Pública intimidad: ¿cómo y dónde hacer el amor en La Habana?

Si existe un ABC del sexo en esta ciudad, algo del tipo “consejos para no fracasar en tus citas sexuales”, confieso que no lo conozco. Quizás exista en forma de guía para extranjeros, como un folletín que te obsequian (o te venden) en alguna parte, cuya función es ponerte al tanto de dónde encontrar sitios, habitaciones de alta o baja gama para pasar el rato.
 

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Si existe un ABC del sexo en esta ciudad, algo del tipo “consejos para no fracasar en tus citas sexuales”, confieso que no lo conozco. Quizás exista en forma de guía para extranjeros, como un folletín que te obsequian (o te venden) en alguna parte, cuya función es ponerte al tanto de dónde encontrar sitios, habitaciones de alta o baja gama para pasar el rato. Pero incluso así, no está pensado para mí y otros tantos socios que, sin un mejor lugar, tenemos que ir a morir en los meandros más peregrinos: pasillos, portales oscuros, parqueos abandonados, estadios, baños de hoteles, escaleras de edificios, elevadores, costas, parques…

Digamos que hay circunstancias por las que casi todos hemos pasado. Siempre que observo a mi alrededor y encuentro esas parejitas de adolescentes, o esas otras, un poco más maduras, de jóvenes universitarios, sentados en parques y monumentos mientras anochece, me asalta una pregunta: ¿será que están dando tiempo, esperando tranquilamente la noche, para entrar en un plano más físico?

Porque es sabido que a esa edad muy pocos tienen un sitio seguro para desahogarse, en donde estar a placer. Y entonces no hay que decirlo dos veces: el banco de cualquier parque extraviado en la ciudad, o incluso el monumento más ignorado, se vuelve tu mejor aliado, la alcoba ideal. De ahí que esa escena con la que Arturo Sotto cierra la primera historia de Boccaccerias habaneras especie de guiño descarado a Passolini—, haya prendido tanto en los espectadores. Después de todo, cualquier cubano ha tenido y gozado un final así.

 

Ahora mismo recuerdo gratas experiencias en al menos cinco parques de La Habana. Y cada una la recuerdo con un nombre distinto, bajo situaciones muy diferentes. Sin entrar en detalles, podría decir que mi iniciación tuvo lugar en medio de una borrachera épica. No puedo decir exactamente cómo llegué ahí, a ese banco frío y oscuro que me hincaba las nalgas todo el tiempo. En cambio, sí recuerdo haberme olvidado del dolor, del estrés que implica ser descubierto, al instante de empezar con aquella locura. Ese momento te puede cambiar la vida; te hace pensar en el tiempo que pierdes pidiéndole la puta llave a un socio o montándole guardia a los padres de una chica para infiltrarte como un delincuente en su casa. Lo menos que deseas es que acabe. Todo desaparece, fuera de los gemidos y la fricción de los cuerpos.

Luego pasan los años y te adviertes haciendo lo mismo, frecuentando los mismos lugares, por puro placer. Conozco parejas que se han salvado de la muerte llevando a cabo esa terapia pública. Un amigo, por ejemplo, no se acuesta con nadie por primera vez si no es en un parque. Otro, se ha dedicado a alternar entre el Yara y el John Lennon, en lo que parece una eterna cruzada del placer manual.

Incluso me han contado de algunos atrevidos que se placen de hacerlo frente a cámaras de vigilancia. La realidad de esa práctica tan extendida entre nosotros parece emular todo el tiempo nuestra imaginación. Es algo, definitivamente, surrealista.

Sin dudas, el sexo es de las cosas más importante en esta sociedad de resistencia. Está en casi todo, se desliza en todas las formas y lenguajes. Tener sexo a la intemperie, entonces, más que una necesidad inevitable, más que un deseo cínico de exposición, es un acto que traduce nuestra incurable espontaneidad, esa disposición al placer de la carne. En todo caso, es una enfermedad de adrenalina, como esa que lleva a Jason Statham— buscando recargar las baterías que sustituyen su corazón en Crank— a cogerse a una chica en medio del barrio chino.

Si los parques de La Habana en algún punto devinieron espacios de recreación sexual ad libitum, ahora existe una coartada perfecta para encubrir todo ese desparpajo: la conexión a Internet.

En mi caso, pues, agradezco la llegada de las redes, pero solo porque siguen siendo un motivo para sacarme de casa. No dejo de pensar en mi hijo/a teniendo todo lo necesario en su habitación, consumiendo a solas o en compañía porno online, e intimando sin preocupaciones. Toda esa mierda, nadie lo dude, puede extinguirnos sexualmente.