La fiebre Marielilla

Hay una fiebre que nunca se ha podido erradicar en Cuba. Es el tonto fervor por un fenómeno que ha destruido la familia y la sociedad, la moral y las costumbres, la honestidad
Ilustración de plaga de mosquitos con rostro de Mariela Castro. Imagen: Armando Tejuca
 

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Un mosquito recorre la isla. Es una mosquita irrespetuosa, una que se hace la mosquita muerta. Pero es, gracias a esa revoltura que causaron su tío y su señor padre, una mosquita premiada hoy. Y con un alto galardón científico, nada menos.

La noticia pasó sin penas de glorias, sin marielas ni dolores de muelas: “El régimen cubano premia a Mariela Castro con la Orden Carlos J. Finlay por su 'contribución a la salud y bienestar' de los cubanos”.

Eso dice quien lo dice, sin explicar en qué consiste, y a qué “bienestar” ha contribuido la princesa, cuya familia lleva más de 63 años aportando crueldades al malestar de la isla, y que tiene el inigualable récord de haber mandado a rodar por este mundo a más de tres millones de cubanos. El aporte de esta Marielita ha de ser a su salud y a su bienestar, o a la salud y bienestar de los suyos.

Habría que ver qué pensaría el sabio Carlos J. Finlay de los méritos que tiene la premiada o el ardor servil de quienes inventan y reparten luego estos premios sin ton ni son, degradando su sentido y ridiculizando su significado.

Aunque al final se entiende que hay una fiebre que nunca se ha podido erradicar en Cuba. Es el tonto fervor por un fenómeno que ha destruido a la familia y a la sociedad, y a la moral y a las costumbres, y a la honestidad y la economía, y al que aún muchos tontos y otros no tan tontos, siguen calificando de “revolución”, cuando se convirtió enseguida en un proyecto personal de poder y ego desbordado.

Porque la familia es la familia. Para eso en Cuba se aprobó hace ya bastante tiempo un “Código de la familia”, que contemplaba a la dividida familia cubana, pero no a la familia en el poder. Pero esas son menudencias, pequeñeces, insignificancias que no recoge el diario oficialista Granma, aunque hay que decir que ese diario no recoge nada. Y que lo único que tiene de diario es que sale impreso todos los días.

Tal vez el premio científico que le han otorgado a Mariela Castro tenga que ver con el centro que dirige, el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), institución sobre la que el Granma afirma que ha estado “garantizando todos los derechos para todas las personas”.

Uno lee esas afirmaciones y piensa que el teatro bufo no ha muerto. Los cubanos de a pie no saben que, si quieren que les garanticen los derechos, debían llegarse al Cenesex y coger turno, o reservar por teléfono, o hacer colas desde la madrugada, o ir directamente a casa de Mariela Castro. Y si hay que cambiarse el sexo, con tal de tener por una buena vez algún derecho, pues se cambia.

Claro que no es tan fácil. Uno lee los nombres de todas esas pomposas instituciones cubanas, incluso las que no parecen ser muy gubernamentales, y, las que no son ornamentales, no son instituciones en sí o para sí, y al final ya usted sabe qué derechos defienden: los de la familia. Los de la familia Castro y algunas ramificaciones.

Esas son las instituciones que instituyen los premios, las órdenes, los diplomas y las jabitas. Hace poco al compañero papá de Mariela, general de todas las divisiones y hermano del Gran Divididor, la Unión de Historiadores de Cuba le otorgó el Premio Nacional de Historia.

Según Granma (y vuelve el periodicucho) Raúl Castro fue reconocido “por sus méritos como protagonista y su notable contribución a la investigación y conservación del patrimonio histórico”. Y si al padre le dieron el premio por conservar su patrimonio, a la hija le dieron la orden Finlay con una explicación más alambicada que un alambique: “por haber contribuido de forma excepcional, desde la investigación y la docencia, al progreso de las ciencias y en beneficio de la humanidad, especialmente a la salud y bienestar del pueblo cubano desde una perspectiva de género”.

Ojalá hubiera sido desde la investigación y la decencia, pero esa anda escasa en valles y montañas, y es arisca en las organizaciones políticas y de masas.

¿Y si la orden Carlos J. Finlay hubiese sido entregada a Mariela Castro en una sencilla ceremonia íntima por el trovador Fernando Bécquer, que le quiere hacer un trabajito especial para aliviarle las tensiones? Porque Fernando con su trova, nueva o vieja, también ha contribuido de forma excepcional, si no al beneficio de la ciencia, sí a su propio beneficio, y no cabe duda qué género degenerado estamos hablando.

Porque, si uno mira bien y de cerca la cosa, no la de Fernando Bécquer, sino la cosa en general, el Cenesex, según el Granma, defiende “los derechos sexuales para todas las personas sin distinción de ningún tipo”. Y ahora se entiende por qué la institución imitó a Cantinflas cuando tuvo que emitir una sentencia ante las muchas denuncias de abusos cometidas por el repugnante sujeto.

Mas, volvamos a Mariela y su fiebre amarilla, es decir, su premio de ciencia y salud. Cuando ella termina de pensar en el sexo y de contar y recontar los géneros, entonces se dedica a lo social, a la animación cordial a ese pueblo manso al que pertenece, y da por sentado que todo el mundo tiene los mismos derechos. No sé si eso lo saben Maykel Osorbo, Luis Manuel Otero, y todos los presos del 11 de julio. Deberían acudir al Cenesex a que Mariela les explique, y sumarse a algún proyecto científico de los que ella inventa y dirige.

Aunque, mirando bien cómo se comporta y proyecta esa familia, lo dudo. Su primo Alex Castro Soto del Valle, hijo de Fidel Castro, calificó de “delincuentes” a los cientos de cubanos encarcelados y sometidos a juicios por el régimen por manifestarse el 11J. Y los delincuentes no tienen ni siquiera derechos sexuales, así que no califican para la institución.

Y no me extraña. Mariela Castro vive en un extraño país interior –aunque le encanta salir al exterior– y no ve, no escucha, no siente nada de lo que pasa a su alrededor que ha de estar decorado muy finlaymente. Por eso saludó a “al maravilloso pueblo de Cuba”, su pueblo, en vísperas del nuevo año 2022 de esta manera: “Que siga resistiendo”. Y cuando uno se pregunta a qué hay que resistir, ella lo aclara: “en sus luchas por avanzar”. Pero no dice hacia dónde.

Todo muy científico, muy profundo, muy lleno de emociones y sentimientos y, sobre todo muy lleno de derechos. Los suyos. Y de izquierdos, que son también los de ella.

No hay más razón para un premio científico que la genética, que en el caso de Mariela sería la jinética.

 

Ilustración de portada: Armando Tejuca/ ADN Cuba


 

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.