La muerte de un asesino
El Colorao, gallo bravo que mató a 15 rivales, calló ahogado en sangre por las espuelas relampagueantes de un peleador novato en una cañada de las profundidades de Guantánamo
Los gallos de lidia son pequeños, pero feroces

Arnaud es una cañada profunda cerca de Bayate, en la provincia de Guantánamo, donde los guajiros orientales perpetúan una de las costumbres más antiguas, y a la vez más clandestinas, de los campos cubanos: la pelea de gallos.

Aunque la Revolución las prohibió en el 59, todos los pueblos de Cuba mantuvieron las peleas de gallos de manera encubierta, aunque en la actualidad ya es un secreto a voces. Incluso los jerarcas del Castrismo continuaron practicándolas y la Isla desarrolló un comercio de gallos de lidia.

“El ron, las mujeres y los gallos son las banderas de los guajiros”, dice Miguel García, alias Pantera, camino a la valla de Arnaud en Bayate, provincia de Guantánamo, acompañado de su hermano Guillermo, con su gallo colorado bajo el brazo.

Un vigía situado en la entrada de la valla permite que bajen solamente los galleros, los apostadores y gente conocida. Pantera y Guillermo descienden por el trillo, seguros de que “El colorao” llegará a su victoria 16, sin la sombra de un fracaso. “Este gallo nos ha dado mucho dinero”, dice Pantera y acaricia su cresta y las plumas rojo brillante. “Voy a apostarle hoy todo el dinero que tengo”.

Medio centenar de personas rodean la valla y los aclaman al verlos llegar. Hay mujeres vendiendo panes, pru oriental y calambuco, la bebida casera insignia de Bayate.

El juez de valla los saluda. Le dice a Pantera al oído: “Ese matrimonio que está allí, viene de La Caridad de los Indios con un gallo pichón, a retarte”. Señala una pareja de rasgos aindiados: piel cobriza, baja estatura, pelo negro y lustroso. La mujer sostiene un gallo canelo en su regazo.

Cuando el juez los llama al centro de la valla, Pantera levanta al “colorao” y lo muestra a la multitud. La caña estalla al momento en la gritería de los apostadores. La india entra a la valla. Su esposo queda apoyado en la cerca.

Guillermo le pasa una botella de calambuco a Pantera, que se da un trago largo y eructa. El juez revisa los gallos, sus picos, sus espuelas, toma el dinero de la apuesta y se lo da a su hombre de confianza.


 


Comienza la pelea

Alrededor de la valla los jugadores concretan sus apuestas. El dinero corre de mano en mano y cuando al fin sueltan los gallos, se atacan ferozmente dando saltos rápidos, picando  y espoleándose. Con cada arremetida la gritería es mayor, apenas se escuchan las arengas de los dueños. Guillermo, entrenador del “colorao”, chilla con todas sus fuerzas: “¡Mátalo… que tú de pollito eras hombre…!”

El “colorao! es más fuerte, sus 15 muertos le añaden una aureola mística a sus ataques. Todas las apuestas están a su favor. El matrimonio de indios se abraza, la mujer le cuenta al esposo cómo va la pelea.

Luego de varias embestidas, Pantera le grita a su gallo: “¡Reviéntalo… que te estás demorando…!”.

Al escuchar la voz de su dueño, el “colorao” se yergue en todo su esplendor, salta y espolea en un ojo al canelo, que se  arrastra a una esquina, tiene el pecho ensangrentado y un agujero profundo debajo del ala.

Fue entonces cuando la mujer soltó al esposo y se acercó a su gallo moribundo. Encimada en la cerca le habló en el oído. El canelo pareció despertar. Abrió su ojo sano y vio al colorao en el centro de la valla, presumiendo ya de su victoria.

“¡Ahoraaaa…!”, gritó la india, “muerte a la garza!”, y el canelo, sin un ojo, chorreando sangre del pecho y del ala, dio un salto espectacular y clavó las dos espuelas en el cuello del colorado, que quedó tendido en la tierra.

El silencio que apoderó la cañada de Arnaud no puede describirse. Guillermo, llorando, le dijo a su hermano: “Nos mataron el gallo”. Pantera, sin creerlo aún, murmuró: “Ni gallo… ni dinero…”.

El juez entregó el dinero al matrimonio, que había recogido su gallo y le ponían hierbas en las heridas. Se marcharon de la valla despacio. El hombre, con los ojos cerrados, se apoyaba de la mujer, que no dejaba de mimar al canelo.

El regreso a Bayate de los hombres que perdieron sus apuestas, parecía un entierro. Antes de subir por el trillo, Guillermo le preguntó al hermano qué hacer con el gallo muerto. Pantera dándole la espalda le dijo: “Haz lo que quieras con ese guacaico. Bótalo…o mejor, prepara con él un caldo”.