Una extraña manera de luchar contra el castrismo

 

Un cubano se despierta en medio de la madrugada. Siente que ya no puede más, que ha callado durante mucho tiempo todo lo que ha querido decir y no pudo, por miedo, por precaución, por no dañar a su familia, por no ser marcado por los vigilantes de siempre, que se renuevan y nunca se acaban. 

Pero ya no tiene fuerzas para aguantar. Ya está a punto de estallar y pase lo que pase quiere que el mundo sepa de su angustia, de toda la frustración que acumuló día a día, año tras año de esa revolución que le dijeron que habían hecho para él.

Se levanta, se viste. Mira la oscura madrugada y siente que es el momento de dejar su grito plasmado en las paredes. Entonces sale en silencio, con una lata de pintura roja, y una brocha que había guardado por si llegaba el día y reunía las fuerzas para hacerlo, porque sabe que, aunque no lo descubran, a partir de mañana todo será distinto. 

Intenta confundirse con las paredes, porque uno no sabe desde qué ventana lo pueden ver -Siempre hay un ojo que te ve, decía la canción- y cuando intenta acallar los latidos del corazón, que parece quererle salir por la boca, respira hondo y recuerda los versos de un poeta al que hicieron Poeta Nacional, y que los escribiera al cabo de años de penurias: 

Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.

Y así, envuelto en las tinieblas, como hacen los criminales y los ladrones, va hacia el parqueo del sitio donde vive. Y allí, sin que le tiemble la mano de miedo, pero sí de rabia empozada, pinta lo que siempre quiso decir y gritar: ¡Abajo Fidel! Lo hace sobre los carros y las paredes, y se va como vino, fantasma en la honda noche, sabiendo que hoy sí podrá dormir como un niño, porque ya se sacó del alma la queja que no le dejaba respirar a plenitud.

 

 

Lo único malo es que ya Fidel no vive, salvo en los corazones de ciertos seguidores que en algún momento deberán verse ese problema con el médico, y que esos letreros no pintó en La Habana, o en Cascorro, en San Juan y Martínez, en Nuevitas o en Aguada de Pasajeros, sino en un condominio de Hialeah, llamado Terrazas del Sol situado en la calle 76 y la avenida 26 del West.

Pudiera ser la manifestación un poco tardía de alguien con el síndrome de Estocolmo, que necesitó años de incubación de esa rabia que lo llevó a expresarla con nocturnidad y alevosía, lejos de donde debió hacerla. O es la obra de un bromista. O de un perseguidor que quiere, en su maldad infinita -esa que inocula el castrismo- burlarse de las víctimas de aquel sistema recordándoles que nunca se puede estar lo suficientemente lejos del mal, porque te alcanza.

 

Las autoridades investigan. Porque junto a la denuncia política de ¡Abajo Fidel!, el culpable escribió otras palabras que a simple vista no tenían sentido, como “pólice”, o “alpine”, que es una compañía que remolca los carros en la zona, y también una cifra “101”, el precio del servicio.

Uno de los vecinos dijo a un canal de televisión lo siguiente: “Se ensañaron con eso lo pintaron todo, no sé qué fue lo que pasó, pintaron los autos y parte del edificio también”

La compañía que administra el condominio se ha visto obligada a emitir el siguiente comunicado: “Algunos residentes del condominio no siguen las reglas y eso conduce al remolque de sus automóviles. Este es un incidente aislado y posiblemente un individuo se sintió frustrado por el remolque de su vehículo por no seguir las leyes del condominio y tomó acción contra la comunidad. Lamentamos mucho este incidente y estamos colaborando con el Departamento de Policía de Hialeah en esta investigación”.

Qué lástima. Y uno pensando que era un alarido de desesperación. Una acusación terrible que alguien se sacó del alma, un poco tarde, es cierto. Porque no importa que el culpable ya no esté entre los vivos y casi ni siquiera entre los muertos. Siempre será bienvenido un grito así de ¡Abajo Fidel!, porque, como dice un corrido de la revolución mexicana: “Ya mataron a la perra pero quedan sus perritos”.

Me emocionó ver el encabezamiento de la noticia, fallo mío, porque olvidé que en Cuba, si tienes la pintura te faltará la brocha, y si logras tener las dos cosas, entonces no hay pared o carro sobre los que escribir.