Réquiem

La Habana se pudre. Se va pudriendo bajo ese maquillaje que a duras penas pretende disimular sus grietas. Se pudre pese a la quimioterapia de sus nuevos hoteles.
Derrumbe en el Vedado, La Habana, Cuba
 

Reproduce este artículo

La Habana se pudre. Se va pudriendo bajo ese maquillaje que a duras penas pretende disimular sus grietas. Se pudre pese a la quimioterapia de sus nuevos hoteles. En verdad luce más vieja que cualquier catedral europea esta adolescente ciudad. Y es que tal vez ha vivido en exceso, se ha desgastado quemando etapas, huyendo de sí misma cada cierto tiempo. 

Se supo dueña, en los años que anticipan su trágico amorío con la Revolución, de una opulencia sin par. Luego miró, resignada, cómo le arrebataban esa primera adolescencia, toda su ingenuidad. No obstante, sobrevino a ella, de nueva cuenta, el romance. Un romance demasiado intenso, demasiado viral, demasiado perfecto.

Volvió a enamorarse La Habana de un proyecto con nombre propio. Se le entregó en cuerpo y alma sin sospechar que al hacerlo renunciaba a su propia libertad. Terminó cautiva, víctima de una pasión aberrante y mezquina. Dejó de prostituirse en inglés, para enamorarse en otra lengua: la soviética. Dejó ir su prosperidad a cambio de una moral obtusa, prohibitiva: en este punto, comenzó a avanzar sin regreso hacia su precaria vejez.

Tuvo hijos bastardos. Hijos que se fueron con la primera clarinada, llevando a cuesta el bochorno de la incomprensión, el complejo de ser distintos. Sus apodos fueron lumpen, lacra, escoria, gusano... Odiseos que partieron de aquí y dejaron un trauma de nido vacío. La Habana, entonces, asumió sin chistar su terrible destino: ser más mujer que madre.

La historia de esta ciudad es la historia de cualquier mujer sufrida. Quizás, se encuentra en Lucía la mejor transcripción de ese drama, de las muchas frustraciones de una ciudad-personaje, ciudad-símbolo. Cinco siglos después La Habana padece un cáncer terminal, la defunción de casi todos sus signos vitales, a causa de una ideología mal curada. Un tornado, para colmo, hizo colapsar hace poco sus pulmones, y me pregunto: ¿será que asistimos a los últimos estertores de esta ciudad? ¿Será que La Habana ya ha caducado –en algún calendario apocalíptico— y ahora se conduce a la autodestrucción?