De la religión yoruba al cristianismo, luego a la nada
Decepcionado del materialismo impuesto totalitariamente en la isla, Fernando intentó ser feliz bajo la religión yoruba y el cristianismo. Sin embargo, todo le ha decepcionado. Esta "sin religión y sin ideología", y no se considera una persona feliz
Terreno donde estuvo la iglesia cristiana a la que asistía Fernando
 

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Fernando “el largo” cuenta su experiencia en dos religiones, que no le proporcionaron su objetivo en la vida: ser feliz.

“De niño había recibido una formación materialista, que es una doctrina, como cualquier religión, y en Cuba con el marxismo tuvo mucho caldo de cultivo, pero me decepcioné de todo eso con el periodo especial y fui obsesionado por lo ideal en la religión yoruba. Me metí tan adentro que llegué hasta el sacerdocio de Ifa, donde todo me salió mal. Finalmente me convertí en cristiano, donde todo iba bien hasta que terminó como la fiesta del Guatao. Ahora ando al pecho, sin nada que me proteja, ni cobije”.

Así cuenta su historia este ingeniero químico de 50 años, que reside en Jaimanitas y aspira a ser feliz algún día. Cree que sucederá por un golpe de suerte, pues las religiones no le han resultado efectivas.

“Yo gasté un dineral para hacerme santo y los resultados fueron que perdí mi matrimonio, la casa y la familia, cumpliéndose exactamente la profecía que me dictó Orumila en el Itá. Luego perdí el trabajo y pasé el mar por el fondo, tal como regía el libro de mi signo. Un día me cansé de aquella esclavitud y destruí con un martillo la sopera de Orumila. Estrellé contra el piso al Elegguá haciéndolo añicos. Desarmé el Osun y le arranqué la cabeza al gallito. Todos Los Guerreros fueron a la basura. Era de noche, había un temporal, salí a la calle y caminé por Jaimanitas, sin rumbo. En una esquina rompí los collares de Shangó y Orumila. Estaba frente a la iglesia bautista, en aquel momento la congregación estaba en alabanza, con los brazos en alto y los ojos cerrados. El Pastor salió a la calle bajo la lluvia y me sostuvo, me dijo: entra”.

Su vida en el cristianismo fue de bendición, al principio, cuenta Fernando. Dejó de beber, de fumar, vestía de cuello y corbata, su compañía era una Biblia. Pasaba todo el tiempo en la Iglesia, en adoración, alabanzas, oraciones y ayunos. 

“En las filas se escuchaban súplicas de perdón por los pecados cometidos, arrepentimientos sinceros y deseos de comenzar una nueva vida, yo pedía que me devolvieran mi familia, mi casa, mi trabajo. No sucedió nunca. El dinero recogido en las ofrendas llenaba tres cestas de mimbres. El diezmo se pagaba con una puntualidad absoluta. Ensancharon la Iglesia. Compraron más sillas. El Pastor engordó tanto que la barriga apenas dejaba cerrar el cinto”.

“Fueron meses luminosos, de mucha lectura y tranquila conexión con Dios, rotos de repente por la comisión municipal de vivienda y urbanismo, que mediante sus inspectores notificaron la clausura de la iglesia, alegando que aquel terreno era usufructo del estado y había denuncias de los vecinos por la música alta y la bulla. A pesar de las recogidas de firmas y las cartas al gobierno, nunca más pudieron reabrirla”.

Fernando asegura que ese fue el principio del fin.

“El Pastor ordenó desmontar el tejado y la estructura, para construir la iglesia en otro sitio, pero luego de semanas de incertidumbre, el demonio hizo su habitual estrago en la fe colectiva. Las sillas, el maderaje, las tejas y los equipos de audio fueron vendidos. Nadie supo nunca el destino del dinero, ni del suculento acumulado en la tesorería. La reputación del Pastor cayó al piso cuando de boca en boca corrió el rumor que, mientras exigía abstinencia a la congregación, fornicaba con la chica del panadero y una señora del culto. Ahora, donde se elevaba una floreciente iglesia en victoria, solo queda un terreno baldío”.

“Regresé nuevamente a la nada”, termina Fernando. “Ahora estoy sin religión y sin ideología, porque aquella con la que crecí y me educaron al final tampoco sirvió”.