ser bidireccional. Necesitamos un diálogo sincero entre pares y sin condicionamientos. Las polarizaciones han producido tres posiciones diferentes con relación al diálogo. La primera reconoce que es posible y que no solo debe incluir al pueblo cubano, sino también al gobierno. Están quienes creen que solo un diálogo entre cubanos y no con el gobierno es factible, y los que opinan que no hay que mencionar el diálogo porque lo entienden como un vocablo “peligroso”.

Creo que los cubanos tenemos que dialogar primero entre nosotros sin que en ese diálogo intervenga el síndrome de la sospecha. Está muy extendida la idea de que solo es posible entenderse entre quienes existe confianza, con quienes piensan y mantienen ideas y proyectos similares. Sin embargo, eso no es diálogo. Para que sea fructífero es preciso desterrar la idea de que Cuba es un espacio en el que solo caben ciertos tipos de personas, dependiendo de quién sea el seleccionador. El día que logremos un diálogo sincero entre todos los actores que hoy tienen alguna idea sobre Cuba, ese simple acto será lo suficientemente fuerte como para contrarrestar cualquier posición de fuerza que el gobierno pueda enarbolar si decide participar en el debate. Cuando los cubanos logremos conversar sin sectarismos, ese día el gobierno será quien pedirá dialogar para negociar su salida. Tristemente, la sospecha es la inversión mejor lograda del gobierno cubano y por esa razón el diálogo ha sido torpedeado y desde mi punto de vista será bastante improbable que acontezca en la inmediatez.

– Afirmaste que “la dignidad no tiene colores políticos”. Falta decoro y decencia entre quienes participan en mítines de odio, los policías que agreden, comunicadores que difaman… ¿Cómo ves un escenario de reconciliación en Cuba?

Uno de los temas que me apasionan es lo que en derecho denominamos “justicia transicional”. No podrá haber reconciliación en Cuba sin justicia. Sin embargo, no me imagino la aplicación de la Ley del Talión, como muchos propugnan. No hay sanación, no hay reconciliación posible si lo que se produce es venganza. Ese es uno de los temas que no puede faltar en un diálogo entre cubanos, sobre todo porque hay muchos “justicieros”, que pretenden que la ideología o el espectro político al que se pertenezca sean suficientes para señalar responsabilidades. Los principales medidores de los cubanos ante un escenario de reconciliación no pueden ser otros que la decencia y la dignidad con la que se hayan desenvuelto, y con la que hayan tratado a sus iguales.

– Firmaste una carta colectiva enviada al Vaticano. Pedían a Francisco que intercediera para salvar a los huelguistas del MSI. ¿Eres un hombre de fe?

Me considero un hombre de fe. En gran parte se debe a la educación católica que desde niño recibí. La carta al Papa partía también de lo que pedí en su momento: intervención de la jerarquía de la Iglesia Católica en aquel conflicto. Para mi pesar nunca se produjo. La iglesia, entendida como el conjunto de feligreses, sacerdotes y consagrados sí lo hizo, continúa haciéndolo. Pero la jerarquía de la Iglesia Cubana, pudiendo favorecer el diálogo y la reconciliación, ha preferido mantener el concordato tácito que durante décadas ha sostenido con el gobierno cubano.

– Cuba es más que el Estado, el poder político… Sin embargo, esta obviedad muchos no la entienden así. ¿Qué te importa de Cuba? ¿Qué quieres para tu país?

Cuba es algo embriagador. En ocasiones me pregunto si realmente emigré, porque siento que estoy atascado. No vivo allí, pero tampoco aquí. De Cuba me importa todo, principalmente su gente. Toda mi familia está allí y sufre lo mismo que todos. De mi país en este minuto solo espero que sane.

***

– ¿Cafetero?  Mucho

– ¿Escuchas música, bailas? ¿Tienes una playlist habitual? Más bailador que melómano. No tengo playlist habitual.

– ¿Qué te da melancolía? Recordar la gente que no tengo cerca, pero la verdad no soy de deprimirme.

– Tres dolores con los que cargues…:  La incertidumbre, mi dolor de espalda y con Cuba.

– ¿Qué te saca risas? Mis hijos

– ¿Algún líder que admires de la historia cubana o internacional? Martí sigue siendo lo más grande que tendremos los cubanos y Gandhi es de lo más grande que ha tenido el mundo. Abogados ambos, por cierto.

– ¿Qué te inspira?  Las ansias de superación.

– ¿Los amigos del preuniversitario? Lo más grande, la cofradía.

– ¿Tus hijos qué son para ti? Mi universo.

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Coda

A punto de terminar el texto, la periodista y poeta Melissa Cordero me dio su opinión sobre Eloy Viera, su amigo desde la adolescencia:

No se puede hablar de o sobre Eloy, sino para Eloy. Lo que intento decir con este trabalenguas es lo siguiente: Eloy es un tipo medio huraño a veces —siempre con sentido, aclaro—, que te invita, sin decirlo, con sus gestos, sus actitudes, al servicio. Desgarbado y flacucho cuando lo conocí, ahora curtido por los golpes y la sabiduría. Es dueño de una envidiable capacidad para proteger, defender, cuidar. Con una memoria apremiante, directo siempre, áspero pareciera, pero se trata de esa aspereza que inunda a quien siente un temor mayor al tuyo porque algo te hiciese daño, una aspereza que es escudo. Y es noble y es un guerrero. Es un tipo lúcido, inteligente que jamás ha estado del lado de la mentira o la injusticia. Es un tipo brillante, un amigo de los que se presume. ¿Qué más te puedo decir?