Iniquidades del juego de azar
Otro juego arraigado en Cuba, que como la bolita la revolución no consiguió eliminar, es el “siló”, que se juega con tres dados
Iniquidades del juego de azar


Mi vecino el ex convicto, cuenta que desde niño le gusta el “siló”. Y aunque nunca tuvo dinero para participar en las apuestas, se colaba en las casas de juego clandestinas en Guantánamo y seguía con atención las partidas.
Recuerda especialmente a un jugador llamado Carrión, que por un tiempo lo tomó de lazarillo de la suerte y lo dejaba hacer tiros en las jugadas grandes, porque el muchacho siempre echaba el seis. 

“Los hombres se sentaban en el suelo, alrededor de una estera, y se jugaban el dinero con un vil despotismo”, rememora mi vecino, “Era como si en cada tiro les fuera  la vida. A veces resultaba peligroso ganar, como pasó aquel día cuando Keko le dio el tiro a Juan la jama durante una partida”.  

“Había mucho dinero por medio y Keko alardeó con jugárselo todo en un lance. Tiró los dados y salió el cinco, un número en el siló casi siempre insuperable. Keko  comenzó a alardear de su buena suerte, con todo aquel dinero en la estera, pero sobre la mucha tensión que circulaba en el aire, Juan la jama recogió los dados, los movió dentro de su mano huesuda y los hizo rodar. ¡El seis!  ¡El mayor de todos los tiros!”.

“Muerto de risa, Juan la jama recogió de la estera la pelota de billetes, mientras cantaba: mamita, cómprame un piano, y Keko, obcecado por su suerte del diablo y la risa del contrincante sacó una pistola. Todos nos echamos a un lado asustados, pero la jama, con la tranquilidad más grande del mundo, le dijo: ¡Dispara, que todo el mundo sabrá que tu dinero me lo llevé en un tiro!”.

El fogonazo le atravesó el pecho. La sangre brotó como un río. Keko cogió el dinero y se fue corriendo del lugar. La policía lo detuvo por la tarde.  

“Otro día fue Carrión quien ganó todo el dinero, tanto que no le cabía en los bolsillos.  Estaba muy confiado porque yo estaba con él y era su luz de la suerte, pero no me daba un peso. Compró una botella de ron y se dio grandes tragos hablando tonterías, mientras atravesábamos el callejón de San Justo. Enseguida estuvo borracho. Un viento fuerte sopló de pronto y los bolsillos de short de Carrión que era de nylon se viraron y todo el dinero se esparció en el callejón y se enredó en las zarzas”.

“Nos lanzamos a recogerlo. Producto de los tragos Carrión encontraba pocos billetes y recogía con lentitud, mientras yo fui una  aspiradora. Ayudado por la poca luz de la tarde, me guardé la mitad del dinero y le entregué el resto. Me dijo que me fijara si quedaban billetes. Encontré algunos, de cincuenta y de cien, los junté y se los di”.  

“Entonces dijo que iba a hacer lo que debió hace mucho tiempo: ser un buen hijo y mandarle dinero a su madre. Hazme un favor, mañana a primera hora mándale esta plata. Me dio la dirección de San Germán y el nombre y apellidos de su madre. Pero al otro día, cuando estuve frente a la ventanilla del correo con todo aquel dinero, comprendí que yo también había sido un mal hijo y era hora de enmendarme. Envié el giro a mi casa. A  fin de cuentas el dinero también me pertenecía, fui yo quien hice los tiros en las jugadas”.

“Cuando lo encontré por la noche le entregué el comprobante del giro, pero me pidió que lo botara. Le interesaba poco si su madre lo recibía. Me puso la mano en el hombre y me dijo: vamos pa arriba del siló, muchacho. Hay que ganar dinero”.