Los viriles gallos de nuestros desvelos
Para unos, las peleas múltiples en Cuba son mera expresión cultural o juego de tradiciones. Para otros, la mayoría, son muestra vívida del maltrato y la crueldad para con los demás seres vivos
Los viriles gallos de nuestros desvelos

No hablaré de esas batallas trascendentales donde lo oral —en formas adustas del verso inteligente— derrota por knock-out a lo íntimo-criminal que cada cual arrastra consigo. 

Los “gallos” del rap continental, siempre en mudanza itinerante por resultarles incómodos a los regímenes en cualquier parte, no precisan de la violencia física que los aniquiladores de animales sí. Cuales machistas irremediables. 

Tampoco ahondaré en la manía abyecta —para mí; “enfermedad y no deporte” que pone en riesgos a otras vidas—, e integridad moral del “caduco pacto de caballeros”, que dirime a piñazos y/o estrellones descuajeringadores entre contrincantes “crecidos y educados” sobre un tatami o lona de cuerdas el desafío, en donde rebotan aclamados ante nuestras narices mostrando las suyas rotas.

Ahora las diferencias verbales se dirimen a cuchillazos.

No es nada nuevo lo morbo per se. La historia universal de la infamia recoge tristísimos episodios de masacres cometidas en contra del ente vivo, desde la inquisición hasta el romano circo, porque incluso La Biblia —esa ambigüedad polémica, preconizante y global—, justifica la matanza en pos de la supervivencia de la especie superior”: el sacrificio animal para alimentarnos.

Lo que sí es nuevo —en Cuba, al menos, que es el lugar donde cada contradicción de sus ordenanzas ha sido investida de nobles apariencias por demasiados años— es que las viejas prohibiciones del estado benefactor sobre trifulcas que involucren animales, se hayan visto sobreseídas —cuales causas imposibles de dirimir ante justicia divina o terrenal— y que en su lugar hayan aparecido malformaciones ciudadanas al amparo de  desidias institucionales.

No importa para nada que se mueran los otrora vivos, imprescindibles e irrepetibles, como consecuencia “del divertimento” (epítome de la crueldad magnificada), porque los “revolucionarios de a cañón” fueron —y son— los primeros que han defendido —y ocultado al soberano ingenuo— sus pasatiempos brutales.

Si pelear perros —entrenados o no— en la isla, se ha tornado costumbre hasta en calles atestadas de transeúntes, irritados frente a las bajezas que las autoridades simulan ignorar, y encima los desembolsos por cada “evento” que encienden por igual la ambición o desesperanza con gloria y vergüenza respectivas, pues hacerlo con gallos “de pelea” (nadie puede entender que tener pezuñas y defender su clan derive en tal clasificación), es todo un evento de “finura” al que acuden ahora los nuevos ricos en vallas toleradas, porque la nomenclatura cuida bien de las suyas desde tiempo inmemorial, y las ofrece —¡Oh, desvergüenza patria!— para el deleite extranjero, sin contriciones específicas en el próximo decreto-ley que dicen velará por “El bienestar animal” y —presuntamente— sancionará el maltrato. (No quiero ni pensar en los cocheros tiranuelos de caballos).

La pragmática “emulación socialista” ha tocado también las puertas de los peleadores fieros. Los números estadísticos de semejante proliferación son desconocidos casi tanto como cualquier guarismo “interior”. No es interés de la ONEI. Porque no representa amenaza para sus sustentos publi-citables.

La desfachatez con que hoy encontramos en oferta animales también “listos para vencer” (LPV) —como aquel sempiterno slogan del INDER inmortal —, es de una certeza paralizante.

Los revendedores, en plan apostador, “ofrecen lo mejor que haya en tarima” y siquiera restringen sus pruritos de exhibirlos a pública subasta. 

En las fotos: junto al taller de reparación automotor del MININT, en Caibarién, situado en Calle 28 y avenida 9, los propietarios de los gallos les “calientan” en plena acera, amarrados a un soleado clavo, ante la mirada atónita del transeúnte, impávido y frío, mientras aguardan un interesado o turista eventual que al pasar (en la calle mayor de un poblado comúnmente asediado por la autoridad “a cualquier movimiento extraño”) les muestre la billetera.

El negocio será redondo. Si el animal consigue una primera victoria como Sara González, cantará su canto y llanto de la tierra. Porque los dividendos no serán pírricos, sino cuantiosos, excepto para él que valdrá más. Las apuestas siguen prohibidas (pero de rebajarse de la centena en cada contienda).

Los entendidos aclaran, que si un gallo sobrevive a su primera escaramuza, “las heridas de guerra duplicarán el precio”. Otro negocio es la venta de espuelas conjuntamente con la bestezuela. 

La pelea comienza con rituales que corresponden al código de honor, como un baile. Los dos gallos se agarran por las alas y —puestos en el suelo de la gallera— batallan sin resuello.
Primeramente son alzados y se desafían en el aire, y en cuanto aterrizan comienza el desplumamiento. No hay rounds. Tan solo 10 minutos en los que vence el más fuerte, lo que presupone acabar con la vida del adversario.

Entre cervezas, aguardiente, comida grasienta mezclada con fajos de dineros múltiples y al son de estridencias musicales donde priman mejicanadas, se escuchan los gritos de los fanáticos que sostienen esta tradición “legalizada” en Cuba y otros países iberoamericanos como Colombia. 

Desde 1959 cualquier tipo de juego de apuestas está estrictamente prohibido en la isla, al menos para la plebe.

La bolita es otra historia.

Las broncas por porfías corren en la tradición cubana, "es el deporte nacional, lo más popular que existe, todo lo demás es mentira", afirma un criador empecinado “¿Qué beisbol ni qué fútbol?” Lo curioso es que los llamados reñideros (donde se disputan y desangran) constituyen fuente de trabajo para quienes viven de ello gracias a la nueva tolerancia. (Algunos le llaman La Tolete-Rancia).

El gallero trabaja a tiempo completo, y junto a él dos personas se encargan de la crianza: el entrenador y el dueño de la pista. Durante la semana ejercitan y cuidan al reo, tarea que les lleva todo el día, desde las seis de la mañana hasta las siete de la noche. Los fines de semana, cuando toca pelear, obtienen partes de las apuestas si esos animales vencen.

La victoria se alcanza cuando uno de los dos muere, aunque en ocasiones se da por terminada la riña e intenta salvarle de picotazos descontrolados, punzadas de los espolones, vuelos envolventes con alas envenenadas en medio de una tragedia que conduce indefectiblemente al fin. 

El público que suele acudir a estas querellas, como las de perros, suele ser heterogéneo, en edad y clase social, y escasa formación educacional, aunque predominen personas del ámbito rural. No obstante, las más emperifolladas parejas del antro citadino cercano, ávidas de redituables entierros, también acuden pero en autos propios o rentados. Destilando “clase”.

"Un gallo o perro puede costar entre 100-500 dólares, pero si es bueno de verdad con él se pueden ganar muchos miles” nos dice un entrenador porfiado. Todos los días los gallos son "corridos" en sesión de entrenamiento, ya sea con los golpes que les infligen o usando a un pobre gallo "sparring" al que se le lanza “con un bozal en el pico", explica el experto, como carnada indefensa.

Les entrenan mediante otro espectáculo vomitivo: uno no puede ripostar mientras que el otro le va picando el cuello hasta dejárselo en carne viva. "El entrenamiento es como el de un deportista de alto rendimiento”. Pocos atletas de esa orden tribal tampoco llegan sanos ni enteros a sus 50.

Pero tiene una excusa excelsa para perseverar en ello el devorador insaciable: “Raúl Castro también los mantiene, todos los pinchos gordos tienen gallos en Managua (reñidero estatal de La Habana)", y lo dice en son de gallo sabio.

Para unos, las peleas múltiples en Cuba son mera expresión cultural o juego de tradiciones. Para otros, la mayoría, son muestra vívida del maltrato y la crueldad para con los demás seres vivos. 

Desde 2018, a pesar de citar a Mahatma Gandhi con que «La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la forma en que son tratados sus animales», siguen en eso sin resultados.

Aunque por el momento, parece que ni las manifestaciones ocurridas ni el descontento popular ante tales arbitrariedades acabarán con esta "lucrativa distracción", en la que se laceran vidas, e incluso humanas, puesto que ajustes de cuentas tampoco faltan.

Escrito por Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, 1959) Escritor Independiente. Economista (1977), traductor de lenguas inglesa y francesa (1980-86). Actor y Peluquero empírico. Fundador de ¡El Mejunje!, Santa Clara (1993) donde nació a Roxana Rojo. Trabajos suyos incluyen poesía, artículos, ensayos. Su personaje aparece en varios documentales del patio: "Mascaras" y "Villa Rosa" (Lázaro Jesús González, 2015-16), "Los rusos en Cuba" (Enrique Colina-2009). Fue finalista del Premio Hypermedia de Reportajes en 2015.