11J: cubana fue a estación policial por su hijo con discapacidad y terminó presa

Mi hijo “parecía un muñeco por el aire dando vueltas. Tres boinas negras lo patearon y le pisaron la cabeza. Luego lo tiraron sangrando en un camión como si fuera un saco”, denunció una enfermera cubana arrestada tras las protestas del 11 de julio
11J: cubana fue a estación policial por su hijo con discapacidad y terminó presa
 

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La enfermera Mayda Yudith Sotolongo estuvo entre los cientos de detenidos en Cuba tras las protestas antigubernamentales del 11 de julio (11J). Ella no salió a protestar, pero igual fue a dar al calabozo cuando acudió a la estación policial Oncena de San Miguel del Padrón, en La Habana, a preguntar por Yunior, uno de sus tres hijos, arrestado violentamente por la Brigada Especial Nacional (BEN) del Ministerio del Interior.

“Yo ni siquiera alcé la voz (…) porque sé que ellos pueden acusarte de desacato. Sólo les dije que de allí no me iba hasta que me lo enseñaran, que yo tenía que ver en qué condiciones estaba, que era su madre”, dijo en una entrevista a CubaNet.

Sotolongo, de 50 años, dijo a los agentes “que ellos no tenían motivos para encerrarme, pero que, si tenía que estar presa para saber de Yunior, que me metieran presa”.

El joven, al enterarse de las protestas, cuando el presidente Miguel Díaz-Canel ordenó en la televisión nacional que los partidarios del régimen las enfrentaran, quiso observar por “curiosidad”.

“Los testigos me explican que la gente iba tranquila, gritando consignas; pero de pronto soltaron a los boinas negras para reprimir y empezaron a cargar con todos. Mi hijo se asustó y se mandó a correr para llegar a casa”, recordó la madre. Lo alcanzaron en el portal de un vecino, donde lo agredieron y detuvieron.

Cuando fue a la estación policial, Sotolongo estaba angustiada porque los vecinos le habían avisado que Yunior, quien padece una discapacidad auditiva, “parecía un muñeco por el aire dando vueltas. Tres boinas negras lo patearon y le pisaron la cabeza. Luego lo tiraron sangrando en un camión como si fuera un saco”, dijo al medio independiente.

“Mi hijo nació sin el oído derecho y por tanto su audición es limitada. En esa parte él no tiene oreja. Por su condición, junto a las migrañas que padece, nunca se había separado de mí (…). Y ahora está en prisión sin haber tirado ni una piedra”.

 

Cárcel por preguntar

La enfermera aseguró que la estación estaba llena de personas detenidas, entre ellas adolescentes de hasta 13 años, mujeres embarazadas y ancianos hacinados en los pasillos, oficinas y calabozos.

A ella la obligaron a quitarse la ropa, agacharse desnuda y hacer cuclillas. Al día siguiente, el 12 de julio, la trasladaron en la madrugada junto con otras mujeres, en un camión a la prisión de 100 y Aldabó.

“Me metieron en un hueco de 4×4 metros con otras detenidas. Era una celda oscura, sin ventanas, donde no sabía si era de día o de noche.  El calor y los mosquitos no dejaban dormir, todo el día sudaba y no nos daban agua”, denunció.

Aunque a ella no le dieron golpes, Mayda Sotolongo considera que “es tortura la comida en mal estado, que nos negaran agua, la suciedad. Y luego a las 6:00 am ponían discursos de Canel o Fidel Castro a todo volumen para enloquecernos y que no descansáramos. Tenías que taparte los oídos porque era insoportable. Yo aún tengo pesadillas con el sonido de la llave y el candado de ese lugar”.

La excarcelaron el 14 de julio y cada semana la visita el jefe de sector de la policía.

 

Yunior continúa preso

A Yunior primero lo recluyeron en la prisión de jóvenes del Cotorro, conocida como Ivanov y su madre no ha podido verlo más de una vez, desde el 11J.

El joven fue trasladado luego a otra cárcel, sin avisar a su madre, porque presuntamente se contagió de la COVID-19.

“Mi hijo salió sano de mi casa y ahora sufre escabiosis. Tiene los dedos de los pies reventados que no puede caminar y se enfermó con el virus, aunque tenía las tres dosis de Abdala”, denunció la enfermera.

El 17 de agosto, única ocasión en que pudo ver a su hijo preso, este le dijo llorando “que le habían dado mucho golpe y hasta los perros le tiraron”.

Mayda Sotolongo se siente “muy vulnerable, expuesta, en total indefensión. Es como estar atada de manos y pies, contra la pared con una espada apuntando al pecho, sin poder ni siquiera gritar o pedir auxilio”.