El comunista Fidel Castro y su romance con la meca del capitalismo
A pesar de ser un furibundo crítico del capitalismo, Fidel Castro no ocultó nunca su amor y simpatía por la Gran Manzana. Un artículo de la BBC relata sus viajes a la ciudad
Fidel Castro aclamado por neoyorquinos
 

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La ciudad de Nueva York probablemente sea la primera que se vislumbre cada vez que se habla de la opulencia que puede llegar a alcanzar el capitalismo occidental moderno. Sus innumerables encantos no pasan desapercibidos para nadie, incluso para aquellos que se proclaman y erigen como símbolos de la lucha contra muchos de los valores que esa urbe encarna.

Tal es el caso del fallecido Fidel Castro, quien, tras el triunfo revolucionario de 1959, devino en uno de los rostros más visibles de la Guerra Fría en el enfrentamiento al capitalismo mundial. Pese a presentarse al mundo como líder comunista y tercermundista, Castro nunca dejó de admirar y sentirse fascinado por la gran Nueva York, meca capitalista y ciudad con la que tuvo un interesante romance, tal y como narra el historiador Tony Perrottet.

En un artículo publicado este domingo en BBC Mundo, Perrottet repasa las distintas visitas que Castro hizo a la ciudad estadounidense y la relación que se fue tejiendo entre ambos, no siempre guiada por los mismos sentimientos y ánimos.

El recuento del historiador empieza por 1948, año en que Fidel Castro y su primera esposa, Mirta Díaz Balart, de la alta sociedad, se quedaron tres meses, de luna de miel, en un encantador inmueble de la calle 82, cerca de Central Park.

Es “una casa victoriana de piedra rojiza con escalones de cemento en la entrada”, que aún existe, precisa Perrottet, al tiempo que destaca que, si bien la edificación no es tan diferente de otras de Manhattan, “allí es donde un joven Fidel Castro, por entonces un cubano desconocido de 22 años, graduado en derecho, pasó su luna de miel en 1948”.

Por ese año el polémico líder cubano sólo era “un líder estudiantil que se hacía escuchar en La Habana”. Nada indicaba en ese entonces “que pronto encabezaría una revolución en su isla natal y se convertiría en una de las figuras más famosas y divisorias del siglo XX, empujando a Cuba a una contienda de la Guerra Fría con Estados Unidos que todavía persiste”.

“Era la primera visita de Castro a Estados Unidos y de inmediato se enamoró de Nueva York”, resalta el historiador, según el cual el cubano “quedó fascinado por el metro, los rascacielos, el tamaño de los filetes de carne y el hecho de que, pese al furibundo anticomunismo de EE.UU. durante la Guerra Fría, podía encontrar el lamento anticapitalista de Karl Marx, ‘El capital’, en cualquier librería”.

La segunda visita a Nueva York de quien parecía ser, una vez consolidado el carácter comunista de su revolución, un auténtico estadunidense, se produjo en 1955.

Castro y varios de sus correligionarios habían sido indultados por Fulgencio Batista, tras el encierro por el fallido asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en 1953, y en Nueva York se dedicaron a buscar donaciones y ganar simpatías para el levantamiento que pretendían realizar contra el régimen batistiano.

“Se hizo conocido entre exiliados cubanos como un agitador idealista y algo loco por organizar un levantamiento fallido”, apunta el historiador. “Inundado con donaciones, el carismático líder de la resistencia abrió una oficina para su organización rebelde M-26-7 en una zona de Manhattan que era más conocida como un animado bastión del pensamiento progresista que como enclave exclusivo de liberales acomodados, como se conoce en la actualidad”.

De Estados Unidos a México, y de México a Cuba, Castro logró en poco más de dos años la salida del poder de Batista. “Se convirtió en una celebridad internacional y él y sus rebeldes -conocidos como Los Barbudos- fueron idealizados por los estadounidenses como liberadores jóvenes y atractivos”.

Como resultado, destaca Perrottet, “su visita más surrealista a Nueva York ocurrió solo cuatro meses después de su victoria, en abril de 1959, cuando El Comandante se introdujo en la ciudad por cinco días como un héroe conquistador”.

“Cuando Castro llegó a Nueva York en 1959, era tan grande como Elvis y fue recibido por fans que lo adoraban”. Tras los protocolos políticos en Washington DC, que no rindieron los frutos esperados por el líder devenido en dictador, “hizo de turista en Nueva York” y consolidó su amor por la urbe y sus moradores, un romance que “no duró”, “al menos no entre los residentes blancos de clase media”.

Volvió a regresar un año después, en 1960, para dirigirse a la Asamblea General de Naciones Unidas. Ya las relaciones entre Cuba y Estados Unidos estaban bastante dañadas, y en camino a romperse por completo, “conforme Castro se hacía más radical y Washington más vengativo”.

“Solo un año después de haber sido acogido por un océano de admiradores en Manhattan, ahora era abucheado por peatones indignados mientras iba en el auto”.

Pese a ello, el de 1960 quizás sea el viaje más legendario del cubano a la meca capitalista. Fue el de su alojamiento en el hotel Theresa del vecindario de Harlem, la capital del Estados Unidos negro, y el de las fotos en las que él y su séquito se mezclaban como ciudadanos comunes con los neoyorquinos menos favorecidos por el poderío estadounidense.

“Fue un desaire al sistema y una declaración de apoyo a los afroestadounidenses en la cúspide del Movimiento por los Derechos Civiles (…) Las multitudes de Castro siguieron ocupando los titulares de los periódicos para gran enfado de Eisenhower (presidente de Estados Unidos en ese entonces)”.

De igual forma, el viaje de 1960 fue el del discurso en Naciones Unidas que aún ostenta el récord de duración para la organización. “Fueron casi 4 horas y 29 minutos de constante denuncia del imperialismo”, recuerda el historiador, que precisa que a partir de ahí el romance ya no fue nunca lo mismo, dado que “las relaciones con Estados Unidos cayeron precipitadamente”.

Las otras tres visitas de Castro a la meca capitalista, en 1979, 1995 y 2000, fueron siempre a Naciones Unidas. No hubo declaraciones de amor pasmosas como en las primeras ocasiones, pero, según el autor del artículo, el cubano “nunca olvidó los embriagadores días de su viaje de 1960”, cuando, aún sin radicalizarse, mostraba sin pudor su admiración y encanto por la gran urbe.