¿Recuerda, Apóstol, cuando usted encontraba agrio nuestro vino…?

Martí no murió por nosotros, para salvarnos, como repitieron una y otra vez los intelectuales y políticos de la República. Lo que nos ha salvado es su fracaso, ese potencial incumplido
 

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No sólo en su remozado Capitolio, sino también en sus falsas polémicas, la Revolución va cogiendo un aire de República decadente. Sin sus libertades, me temo. En 1932, momento crítico del machadato, el Bobo de Abela se le quejaba al Maestro:

¿Recuerda, Apóstol, cuando usted encontraba agrio nuestro vino…?
-Sí que recuerdo…
-¡Bueno, pues si usted lo prueba ahora…!

Un chiste parecido sería impensable en cualquier periódico cubano de hoy. Pero, en cambio, tenemos una sobreabundancia de glosas y "desagravios" oficialistas: desde la chusmería del #ConMartíNoTeMetas o una lista de monumentos martianos para turistas (la casa donde nació el Ismaelillo no entra) hasta un reportaje sobre el señor encargado de fabricar en serie los bustos del Apóstol, un negocio que andaba de capa caída hasta que el grupo Clandestinos tuvo la ocurrencia de echarle sangre de cerdo a unas estatuas semi ruinosas. (Lo de la sangre de cerdo no lo acabo de entender: Martí no era musulmán y el cerdo ya es tan raro en Cuba que la policía enseguida encontrará a quien consiga materia prima para la añorada morcilla).

La verdad es que, como recordaba hace poco Juan Orlando Pérez, nunca ha estado Martí tan muerto como ahora, si bien la propaganda del régimen sigue llenándose la boca de martianismos para improvisar sus diatribas paraortográficas contra gente que se creyó que esos bustos encarnaban la decadencia revolucionaria.

El culto martiano, esa variación del kitsch cubano, no fue un invento de la Revolución. Ni siquiera se hizo religión de Estado con ella. Ya lo era, de muchas y variadas formas, durante la República. Basta leer las polémicas de la época sobre los emplazamientos de sus estatuas, o las toneladas de tinta que produjo Comisión Nacional Organizadora de los Actos y Ediciones de su Centenario y de su futuro Monumento, para darse cuenta de que, con respecto a Martí, la Revolución cubana no inventó nada: se limitó a usar el material disponible.

Una anécdota de Luis Ortega (tomada de sus memorias Como se viene la muerte) lo muestra a comienzos de los años 40, en busca de un empleo, un destino, como se decía entonces. Alguien le hace una carta de recomendación para el Ministro de Educación, Aurelio Fernández Concheso, y el joven aspirante a escritor se la pasa haciéndole antesala al ministro durante una semana, hasta que éste al fin lo recibe con gran solemnidad.

"Ni siquiera me mandó a sentar. Fue una escena infame. 'Joven, de modo que usted se dedica a la literatura.' Mi respuesta fue un tímido sí. Yo no estaba seguro de nada. Existía un Departamento de Cultura y alguien me había dicho que podría conseguir una plaza de 60 pesos allí. El ministro se quedó pensativo. Volvió a leer la carta. Era de un amigo suyo y no quería quedar mal. Por fin, tomó una decisión: 'Mire, joven, tráigame un articulito sobre Martí y vamos a ver lo que podemos hacer con usted'. Y me señalaba la puerta."

"¿Te das cuenta? --dice Ortega--, para poder comer en aquellos tiempos era necesario escribir articulitos sobre Martí. Creo que todos lo hacían. La cultura oficial giraba en torno a Martí. Los discursos eran sobre Martí y terminaban con los aforismos de Martí."

Por eso, los mejores exégetas de Martí, los más dignos, desde Mella hasta Lezama Lima, siempre han ido a contracorriente del culto oficial. El primero, en sus famosas glosas, hace referencia explícita a la necesidad de abofetear "a tanto canalla, tanto mercachifle, tanto patriota, tanto adulón, tanto hipócrita... que escribe o habla sobre José Martí". Entre los vaivenes del "político crapuloso y tirano", y "el literato barato, el orador de piedras falsas y cascabeles de circo, el que utiliza a José Martí para llenar simultáneamente el estómago de su vanidad y el de su cuerpo", Mella confiesa que el Apóstol ha terminado por producirle náuseas.

También Lezama, que tanto lo admiró, con respecto a Martí prefirió siempre el tono aforístico, lacónico. “Su figura recuerda lo que los místicos orientales llaman el alibi, capaz de crear por la imagen la realidad”. Alibi en latín quiere decir “estar en otro sitio”, que es exactamente lo que hace un místico. Pero, en inglés, es también un término de uso corriente que significa “coartada”. Visto así, Martí sería, al mismo tiempo, el místico y la “coartada” de la tradición cubana, lo cual explica aquella otra frase con que Lezama se aproxima a una paradoja: “De Martí creemos saber lo necesario, hasta que luego intuimos que apenas ignoramos lo suficiente”.

En la novela Paradiso, no lo olvidemos, Martí también hace varias apariciones irreverentes. La más simpática, cuando un borracho, “un guagüero almidonado, ya por la tercera carrilera lupular, hipante y con los labios espumeantes” escupe el nombre sagrado del héroe entre un manojo de frases aparentemente incoherentes. Cemí vaga por la calle San Lázaro, deteniéndose en bodegas y cervecerías donde se reúne toda una galería de personajes marginales: “el anárquico escapado de la cofradía de los lupulares, el guagüero rezagado que hace esperas de turno o se desorienta en unas vacaciones, el amante de la comadrona, el billetero que guarda el azar en el bolsillo de la guayabera”. Y es uno de estos oscuros personajes quien dice: “Estoy como lo soñó Martí, la poesía sabrosa, sacada de la guitarra con azúcar, con el lazo azul que le puso mi chiquita. Clara, clarita, clara como el agua, siempre viene bien”.

¿Qué significaba, para este pobre diablo, estar “como lo soñó Martí”? En la memoria popular republicana, la frase remitía a un estado de bienestar colectivo, perpetuamente incumplido o frustrado. El Todo y la Nada. Pero Lezama no interpreta el sacrificio de Martí desde una perspectiva católica, sino mítica: Martí no murió por nosotros, para salvarnos, como repitieron los intelectuales y políticos de la República. Lo que nos ha salvado es su fracaso, porque gracias a ese potencial incumplido Martí acaba siendo la coartada perfecta de la isla. Es Todo y es Nada, al mismo tiempo. El Vaso Medio Vacío y el Vaso Medio Lleno.

No está nada mal que, un siglo después, volvamos a descubrir (por oscuras y a veces no muy estimulantes vías) esta ambivalencia. Que cada cual la llene de significado como prefiera.

Escrito por Ernesto Hernandez Busto