Lo erótico no es solo Cincuenta Sombras de Grey o 365 DNI
¿Qué cosa es lo erótico? La respuesta será siempre subjetiva. Lo cierto es que existen muchos más libros eróticos que Cincuenta sombras de Grey o 365 DNI, solo basta salir a buscar
Lo erótico no es solo Cincuenta Sombras de Grey o 365 DNI
 

¿Qué cosa es lo erótico? Si le preguntáramos eso a la Paula adolescente, esa de 14 que aún tardaría casi un año en descubrir qué era explotar con un orgasmo, sacaría su antología de poemas eróticos, una que recopiló el escritor cubano Víctor Fowler: La Divina Danza. Un montón de versos rimbombantes e intensos, que ella disfrutaba leer en medio del aula y reírse a mares con cada uno. Los demás también reían y aquello era el breve espectáculo de la exhibicionista que estaba naciendo. Los declamaba con histrionismo y lo disfrutaba, lo lúdico residía en leer en voz alta, en el desdoblamiento.

Los poemas eran tan diferentes, tan cubanos, tan bellos unos y tan crueles otros, porque el erotismo, el de esa Paula, era eso; una mezcla de cosas indefinibles, distintas, extremas. Sin embargo, las erecciones que deambulaban por aquellas páginas nunca lograron humedecerla o ella no deslizó su mano para descubrirlo. De cualquier forma, es un recuerdo lejano.

Lo real es que los libros serán siempre el lugar donde aquella niña buscaría placer y dónde sigue hallándolo la Paula que casi cumple treinta. Quizás aquella se hubiese babeado con la súper famosa trilogía Cincuenta Sombras de Grey. Quiso la suerte que esa saga llegara tarde a su vida, cuando ya la definición de lo erótico para ella no es una descripción de fantasías sino palabras colgadas de un hilo, puestas ahí con magia. Y la magia no reside en cualquier volumen. Aunque acepto que lo erótico depende de apreciaciones personales. Para mí, lo salvable en este libro es la dinámica de la posesión sexual y la sumisión, que siempre me ha interesado; lo demás ni siquiera es buena literatura.

Admito que comencé a tocarme tarde. Nunca creí que fuese necesario y estaba tan equivocada al respecto que no he hecho más que aprovechar todo el tiempo perdido conmigo misma. Y fue todo por un libro. Las edades de Lulú de la española Almudena Grandes fue todo un descubrimiento. Leía y un calor increíble iba creciendo, y mis dedos resbalaban por mi clítoris y estaba en la piel de ella, en los pasos de Lulú, dentro de ella cuando comenzó todo con Pablo:

 “ Su lengua estaba caliente, y olía a ginebra. Me lamió toda la cara, la barbilla, la garganta y el cuello, y entonces decidí no pensar más, por primera vez, no pensar, él pensaría por mí.

  Intenté abandonarme, echar la cabeza atrás, pero no me lo permitió. Me pidió que abriera los ojos.

  Se volvió contra mí e insertó su pierna izquierda entre mis dos piernas, empujando para arriba, obligándome a moverme contra su pantalón de algodón.

  Yo sentía calor, sentía que mi sexo se hinchaba, se hinchaba cada vez más, era como si se cerrara solo, de su propia hinchazón, y se ponía rojo, cada vez más rojo, se volvía morado y la piel estaba brillante, pegajosa, gorda, mi sexo engordaba ante algo que no era placer, nada que ver con el placer fácil, el viejo placer doméstico, esto no se parecía a ese placer, era más bien una sensación enervante, insoportable, nueva, incluso molesta, a la que sin embargo no era posible renunciar”.

Claro que desde esta Paula que existe en el presente, Las edades de Lulú ya no despiertan los mismos espasmos y se hace una trama repetitiva, inmensamente mejor que mucho de lo que habita en el mercado, pero que ya no es orgásmica. La propia Almudena acepta que no es su mejor libro, fue el primero y también me inició, difícilmente uno olvida las experiencias iniciales. Lulú y sus muchos matices me quedan desde la ternura, ahora me arrojo a otros abismos.

Hoy sigo gozando las palabras, no hay nada más sensual para mí que las palabras de alguien rozándome el oído. El aliento breve de lo que vendrá después. Las palabras me excitan más que los hechos. Tal como me enamoran los libros desde el primer párrafo me seducen los hombres que saben qué decir, descubrir el equilibrio entre lo que balbucean y hacen ya es otro experimento. Quizá por eso suelo masturbarme escuchando audios de hombres que me gustan.

No voy a leerme 365 DNI, no voy a ver la película, no quiero y me rehuso a hacerlo con un desinterés casi pueril. Tal vez me despertaría algo, más no voy a descubrirlo. Prefiero quedarme con cosas tan tremendas como La casa de las bellas durmientes del nobel de Literatura Yasunari Kawabata.

Kawabata nos recortó minimalistamente el alma con esa novela. No es tan solo el ambiente recreado por el japonés o lo que ocurre en una casa de citas tan peculiar. Es el miedo a envejecer, visto desde el placer, desde la prohibición... 

El protagonista, Eguchi de 67 años, acude por recomendación a una casa donde ancianos como él pueden dormir con chicas vírgenes narcotizadas, solo que no pueden tocarlas. Eguchi vive dos realidades, una física y otra que roza lo onírico:

En cada muchacha que duerme a su lado, él deduce la virginidad de la carne. Las toca, examina sus dientes, las aprieta hacia sí, acaricia sus cabellos, sueña con ahorcarlas, violentarlas, sacar sangre de sus pezones, pero siempre termina controlándose porque no puede hacer otra cosa.

Sin embargo, existen libros de los que no te desprendes, que los encuentras en todo, que te eligen. Rayuela es el mío. Yo me trastoco tantas veces en La Maga, la huelo, la siento. No nos parecemos en nada. Mi relación con Rayuela es una apuesta a no develarnos, a no romper esa complicidad con sus letras. Yo admiro la lujuria que desprenden las palabras más sencillas, colocadas una tras otra con la sutileza de las cosas intangibles.

“La Maga acababa por levantarse y daba inútiles vueltas por la pieza. Más de una vez la vi admirar su cuerpo en el espejo, tomarse los senos con las manos como las estatuillas sirias y pasarse los ojos por la piel en una lenta caricia. Nunca pude resistir al deseo de llamarla a mi lado, sentirla caer poco a poco sobre mí, desdoblarse otra vez después de haber estado por un momento tan sola y tan enamorada frente a la eternidad de su cuerpo”.