La vida en el campo, una ventaja sobre el coronavirus
En tiempos de pandemia, parece que vivir en el campo, apartados de grandes ciudades, es una ventaja importante. Así lo creen varios residentes en áreas rurales de Guantánamo
Río Guaso

Doris observa desde la orilla cómo baja la rápida corriente del Guaso por las lomas de Oriente y el lino lucha por sujetarse a la piedra, mientras las guabinas nadan contra la corriente, comiendo en el lino, allá arriba en Palizada, Bayate, lejos del azote del COVID-19 y su tragedia. 

“Es una suerte vivir en el monte”, consiente Doris, con 30 años, aún soltera que vive con sus padres y hermanos. “La casa más cercana está a cinco kilómetros. Nuestra costumbre siempre fue bajar al pueblo una vez por semana, ahora con la amenaza del virus extremamos las medidas de precaución para evitar el contagio”.

Más arriba de Palizada, en Majimiana, su tía Leovigilda vive con su familia en una finca pequeña, pero productiva, cerca de la cumbre de la cordillera montañosa Sierra Canasta. Leovigilda también dice sentirse a salvo del azote temible de este virus

“Va a demorar en llegar aquí”, expresa Leovigilda, “y para cuando llegue ya existirá la vacuna, estoy segura. A veces pasa una semana y nadie sube por este camino. Más arriba solo viven Juvencio con su familia y el moro García, que se quedó viudo hace poco. Esos están más salvos todavía por estar más alto. ¿Extranjero por aquí? Jamás en mi vida he visto uno. Ahora menos quiero verlo”.

Las grandes ciudades del mundo han recibido el látigo del contagio, deviniendo en caldos de cultivos ideales para la cadena de transmisión del virus. Hoy es una tragedia para los sistemas de salud de los países, que no pueden resolver el problema de la pandemia. En cambio, para Regina Rivera, que vive en La Guanábana, otra loma de la sierra Canasta, el COVID-19 es una historia lejana, un fenómeno distante.

“Aquí hay un río y una tierra fértil, y comemos sano. A 10 kilómetros a la redonda no vive nadie. Sólo nos visitan unos parientes de La Tagua, que saben que no pueden venir más por aquí hasta que pase la crisis. Mi esposo y mi hijo trabajan la tierra y yo y mi hija Berenice los corrales. Somos privilegiadas, es cierto, pero eso es un costo que hemos pagado al vivir lejos de la ciudad, en lo intrincado del campo, el ser guajiro, el vivir aislado”. 

“Hay cosas que necesitamos del pueblo”, dice Berenice, que, con 15 años, es más alta que la madre. “Quien hace las compras es mi hermano Baldo, siempre con las medidas de precaución necesarias y cuando regresa se baña en el río durante tres horas, desinfectándose. En las ciudades es imposible hacer eso, estar sin contactos con otras personas. Son muchos y aunque te aísles, solamente una pared de 20 centímetros te separa del vecino de al lado, que tose y estornuda constantemente en tu ventana y en la puerta”.

Otro que se jacta por vivir “lejos del mundanal ruido” y de la concentración del virus es Natalio, de 78 años y dueño de una vara en tierra en la cima de la loma de Juan Pons, donde tiene su bohío con el conuco.

“Mi paisaje no es el Sena, ni la Gran Vía”, expresa Natalio, “mi vista diaria es la culebra que forma la carretera en la loma allá abajo y los yipis cuando cogen las curvas cerradas y a veces se despeñan, y mucha arboleda y montañas y el cielo infinito, y eso sí, mucha soledad. Creo que el virus nunca llegará aquí, a no ser que un día se traslade por el aire, le dé la vuelta al mundo y aparezca por estos lares, la loma de Juan Pons, donde el diablo dio las tres voces y nadie lo oyó”.