Televisión cubana, como las flores plásticas
Si se fijan bien, cada producto televisivo tiene la hechura de un artefacto plástico, es rústico, perdurable, de factura poco refinada y elaborada, endeble, repetitivo, feo, opaco, efectista
Televisor en Cuba. /Foto: Ernesto Oroza

Una vez un amigo me regaló una flor plástica dentro de un cristal, la flor típica de venduta de carnavales y malecones. Yo siempre repudié cualquier indicio de patetismo romántico, repudié aún más lo cheo, lo antinatural, el producto del catre, del merolico, el artefacto maleable acabado de salir de una fábrica de plástico clandestina de Guanabacoa, la típica mercancía de la Cuevita. Apreciaba sin embargo, las copias chinas.

Años más tarde, pude refinar mis gustos o adaptarlos, empecé a odiar todo lo made in China y a consumir algún que otro producto nacional, porque detrás de esa fealdad, había una perdurabilidad infinita. Y no faltaba esa canción que favoreció a todo lo malogrado y a los basureros, a las cosas que son feas, ponles un poco de amor, y verás que la tristeza va cambiando de color. Y en efecto, cambiaban de color, como mismo el aromatizante cambia el (c)olor del baño público de una terminal.

La analogía con la televisión nacional cubana no es para nada gratuita. Si se fijan bien, cada producto televisivo tiene la hechura de un artefacto plástico, es rústico, perdurable, de factura poco refinada y elaborada, endeble, repetitivo, feo, opaco, efectista, y siempre tendrá un vocero vendedor en cada barrio, en cada rincón de esta Isla. Todos han consumido estos productos, y el que no, sabe que está ahí, al doblar la esquina.

 

 

Los programas de la televisión cubana son como las escobas plásticas, aunque nuevas, barren mal. Eso sí, siempre permanecerán, aunque no la utilices/veas, en un rincón/retrasmisión en cada casa/Contra el olvido. Tenemos una nostalgia con esos programas que se repiten en cada generación, con esos artículos representativos de lo kitsch. Se trata de una cuestión nacional, a la que todos tuvimos acceso, como masa, como clase proletaria; pudimos todos tener uno de estos artículos, pudimos todos identificarnos con esa televisión, y hablamos y nos burlamos todos de ellos.

En la actualidad no veo televisión, ni compro ninguno de estos objetos. Hoy estoy en casa de mi abuela en un campo intrincado de Sancti Spíritus, Mayajigua. Me tropiezo con la televisión y con las flores plásticas. No me gusta ninguna de las dos, a mi abuela sí; una la embellece, otra la entretiene. A mí me provoca mucha tristeza que sean estas dos cosas tan falsas el súmmum de la belleza y del entretenimiento para ella. Me parece solo una pequeña parte de todo lo que no vivió, una parte impostora/dura/recia, una parte de mala copia, de autocopia, el ayuno de la cuaresma, una abstinencia obligatoria. Como si nosotros solamente hubiésemos tenido derecho a disfrutar de eso, pues solo eso nos correspondió.

Escrito por Katherine Bisquet

Ciudad Nuclear, 1992. Poeta y editora. Graduada de Letras en la Facultad de Artes y Letras de La Universidad de La Habana. Tiene publicado el libro de poesía Algo aquí se descompone, Colección Sur Editores, La Habana, 2014. Otras colaboraciones se pueden encontrar en Diario de Cuba.