Cuba, confianza y civismo

No es cívico practicar los mismos métodos que queremos cambiar para atacar a los que piensan diferente
No es cívico practicar los mismos métodos que queremos cambiar para atacar a los que piensan diferente
 

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En estas semanas en Cuba, después del 11 de julio, han ido surgiendo diversas iniciativas de la sociedad civil que han recibido diferentes acogidas o rechazos, tanto de otros grupos de la misma sociedad civil dentro de la Isla, como de personas y grupos de la Diáspora, así como de parte de las autoridades cubanas. No quiero, ni me corresponde, juzgar la pertinencia, legalidad o legitimidad de cada iniciativa. Sin embargo, quiero compartir con ustedes una visión más general de esta peculiaridad entre nosotros los cubanos.

La desconfianza

Los cubanos necesitamos diferenciar la discrepancia de la desconfianza. No deberíamos sembrar la desconfianza como arma para deslegitimar o desacreditar otras iniciativas. Como tampoco son propios del debate público los ataques ad hominis, es decir, discrepar atacando a la persona que plantea las ideas con las que discrepo. Este tipo de debate ni es ético, ni es legítimo.

El debate o la discrepancia sobre unas ideas se afrontan con otras ideas. Un proyecto se critica o se discrepa argumentando sobre los fines o los métodos, sobre el contenido o la forma, de la iniciativa, no desacreditando, ni sembrando desconfianza acerca de las personas que lo presentan. La mejor forma de discrepar de un proyecto es presentar la alternativa de otro proyecto que consideremos lo puede superar o mejorar. Lo propio de la democracia y del debate público es discrepar con ideas y presentando diversidad de proyectos alternativos, para que los demás ciudadanos puedan conocerlos, compararlos, elegir el que le parezca mejor, al mismo tiempo que respeta a las personas y las iniciativas con las que no concuerden. 

Una cosa es la credibilidad que puede tener una persona o un grupo por su desempeño, perseverancia y probidad, y otra cosa es, que habiéndolo probado a lo largo de los años, propongan algo con lo que discrepo y trate a ese grupo o a esas personas sembrando desconfianza y acusándolas de trabajar para los contrarios, o de ser ingenua o cómplice. Son acusaciones muy graves que en una sociedad democrática habría que demandar y probar ante un tribunal de justicia. Entre la ingenuidad y la paranoia hay un trecho.

Es muy difícil, pero posible, centrarse en las ideas para criticarlas, respetar para ser respetado y dar tiempo a las nuevas iniciativas para que demuestren su eficacia. Si no son violentas ni potencialmente peligrosas por ir contra la naturaleza humana y la convivencia pacífica, el tiempo es el mejor juez y la mejor garantía del valor y la eficacia de una propuesta. Desconfiar a priori, descalificar a los que la proponen, y enarbolar esa demoledora expresión de: “¿pero esta persona no sabe que vive en una dictadura?” o aquella otra de “Hay que ser ingenuo para pensar que eso se va a lograr en Cuba”. O aquellos que desconfían y desacreditan cualquier iniciativa o proyecto que no sea el de demoler por la fuerza y la violencia: matar todo empeño si no es el mío. O por parte del régimen, desacreditar y etiquetar todo proyecto o iniciativa si discrepa de lo establecido como un daño a Cuba o ser pagado por otro país. No es cívico practicar los mismos métodos que queremos cambiar para atacar a los que piensan diferente.

Se siembra desconfianza cuando se miente sin pudor y sin tasa. Se siembra desconfianza cuando se violan, con impunidad y de forma reiterada, las propias leyes impuestas por el poder. Se siembra desconfianza cuando se usan métodos bajos, miserables, inmorales e ilegales para desacreditar al discrepante, para dividir los grupos, para sembrar el terror, para empujar a los propios ciudadanos al destierro o el exilio. La siembra de desconfianza sistemática y su uso institucional deben cesar.

Civismo

A la siembra de desconfianza no se le responde con ingenuidad. A la desconfianza se le cura con civismo. Es conocido que el civismo es una virtud que viene del latín civis, ciudadano y ciudad, que “se refiere a las pautas mínimas de comportamiento social que nos permiten convivir en colectividad. Se basa en el respeto hacia el prójimo, el entorno natural y los objetos públicos; buena educación, urbanidad y cortesía.”

Es una virtud que necesitamos los cubanos para construir la democracia y para vivir los procesos de cambios que abrirán las puertas a la libertad. Libertad sin civismo es libertinaje. Convivir sin civismo es desorden, bajezas e irrespeto al otro y a sus diferencias. El civismo es la práctica social de la integridad personal y la honradez en el pensar, en el hablar y en el obrar del ciudadano. El civismo es el sello de legitimidad de los verdaderos líderes políticos, sociales o religiosos. El civismo es la limpieza y la transparencia de las instituciones públicas y privadas. Ser cívico es la mejor forma de ser demócrata.

Las intrigas y los “misterios” entre ciudadanos se sanan con civismo. La opacidad, los métodos ladinos o las “puñaladas por la espalda” se curan con civismo. La corrupción de las instituciones y el irrespeto a las propias leyes se vacunan con civismo. Las tretas, las componendas y los chanchullos, se curan, yendo de frente, hablando claro y dando la cara con civismo.

Es preocupante el mimetismo de nosotros los cubanos. El mimetismo es el cáncer del civismo. En Cuba se le llama, desde los tiempos del periódico “El Habanero” del Padre Félix Varela, los “cambia colores”. También se le conoce como actitudes camaleónicas. Es un relativismo moral para quedar bien “con Dios y con el diablo”. Es un pragmatismo sin ética que piensa de una forma, y dice y actúa de otra. Es la persona que en cada ambiente dice lo que se espera que debe decir. Son los diálogos-fraude que confunden la diplomacia con el mimetismo. Una verdadera diplomacia no está reñida con el civismo. Al contrario, la garantía de la profesionalidad de un diplomático, o de una negociación, es la ética profesional y el civismo personal con los que puede ser respetado al adversario y se crea confianza cuando se empeña la palabra. El civismo es el sello de garantía de un verdadero diálogo. La ingenuidad mal fundada no es confianza, es peligro. Pero la desconfianza sin fundamento es división y gangrena social.

Las propuestas

Cuba necesita confianza y civismo. Entre la Isla y la Diáspora se necesitan confianza y civismo. Y por muy difícil que sea, entre la autoridad y los ciudadanos, vale decir entre cubanos todos, debe crearse un clima de confianza sin ingenuidad y de civismo sin traiciones. Todo el mundo sabe qué es lo que hay, y qué peligros entraña la vía pacífica, pero peor es la violencia y la muerte. No se trata de hacer concesiones, se trata de ser decente. No se trata de confiar a ciegas. La confianza y la ceguera política son excluyentes. Confianza no es conceder nada, es discrepar con la verdad, con el civismo y sin trastiendas.

Cuando el Estado viola la ley o permite que sus instituciones las violen no hay confianza posible. Cuando no hay transparencia informativa ni rectitud en las gestiones públicas se seca el civismo y gana la mentira. Cuando el que pone la ley inventa la trampa, cuando se detiene sin causa y se libera sin reparar a la víctima, se pierde la confianza en la ley y en el orden. Que cesen las detenciones sin causa para que no tenga que haber excarcelación sin disculpas ni razones. Que el destierro sea abolido de nuestras leyes y de los métodos para eliminar al discrepante.

La desconfianza y la incivilidad son dos profundos daños causados por el totalitarismo a los cubanos. Para sanar esos daños propongo:

  1. Que las familias eduquen a sus hijos en la confianza y el civismo. La doble cara y el mimetismo se siembran en el hogar. El miedo se siembra en el hogar. Vivir en la verdad se aprende en el hogar.
  2. Que en las escuelas y centros de trabajo se destierren la desconfianza, se mire de frente, se viva en la verdad y se actúe con civismo, cueste lo que cueste. Cuando en la escuela se enseña a simular se enferma el corazón de Cuba.
  3. Que en las instituciones y organismos del Estado se castigue como grave delito el descalificar a las personas por que discrepan; el sembrar la desconfianza fomentando la delación entre familiares, amigos y vecinos; cuando se violen las propias leyes impunemente. Los ciudadanos tendrían que recurrir a los tribunales para denunciar estos delitos y exigir una rehabilitación de la fama y una indemnización por daños morales y materiales. Es necesario crear un Tribunal Constitucional que discierna, juzgue y castigue a los que violen la Constitución.
  4. Las organizaciones de la sociedad civil deben cultivar una espiritualidad, un ambiente y un comportamiento -porque los tres se complementan y necesitan- de confianza y civismo. Cada grupo, asociación, medio de prensa, partido político, centro de estudios, movimiento, debe darse a sí mismo un código de ética y debe poner los medios de formación para que sus miembros abandonen los vicios sociales de la desconfianza, la descalificación mutua, la intriga, la mentira y los métodos inciviles.
  5. Las Iglesias no pueden mimetizar la mundanidad de la desconfianza, ni la ingenuidad simulada, ni las intrigas de sacristías. La Iglesia cuenta con los medios espirituales, educativos y comunitarios para ser semilleros de confianza sin ingenuidad y de civismo sin “camaleonismo”. El relativismo moral y la “mundanización” de los ambientes eclesiales pueden dejar un vacío espiritual profundo y dañino en toda la sociedad y en ellos mismos.
  6. Entre la Isla y la Diáspora, dos pulmones de una misma y única nación, debemos construir confianza bien fundada, evitar las expresiones de descalificación y desánimo como la de “ustedes no se han enterado de que viven en una tiranía”. Todos sabemos dónde vivimos y con qué desafíos nos encontramos: respetar las iniciativas, discrepar con ideas no denigrando al que las porta, y edificando consensos, son algunas de las formas de cultivar la confianza y el civismo que nos conducirán a la libertad y a la democracia.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

*Publicado originalmente en Convivencia.

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.