Abrazando a un extraño

 


 

Súbete en el banco y ponte en cuatro, le dice él. Y ella se queda mirándolo fijo. Tiene que estar loco, o yo tengo que estar loca, piensa. Porque en realidad la petición le gusta. Nunca lo había hecho. ¿Estar desnuda de la cintura para abajo en cuatro, en un banco a las 12 de la noche, con un extraño chupándosela? Nunca. Ni siquiera debió aceptarle aquel abrazo. Ella sabía que ese abrazo iba a implicar mucho. Pero ese día le habían sucedido demasiadas cosas como para desperdiciar el abrazo de ese desconocido con el que llevaba unos días hablando por Facebook. 

Por eso se sube en el banco, se pone en cuatro y comienza a bajarse el short, despacio, muerta de la risa. Sabe que está loca. Él la ayuda porque la posición es incomoda y el short se le traba. Ella se estira en el banco. Se baja todo de un tirón y vuelve a la posición. Lista para dejarse llevar, sin pensar en lo que estaba haciendo. Ella que le había dado el número de ese hombre a su madre, por si le sucedía algo, porque a él no lo conocía de nada. Solo que era escritor y le había brindado un abrazo ingenuo que se convirtió en una lengua acariciándole la vagina y el ano al mismo tiempo.

Ayy, ayyy, ella está mal. La sensación que la recorre no es nueva. Pero sí diferente. Él la saborea despacio. Con muchas ganas. Abriéndole las nalgas con fuerzas y metiendo su lengua por sus dos agujeros. La mordisquea saboreando toda su humedad. Ayy ayyy que rico. Ella está mal. Está empapadita. Está segura que nada de esto hubiera ocurrido de no haber aceptado ese abrazo. Pero cuando aquel extraño le dijo que se parara, que la iba a abrazar, ella no se opuso. Y muchos menos a soltarlo cuando lo sintió cálido. Abrazable como un oso de peluche. Ella no se esperaba eso. 

 

 

Y quiere pensar, o lo hace, quiere zafarse, salir corriendo del parque y meterse debajo de su sabana, tiene la lengua de un extraño entre sus nalgas, y no puede reaccionar. Es imposible. Está desquiciada, la humedad le baja por el muslo. Siente su babita caliente como la recorre, quiere que ese escritor extraño que conoció por Facebook, se la meta allí mismo, que la inunde. Ayy que rico, métemela, dale, métemela, no seas malo, le dice, pero él no le hace caso, le sigue chupando todo. Y para un segundo y le meto dos dedos, y ella grita. El parque está vacío y ella grita de placer. Desquiciada. 

Él se baja el pantalón, tiene el miembro tieso, gordo, hinchado. La baja del banco y a ella le tiemblan las piernas. La acomoda detrás de un árbol que tienen a un costado y se la mete despacio y hasta el fondo, ella suspira. Era demasiado. Eso no lo esperaba. Él se la saca completa y ella vuelve a suspirar, lo mira con los ojos brillosos, casi llorando de placer, se muerde los labios y se inclina más para que ese escritor se la vuelva a meter, y él lo hace. La llena completa, lo disfruta, ella tiene la vagina suave, empapada. 

Él la agarra duro por las nalgas mientras se mueve suave, ella grita, ayy que rico, papi, que rico. y se mueve suave, ayy que rico, papi, que rico. ay. Ya no quiere pensar, solo sentir ese pene que la llena, que la tiene mal, y siente que el orgasmo está casi listo, ayy sigue, sigue, dame duro. Y él la complace, y ella se agarra fuerte del árbol y grita suave. Se contonea, ay, ay, ay, ay, ay, ay me vengo, no pares. Y él le da duro. Porque para eso era la noche para darle duro. Y siente sus nalgas duras mientras se la mete completa, y ella ya no puede articular palabra y se viene, explota en un orgasmo que la sacude, y el la agarra fuerte, para que no se caiga, porque le tiemblan todo. El aprovecha el momento para darle duro, y apurarse, y también venirse. Clavándola hasta el fondo. Soltando el semen. Ella lo mira serio por un rato, descifrándolo, y lo besa. -Gracias le dice, el asiente con la cabeza mientras se la saca. 

El parque está en silencio, ella se sube el short y lo ve prender un cigarro. Ella no fuma, pero le pide uno y lo prende, y se queda mirándolo. -Tu eres un problema muchacho, le dice, él la mira, sonríe, y sigue fumando.