Un tarro con espejito: artesanía para intimidar

Teatro, eso fue puro teatro y yo creo en Olofi lo que no significa, por supuesto, que crea siempre en sus mensajeros.


Olofi es Dios en yoruba, y el Dios en que creen santeros y babalawos, que no son lo mismo, aunque todos los negros en la oscuridad, para muchos, seamos iguales.


En el video en que Manolo Ogbe Yono (por su signo de Ifá), el babalawo y presidente de la Asociación Yoruba en Cuba le entrega la mpaka a Alpidio Alonso, Ministro de Cultura para que se la haga llegar al presidente Miguel Díaz Canel, no veo ningún acto de fe ni religioso sino unos hombres blancos tratando de pasarse poderes entre sí, intentando sugestionar a los creyentes, alimentando el mito de que los orishas los acompañan. Pero, como dice mi padrino, “uno nunca sabe cómo duermen los malos”.


La obra de teatro que se montaron para cerrar el Festival del Caribe cuenta con un reinado y tiene cuatro actores: dos protagónicos, uno omnipresente y un personaje de fondo.


Caracterizar a cada uno de los personajes quizás traiga más luz sobre el patakí que han intentado contarnos en forma de comedia.


El protagónico lo tiene el presidente de la Asociación, Ogbe Yono, que como dice su signo de Ifá es “el gran ladrón, el que vive y disfruta de los bienes del estado, es el gran malversador del erario público” y que ha dedicado su mandato a homogenizarnos, a hacer creer a todos que los santeros estamos bajo el poder de los babalawos, dictando leyes para que los practicantes se inscriban y practiquen, como si nuestra herencia religiosa fuera un partido.


El coprotagónico lo tiene Alpidio Alonso, el aleyo, el no iniciado, antiguo presidente de la Asociación Hermanos Saíz, que una vez dijo que era poeta aunque las musas nunca lo asistieron --solo ese espíritu chino que lo acompaña y que le dio paciencia para llegar a ser ministro.


Al fondo se ve la representación del pueblo negro encarnado en un desconocido, en el anónimo, a quien nadie menciona cuando se habla de la puesta en escena.


Díaz-Canel es el omnipresente, el favorecido, el hijo coronado de Changó, el que llegó al poder porque los orishas le dijeron que ese podía ser su camino, pero que está en obsorbo porque desde que comenzó su mandato han pasado más tragedias que en los 58 años de dictadura que lleva Cuba.


En la comedia falta decir que los babalawos no entregan mpakas: los resguardo en tarros los dan los mayomberos. Eso que le mandaron al omnipresente es un disparate, un tarro con un espejito para que se mire; una artesanía babeada, escupida con alcohol y forrada con la bandera cubana.


El show folclórico con la vela encendida solo ha servido para intimidar a unos pocos y dividir a muchos. Dejaron a la gente colgada en el discurso de siempre: los babalawos, los santeros, los negros (todos metidos en el mismo saco) son chivatones, trabajan para la policía o son carneros más domesticados que el resto del rebaño. Interpretaciones que sacan lo más racista de una sociedad dolida con todo lo que suene a engaño y no a justicia.


Para los creemos en Olofi, quien creó algunos domésticos y a otros cimarrones, el castigo para los mentirosos y los ladrones siempre llega, ya sea de la mano de Changó o con la risa de Ochún. Eso no falla, solo hay que tener paciencia.