Los arduos detergentes de la revolución

El detergente vuelve a escasear en las tiendas cubanas y uno de los colaboradores de ADN Cuba emite su opinión al respecto, jugando con la apropiación en el habla popular de términos en otros idiomas, así como con la existencia de parodias y costumbres que nunca dejan de sacar lo divertido de los episodios de escasez en Cuba, que son la regla y no la excepción
El detergente vuelve a escasear en las tiendas cubanas
 

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El título remitirá inmediatamente, a quien me lea, al FAB, apócope de Fabulous, aquella marca yanqui de detergente que subyugó y se apoderó vilmente del ideario insular por demasiados años, en una generación vapuleada que fue, de algún pobre modo, “la fregona”.

Pero eso terminó en el estigma oral, rezago del oprobioso pasado capitalista y criminal que “la revolución aplastó para siempre jamás”. Aunque solo, y no solo entonces, coyunturalmente.

No se pudo en tal refriega evitar que la gente ordinaria generalizara, en su afán maníaco-limpiador y de dar brillo, cuales miembros empíricos de la academia castiza, tantos términos que en propiedad significaban mera apropiación dialéctica.

Se trata pues de la sabrosa sambumbia insumergible que don Fernando Ortiz no se dignó a incluir en los tratados lingüísticos negreros, y que Jorge Mañach, quizá sin proponérselo, también obliteró en su blanco choteo.

Porque los dilectísimos dialectos, como la ortodoxia, estaban a la orden del día, y constituían pan nuestro de cada día (pero del pan tragable, que no del de jabón que desbordara la vieja batea pseudo-republicana).

El proverbio martiano que (para gloria de la asepsia-patria) más o menos reza: “poco necesita por fuera aquel que lleva toda la luz dentro”, no parecía ajustarse a tamañas exigencias de la amnesia colectiva.

Insinuaba, tal vez, sobre apagones inminentes por venir. Aunque, la verdad, en la era en que fuera escrito, la tea enseñoreaba, tiznando a tutiplén el panorama nacional.

Imagino que hubo formidables luchas intestinas dentro del artefacto ideológico comunista por extirpar aquella tendencia popular a renombrarlo todo, como un cliché, tal si cual poco o nada hubiera cambiado radicalmente en su patria chica —que es el hogar familiar, la base marxista del estado.

Asumirlo desde la óptica renovadora de lo que por decreto debió ser desterrado tras el triunfo, dados los conceptos de asepsia social que convocaban a purgar viejas costumbres, pero desde aquí, a más de seis décadas de tan descacharrante vuelo fumigador, se aprecian muy antihigiénicos resultados: demasiada gente, hastiada, joven y en camino, queriendo revivirlo.

“No hay Fá” gritaba —ayer y hoy— una vecina a la otra en cuanto escaseaba “la espuma para fregar”. Porque aunque se trataba de un granulando concebido solo para lavar ropa, la gente lo empleaba para lo que hiciera falta baldear y adecentar puertas adentro.

Tiempos después, en plan seguidilla, las parodias enjuagaron la mugre de cada momento cumbre de explosión de lo cutre, como en la etapa famosa a la que paralelamente le anexaron batalla de ideas fidelistas:

"Es la hora de gritar que no hay jabón, es la hora de bañarnos con las manos" (Himno combatiente del Kiki Corona, en el 2000, tras "Saberse cubano" y percudido bajo década aplastante de corcheas y semifusas insolubles).

Y es que el cubano, ser muy aseado, limpio en extremo por causa de naturaleza adversa, se ha vuelto reacio a soportar malos olores: los calores infernales obligan a cambiar la ropa y repetir el baño asiduamente.

Algunos avezados normadores e inventaristas, parecen aprovechar, desde el sillón gubernativo, el pálido e insincero invierno nuestro para recortar zorrunamente las existencias. Y tornarnos la existencia en caos.

Duró tanto el mal hábito pronunciador, que cuando el cuarteto germano-jamaiquino Boney M irrumpió en la estricta escala musical del patio, su tema “Belfast” degeneró en un estribillo tragicómico:

“No hay Fá, No hay Fá, y por eso la ropa me quedó veteá”.

Hoy la tragedia se ha “desempolvado”. Nunca mejor dicho. Ante esta miseria que asola los comercios desde hace meses —y años—, en la que escasean productos prioritarios y alternativamente: que si el aceite, el tomate, el gas, ¡los huevos! Et ad infinitum. ¿Será pues que hemos vuelto a los preámbulos del “special period” en términos de higiene y salubridad? Baste echar ojeada alrededor para espantarse. 

Con la falsa sensación de abundancia que generó —entre elitarios del ramo— la manejabilidad de capitales foráneos, desfondados por su progresiva iliquidez, se dieron, entre otros “objetivos del milenio”, a la misión de inaugurar tiendas carísimas, del tipo “Agua y Jabón”, justo cuando más creían que las mercancías nunca faltarían a tan pomposo nombrecito.

¿Nunca? ¿En la impredecible Cuba? Por dios.

Es de burla presumir que tales establecimientos estén abarrotados de lo insólito y no contengan lo elemental. Pues lo elemental no es un radioactivo destupidor de tragantes, una esponja biónica ni un acondicionador base de leche de burra, sino jabón y detergente. Primero que todo.

Pues bien. Ninguno de los dos está. Pero no lo está ahora, sino que tampoco estuvo, de manera estable/comprensible, desde su cabrona creación, obra de sesudos gerentes atragantados de personal abundancia. 

Como tampoco estuvieron los desodorantes corporales o las almohadillas y papelería sanitarias. Los culeros y los percheros. Los talcos o perfumes baratos. Nada esencial.

Cuestión de suerte es poder encontrarlos. En la calle, a sobreprecio, o en las puertas mismísimas de los establecimientos inútiles, redireccionados por algún valiente trasgresor de la ilegalidad socialista, “machete en mano”.

Más como dice el vulgo, “están como el país: ingobernables”. Y dicen bien.

No se puede vivir ya en la Cuba actualizada si no se sabe de antemano —o se paga por saberlo— qué no habrá. Y no sean ni alimento, combustible o medicamento, objetos de culto extrasensorial e inalcanzable.

El reto estriba ahora en poder bañarnos y desempercudir —además— almas y entornos. Claro, eso, cuando haya agua.

Escrito por Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, 1959) Escritor Independiente. Economista (1977), traductor de lenguas inglesa y francesa (1980-86). Actor y Peluquero empírico. Fundador de ¡El Mejunje!, Santa Clara (1993) donde nació a Roxana Rojo. Trabajos suyos incluyen poesía, artículos, ensayos. Su personaje aparece en varios documentales del patio: "Mascaras" y "Villa Rosa" (Lázaro Jesús González, 2015-16), "Los rusos en Cuba" (Enrique Colina-2009). Fue finalista del Premio Hypermedia de Reportajes en 2015.

 

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