Un museo de horrores en Bayamo

Nací en Bayamo, Monumento Nacional, ciudad de gente cordial y amistosa, de hermosa historia y cuna de grandes hombres. Me siento orgulloso de mi ciudad, la llevo por el mundo con orgullo. Mi cara se ilumina cuando hablo de ella, de mi infancia, de los muchos amigos que aún tengo allí o dispersos por el mundo. Mencionar a Bayamo me llena de alegría hasta que alguien me pregunta por el Museo de cera de la localidad.

Entonces, desde lo más profundo de mi ser, me sube algo hirviente— como la cera—, mis ojos se nublan, mi rostro se contrae en un rictus y mi lengua se vuelve estropajosa. Escuchar las palabras Museo de cera de Bayamo es casi provocarme un infarto, tres derrames cerebrales y una cólera infinita que va derribando obras maestras de la humanidad.

Cuando lo mencionan se abre la puerta de mis peores pesadillas: veo la figura de Ignacio Villa “Bola de Nieve”, que no dejaría dormir el resto de su vida al Bola de Nieve original, y que es una suerte que no lo vea ninguna patrulla de la policía de Bayamo, pues pudiera terminar sus días en un calabozo, acusado de ser un anónimo Chichiricú.

 Bola de Nieve, Museo de Cera de Bayamo

Luis Carbonell, el Acuarelista de la poesía antillana, parece un mulato cualquiera, salido de alguna conga, con una expresión como de sorpresa, porque alguien se hubiese atrevido a encerrar toda su pasión en el elemento inamovible de la cera, y quien fuera designado, en su día, por las fuerzas oscuras del estado cubano como “Poeta Nacional”, Nicolás Guillén, se parece a cualquier abuelo entrado en carnes y en canas, o un dirigente nacional del ANAP, pero no al autor de Sóngorocosongo.

Luis Carbonel

La lista es larga. Los escultores aficionados han perpetrado un numeroso grupo de esculturas, entre las que se cuentan la del apóstol José Martí (que se da un aire al presentador del noticiero Nacional de Televisión Rafael Serrano); el tricampeón olímpico de boxeo Teófilo Stevenson; Sindo Garay, que si viera una vez su imagen de cera perdería  la inspiración, de por vida; Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria (que se da un aire al desaparecido actor Carlos Gilí en las Aventuras de las 7 y 30 pm) y el Bárbaro del Ritmo, Beny Moré, desgarbado y demacrado, más que por el alcohol, por las malas artes de quien lo modeló.

Carlos Manuel de Céspedes

Otras figuras (Jesús Orta Ruíz, El Indio Naborí), Francisco Repilado (Compay Segundo), el premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez, el autor de El viejo y el mar, Ernest Hemingway y el músico Juan Formell, creador de la orquesta los Van Van) no parecen esculpidos, sino escupidos.

Gabriel García Márquez

Ahora amenazan (no olvidar el escándalo y el choteo que desató la fallida inauguración, con bombos y platillos, de la escultura de la intérprete de la Nueva Trova Sara González) con atentar contra la figura de la poeta matancera Carilda Oliver Labra, autora de los conocidos versos que rezan “Si me tocas con la punta de tu seno/me desordeno, amor, me desordeno”, que ha de estar desordenada ya con la noticia, antes de que la rocen siquiera con la criminal espátula.

Yo, por si acaso, orgulloso de mi tierra natal, he hecho ayer mi testamento. No dejo nada material, sino una advertencia y una prohibición: prefiero arder en el infierno, ser reducido a cenizas junto a mis libros y mis fotos, a que a algún entusiasta coterráneo quiera sabotear mi humilde memoria con una figura mía en el Museo de Cera de Bayamo.

He dado instrucciones de que, en caso de que se incumpla mi deseo, alguna alma caritativa y mambisa vuelva a darle candela al pueblo, como cuando iba a entrar a retomarlo con sus tropas, en el lejano 12 de enero de 1869, el Conde de Balmaseda.

Prefiero estar muerto y olvidado antes de que me rodeen esas inmóviles y terribles criaturas, cuya cera habría sido mejor utilizada en la fabricación de velas para la población.

En pleno dominio de mis facultades mentales (excepto cuando pienso en el Museo de cera de Bayamo) firma la presente:

Ramón Fernández-Larrea