Leonardo Padura, el ser o no ser de la literatura cubana

Leonardo Padura vuelve a ser noticia. Otra de sus novedades literarias pasa por el tamiz de la “censura”, nunca explícita pero si latente, y otra vez vuelve a ser Aurelia Ediciones la madre de un libro que pocos conocerán. La Habana nuestra de cada día, un libro con textos del escritor Leonardo Padura y fotografías de Carlos T. Cairo, sufre la no presencia de los ejemplares en su presentación. 

En Cuba hay sólo 17 ejemplares. Por razones aún sin esclarecer, el cargamento con el resto de los libros aún no llega al país. Sin embargo la promoción sí se hará. 

La fecha oficial de la presentación es este 15 de noviembre a las 3:00 de la tarde en la Biblioteca Nacional "José Martí", con las palabras del Doctor Eduardo Torres Cuevas. Pero desde este miércoles 13, los amigos más cercanos a los autores conocieron en una recepción privada algunos detalles de la nueva obra de Padura, polémica por cierto, como ya nos tiene acostumbrados. 

Y no podía ser otro sitio que en San Isidro, recreado en uno de sus reportajes más populares publicados en Juventud Rebelde, donde Padura relata la vida de Alberto Yarini, el chulo más cotizado de La Habana. Los altos de la galería Perugorría, perteneciente al afamado actor Jorge Perouurría (Pichi), sirvió de escenario para la lectura de uno de los textos seleccionados en esta nueva entrega que hace Padura junto a Cairo, bajo el sello de Aurelia Ediciones. 

En espera de los cinco siglos de la capital, una obra titulada La Habana nuestra de cada día, no podía dejar de dedicarse a las celebraciones por el cumpleaños de la villa de San Cristóbal de La Habana; sin embargo, pocos habaneros, y cubanos en general, conocerán el libro.

No se trata de un libro “nuevo”, los textos recopilados fueron publicados, en otra época, claro, algunos en "el periódico de la juventud cubana", la mayoría circulan además por Internet, en los archivos de la agencia IPS. Entonces, ¿cuál es el motivo del escándalo? ¿qué pretenden evitar con no permitir la venta de este volumen? La respuesta de las autoridades cubanas fue: mejor que esperen a la Feria del Libro del año próximo; como si el único momento para promover la literatura fuera la feria.

En la historia han existido personajes tan grandes que se aman y se odian con la misma intensidad. Parece que Leonardo Padura fuera uno de esos icónicos seres, que serán recordados por todos, sus amantes o no. 

Pudiera decirse, coincidiendo con algunas entrevistas publicadas sobre este autor cubano, que Leonardo Padura logró su cumbre y su descenso en la misma época, donde alcanzó sus más reconocidos premios en Cuba. 

Esa época gira alrededor de los años 2010-2015, comenzando con la publicación de El hombre que amaba a los perros, que se presentó en la Feria del Libro de La Habana a sala llena, luego ganó el Premio de la Crítica y se reeditó. En el 2012, Casa de las Américas le dedica la Semana de Autor, por primera vez a un autor cubano vivo; y ese mismo año gana el Premio Nacional de Literatura. Después en el 2015 se le concedió el Premio Princesa de Asturias de las Letras, un hecho que apenas tuvo reflejos en la prensa nacional, no así con Javier Sotomayor, quien ganara el mismo premio en 1993, y del cual aún se habla.   

Pero volvamos a Padura, a Cairo, que al final por carambola, también verá truncados sus deseos de que los lectores tengan La Habana nuestra de cada día. 

Padura ya parece estar acostumbrado a estos altos y bajos, siempre ha dicho en sus entrevistas que cuando lo llamen él irá y que mientras tanto se quedará en su casa haciendo lo que mejor sabe hacer: trabajar. Porque con ese trabajo ha ganado más de 40 premios, muchos de ellos internacionales. 

Su especialidad son las novelas negras, donde hay policías y villanos, donde Mario Conde ha vivido y también envejecido. 

Aquella noche en la Galería de San Isidro, en el preámbulo de lo que sería la lectura a dos voces con su amigo Perugorría, Padura reveló que solo existía un personaje que Pichi podía representar, los otros quedan para sus hijos que aún son jóvenes. Y es que el rostro de Fresa y Chocolate ha envejecido, como mismo lo ha hecho Mario Conde. 

Pero no se ha puesto vieja la manera peculiar de Padura de contar la historia, de decir las cosas tal y como pasaron, porque eso de la imaginación no se le da tan bien. Prefiere reflejar, en crónicas literarias, la realidad

Padura no quiere esconder nada, quiere que se vuelva a conocer la historia de Yarini, que no es más que el reflejo de la sociedad cubana de la naciente República Neocolonial.  

En una entrevista con El Caimán Barbudo, Padura dijo: “Vivo y escribo en un país donde se dice —y así lo recogerá, espero, la nueva constitución— hay libertad de pensamiento y expresión, por lo cual supongo que no me invisibilicen por lo que pienso y escribo, pues sería ilegal o anticonstitucional”.

Sin embargo la nueva Constitución poco ha hecho por esos artistas “censurados”, menos visibles, casi invisibles, invisibilizados.  

Buscando la fecha exacta en la que murió Yarini, salta esta nota de Ecured, enciclopedia cubana que muchas manos actualizan. “Alberto Yarini Ponce de León. Hombre superficial y ambicioso dotado de gran carisma personal, del don del liderazgo, del gusto por el vicio y el peligro y de una enorme habilidad para manipular a sus semejantes, de todo lo cual usó sin restricciones en la vana función de alimentar su insaciable egolatría, sí, pero también para alcanzar grandes triunfos sociales que, de no haber detenido la muerte, pudieron llevarlo hasta el Palacio Presidencial de la República de Cuba”.

Después de leer semejante semblanza de uno de los personajes más populares de La Habana, entiendo por qué un libro de Padura, que vuelve a reeditar un texto dedicado al chulo de San Isidro, no puede ser comercializado.

Mientras Pichi lee lo que Padura escribió casi 30 años atrás, el público no habla. Solo se escuchan las palabras que le devuelven la vida a un hombre con historia.

En un fragmento del texto, Padura rememora una de las tantas anécdotas de Yarini que lo hicieron ganarse el respeto, no solo de las putas que lo amaban, sino de los hombres que lo conocieron. Según lo que refiere el también periodista, Yarini en una ocasión se fue a los puños con unos americanos que en un bar en La Habana hablaron mal de Jesús Rabí. Justo antes de la pelea él y otros amigos compartían en el mismo bar con Rabí, cuando Yarini se dio cuenta de lo que estaban hablando, entonces pidió irse a otro lugar pero después que su grupo salió del bar, regresó a cantarle las cuarenta a los que no respetaron a Jesús Rabí, un negro, masón y abakuá que había luchado por la independencia de Cuba. 

Entonces el chulo de San Isidro no era tan desalmado, por lo menos pensaba y respetaba a los que habían hecho por Cuba. Tal vez si hubiera llegado al Palacio Presidencial, como predijo Ecured, quién sabe cuál habría sido el destino de Cuba, quién sabe cuántas peleas en nombre la dignidad y el respeto habría librado. Quién sabe si un libro como La Habana nuestra de cada día, hubiera sido distribuido a todos los niveles, para que todos, habaneros, cubanos y lectores del mundo, conocieran historias como la de Yarini, el chulo de San Isidro, el que capitaneaba a las 374 mujeres de la mala vida que tenían permiso para ejercer de putas.