Beny Moré: la voz que une a los cubanos

 

A esta altura del mundo, la única voz que ha unido a los cubanos es la suya. La voz aguda de un mulato desgarbado, nacido en Santa Isabel de las Lajas, que llegó a la ciudad de La Habana con tres varas de hambre en las costillas y tuvo que irse a otro país para poder ser profeta en su tierra.

Nadie como él ha hecho vibrar y soñar a ricos y pobres, a negros y blancos, a bailadores y torpes. Nadie como él ha dicho lo que le ha dado la reverendísima gana, cantado lo que le apetecía cantar, querer como sólo saben querer los seres verdaderos y aunar, como pocos, en esta isla nuestra tan complicada, en esta identidad nuestra tan llena de descosidos, a una mayoría impresionante de gente que ha quedado marcada por su presencia. Beny Moré, el Bárbaro de Ritmo, ha hecho llorar con su ausencia a más personas que nadie en esa ínsula hermosa, abandonada hoy a la mano de dios.

 No hay calle en este mundo donde su voz no pase y acaricie, como si estuviera buscando, cálida y alegre, el corazón de los cubanos rodeados por lo desconocido. Él lo sabe mejor que nadie porque le sucedió lo mismo, y supo venir de abajo y asomarse, sin creerse el más grande cuando en realidad lo era. No hay bar, ni noche, ni tarde de playa o de llovizna donde alguien sienta en su memoria la voz del Beny preguntando cómo fue, para decir simplemente que se ha enamorado.

Él mismo es, en su corta y vibrante existencia, nuestra luz y todas nuestras sombras. Beny es la alegría misma, y el nombre que convoca como un sortilegio, y el que nos identifica donde quiera que estemos. Un cubano puede ir por la tierra sin pasaporte, pero no sin recordar y tararear, aunque sea una sola vez en su vida, una canción del Beny.

 

 

Porque el Beny, lo saben muchos, no siempre fue el Beny. Era, allá en su tierra natal, donde conoció el azote del sol y la sed de la tierra, Bartolomé Maximiliano Moré, un apellido que viajó desde la selva africana con su antecesor, Ta Ramón Gundo Moré, esclavo del Conde Moré, que le dejó ese aliento imbatible y ese dolor en la garganta, y el respeto de todos los congos llevados a tierra ajena.

 Un día, cansado de ser solamente un campesino sin horizontes, se bajó de un polvoriento tren en la capital de la isla y comenzó a cantar, acompañado de una destartalada guitarra, por los bares de La Habana. Le cantaba al amor y al dolor, a la nostalgia y a las lejanías, y cómo no, también a ese animal inquieto que tiene el cubano al fondo de su júbilo. Y se fue haciendo habanero y cubano sin dejar de ser lajero y villareño, porque en el alma noble sentía el rumor del agua del Hanabanilla romper contra las piedras de la orilla cuando el Escambray encajaba con el llano. Pero todavía no era Beny Moré.

En esa conjunción de estrellas tuvo que encontrarse, en una emisora de radio, con otro grande, Miguel Matamoros, que le escuchó y lo reclutó, sin que le temblara el pulso, para una aventura distinta a la de su trío. Así fue que Bartolomé Maximiliano integró el Septeto de alegre fuego con el que viajó a México, la tierra donde iba a perder su nombre de mulato guajiro para un poco más tarde ser conocido en Cuba por las películas mexicanas y por asociar su voz y su nuevo nombre al mambo y al rey que lo derramó sobre la tierra: Dámaso Pérez Prado.

Lo demás es historia. Un día regresó, triunfal, levemente desconocido, para ir de desafío en desafío, grabando con otros, cantando en otras agrupaciones que fueron perfilando su destino definitivo: Mariano Mercerón, Humberto Cané y ya al final su propia banda, “la tribu”, como les llamaba, que le iban a acompañar en el más impresionante recorrido musical por los pueblos de Cuba: Manzanillo, Santa Isabel de las Lajas, Cienfuegos, Santiago de Cuba, Vertientes-Camagüey-Florida-Morón.

El 24 de agosto cumple cien años el que un día se fue para quedarse. El que se instaló sin permiso en nuestra alma y supo, como nadie, hablar de la nostalgia, de la amistad, del dolor y del perdón, un poco cursi, pero con ese desenfado que otorga el que sabe que ni siquiera la muerte podrá derrotarlo.

Hoy todos somos Beny, Beny Moré, que es el santo y seña que más nos identifica en el mundo. El único nombre que no hace que discutamos entre nosotros, y lloremos riendo el mayor don que nos han dado: la música.

Gracias Bartolomé Maximiliano, Bartolo, Beny Moré, por venir a este mundo a convertirte en esencia.