La reconciliación nacional en Cuba

De cada uno de nosotros dependerá que Cuba pueda dar al mundo un ejemplo de transición ordenada, pacífica y ágil, hacia una democracia de calidad
 

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Esta es la cuarta y última columna de la serie sobre el Itinerario para una transición ordenada, justa y pacífica en Cuba. Consideramos que una hoja de ruta para transitar hacia una democracia de calidad debe incluir necesariamente cuatro procesos interrelacionados entre sí, de tal manera que si alguno de estos faltara la transición podría ser fallida.

Estos son: Verdad-Memoria Histórica, Justicia Transicional, Magnanimidad y Reconciliación Nacional. En los tres lunes anteriores he reflexionado sobre los tres primeros, hoy quisiera volver sobre el tema de la reconciliación nacional entre todos los cubanos.

 

¿Cuba necesita un proceso de reconciliación nacional?

Para que se necesite un proceso de reconciliación nacional debe haber ocurrido antes una ruptura en el seno de la nación. La pregunta sería: ¿Necesita Cuba un proceso de reconciliación nacional? ¿Ha existido alguna ruptura entre los miembros de la única nación cubana? ¿Cuáles han sido esas rupturas que necesitan reconciliación?

Algunos consideran que Cuba no necesita ningún proceso de reconciliación nacional porque todos los cubanos oprimidos estamos unidos y no tenemos rupturas importantes entre nosotros. Respetuosamente discrepo de esta visión “buenista”.

Una cantidad de cubanos piensan que cuando se habla de reconciliación se está proponiendo este proceso entre los cubanos que vivimos en la Isla y los que viven en la Diáspora que incluye: exilio histórico, éxodos masivos, migrantes laborales o de estudios, y otros. No es a esto a lo que me refiero aquí. Tengo la experiencia de que Cuba es una sola y respira y lucha con dos pulmones que no necesitan reconciliación entre sí sino libertad y trabajo para reconstruir la República.

Otros consideran que cuando se habla de reconciliación se está proponiendo un maridaje entre justicia e injusticia; entre las víctimas y el sistema que los separó, reprimió y sojuzgó; una supuesta reconciliación entre el bien y el mal; una arreglada componenda entre estructuras de sometimiento y los sometidos. Por supuesto que esto no es la reconciliación. No es de lo que queremos tratar en esta columna. Ni quiero eso para Cuba. Esto sería una reconciliación fraude. No se deben confundir los conceptos porque eso obstaculizaría el proceso de una reconciliación nacional auténtica y necesaria.

 

Diferentes niveles para una reconciliación nacional

Lo primero sería ponernos de acuerdo en el significado de un proceso de reconciliación nacional y para ello hay que partir de las rupturas sufridas entre nosotros los cubanos, entre las personas, en el seno de la sociedad. Esas rupturas han sido causadas, por lo general, por estructuras de injusticia y sometimiento que, por supuesto hay que cambiar, erradicar y evitar que resurjan de cualquier forma en un futuro democrático. Una reconciliación nacional auténtica significaría en primer lugar, identificar las rupturas entre cubanos, aceptarlas como lo que son y reconocerlas.

Esas heridas o rompimientos pueden ser, por lo menos, de cuatro tipos: al interior de la persona humana, interpersonales, sociales y estructurales. Cuba necesita reconciliación a cuatro niveles:

  1. Aceptar, reconocer y reconciliar las fracturas internas en la naturaleza humana de los cubanos, recomponer las rupturas del yo profundo que necesita reconciliarse consigo mismo; sanar los quiebres por lo que he llamado “el daño antropológico en Cuba a causa del totalitarismo que es el debilitamiento, la lesión o el quebranto, no la eliminación, de su estructura interna, de sus dimensiones (ética, social y espiritual) y de sus facultades (cognitiva, emocional, volitiva), todas o en parte, según sea el grado del trastorno causado, no obstante conservarse siempre la esencia de la persona humana y su dignidad”. Es un proceso espiritual de reconciliación consigo mismo, cesando los comportamientos esquizoides, la doble moral, las incoherencias entre el ser, el creer, el pensar, el sentir, el hablar y el actuar. Es un cambio de mentalidad, un cambio en la concepción de relacionarse. Es también el nivel de reconciliación de cada persona con la naturaleza y con su Creador en un nivel trascendente. Sin reconciliar las dimensiones y facultades del cubano no se podrá avanzar en los otros niveles de reconciliación. Esta sería una primera y más profunda necesidad de reconciliación en Cuba.
  2. Aceptar, reconocer y reconciliar las divisiones en las relaciones interpersonales que han herido los lazos entre familiares por razones políticas, sociales, de conveniencia, u otras; es necesario reconstruir las rupturas de la amistad entre cubanos por diferencias de opinión, por divisiones políticas, por ambiciones económicas, entre otras causas. Se trata de reconstruir un ambiente de confianza mutua, se trata de sanar los rencores por las delaciones (chivaterías) entre vecinos, compañeros de trabajo, amigos. Se trata de la reconciliación entre los que ejecutaron actos de repudio y sus víctimas, para fomentar una nueva convivencia pacífica. Se trata de pavimentar un camino hacia la fraternidad entre cubanos. Es un proceso para promover la reconciliación entre víctimas y victimarios, sin negar la verdad, la memoria y la justicia. Esta es la forma de reconciliación básica e indispensable entre las personas.
  3. Aceptar, reconocer y reconciliar del tejido social. En efecto, no basta un proceso de reconciliación entre personas sino que también es necesario crear un ambiente social favorable a la reconciliación, mediante la educación en la familia, la escuela, la Iglesia, los medios de comunicación y las redes sociales, se trata de recuperar el equilibrio de una ecología humana en la que pueda subsistir y desarrollarse una reconciliación progresiva entre los cubanos separados por motivos religiosos, raciales, de sexo, de orientación sexual, de clases sociales, y de otros tipos. Aquí cabría también la reconciliación de las rupturas en la cultura nacional, son los rompimientos del alma nacional: la negación del espíritu de lo cubano, la sustitución de valores y virtudes que constituyen los cimientos de la nación como la verdad, la libertad, la justicia, el perdón y el amor por antivalores o fracturas de la convivencia como la vida en la mentira, la opresión, la injusticia, el odio y la revancha, que son aquellos quebrantos que han provocado un fenómeno de desintegración nacional que Martí describió como: “el alma que se desmigajaba en el país”. Esta es la forma más comunitaria del proceso de reconciliación nacional.
  4. Aceptar, reconocer y renovar un marco jurídico y unas estructuras cívicas, políticas y estatales que favorezcan este proceso de reconciliación nacional. Es decir, promover leyes inclusivas que creen estructuras y procesos para sanar las divisiones sociales y cultivar la amistad cívica. Es crear las leyes y estructuras que eduquen para la unidad en la diversidad de los cubanos, para “la despenalización de la discrepancia” y para penar toda clase de divisiones perniciosas, para ilegalizar el uso de la violencia entre cubanos, para abolir para siempre, y en todos los casos, la pena de muerte. Se trata de crear un marco legal y unas estructuras para cultivar la vida en la verdad, para conservar la memoria histórica con el objetivo de que aprender de los errores del pasado; para evitar que se repitan e impedir que, pasado el tiempo, no se intente “resucitar” el pasado con sus rupturas, confrontaciones y divisiones como ha ocurrido en otros países después de décadas de democracia. Se trata, en resumen, de consensuar un nuevo pacto social incluyente. Esta es la forma más estructurada del proceso de reconciliación nacional.

Resumiendo, en mi opinión, un auténtico y eficaz camino de transición pacífica en Cuba debería incluir necesariamente el tener en cuenta estas cuatro necesidades y procesos que le den solución:

  1. Ante la mentira histórica y la amnesia de los errores pasados, es necesario un proceso de Verdad y Memoria Histórica.
  2. Ante las injusticias y crímenes cometidos y el peligro de que queden impunes, es necesario un justo, sereno y ágil proceso de justicia transicional.
  3. Ante posibles reacciones de odio, revanchas, venganza y caos violento, es necesario un proceso de magnanimidad y perdón, sin amnesia ni impunidad.
  4. Ante las divisiones, fracturas y desarticulación de la persona del cubano, del tejido social, del alma nacional, y de las leyes y estructuras, es necesario un proceso de reconciliación nacional que incluye, dentro de sí mismo, con unas sinergias complementarias y holísticas, a estos cuatro componentes indisolublemente relacionados entre sí. Ninguno de ellos puede faltar ni negar a los otros.

De cada uno de nosotros, los cubanos todos, de la isla y de la Diáspora, de toda edad, condición, creencia y opinión, dependerá que Cuba pueda dar al mundo un ejemplo de transición ordenada, pacífica y ágil, hacia una democracia de calidad y una ecología social que favorezca un desarrollo humano integral de todos los cubanos.

Confío en que así será. Trabajemos para que así sea.

 

Publicado originalmente por el Centro de Estudios Convivencia

Foto de portada: frogprincekisser


 

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.