Ni violencia, ni muerte
El diálogo, la funcionalidad de la familia, y la convivencia civilizada, deben ser los pilares de una sociedad cubana próspera y armónica
Dagoberto Valdés
 

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Hechos de violencia y de muerte nos han conmovido durante los últimos días. No son fenómenos nuevos, ni los que salen en las noticias son los únicos: muertes de ciudadanos a manos de la policía, muertes de policías a manos de ciudadanos. Violencia racial, de género, de religión, de Estado, por razones geopolíticas, a consecuencia de las guerras entre países y conflictos dentro de la misma nación. Violencia familiar, fratricida, a causa de las drogas, del vandalismo, de métodos degenerados que intentan justificarse con fines elevados. Nada puede justificar la violencia y la muerte.

La violencia y la muerte son los peores flagelos de la humanidad. No solo son realidades que van contra la naturaleza humana, la vida y la convivencia pacífica, sino que violan de forma irremediable el primero de todos los derechos humanos: el derecho a la vida.

Si esto es así, entonces, ¿por qué existe, y en ocasiones aumentan, la violencia y la muerte provocada en nuestro mundo, en nuestro país, en nuestras familias? Pudiéramos mencionar algunas causas, sabiendo que el problema es complejo y no depende de uno solo de estos factores, sino más bien de su combinación, con frecuencia inconsciente y permitida:

1. En la base de todo, están los fallos en el seno familiar

Sin familia no hay país, ni primera formación en valores, ni se aprende a convivir, ni se educa para ser hermanos, ni se introducen los primeros pasos del diálogo, la negociación, del perdón y la reconciliación, de la magnanimidad y la misericordia. Sin esta siembra es prácticamente imposible romper la espiral de la violencia y esa morbosa inclinación de recurrir a la venganza, la justicia por la mano y la muerte como solución de los conflictos.

Cuba ha sufrido una desestructuración inducida de la familia, por separaciones físicas en escuelas, becas, campos, misiones internacionales y en otras provincias sin derecho ni posibilidad de que la familia acompañe y cultive esos valores. No ha sido casualidad, ni ingenuidad, ni proceso inconsciente. Ha sido una desintegración a consecuencias de decisiones políticas, culturales, de lucha de clases, de propósito coordinado de deconstrucción del ambiente familiar argumentando la superación de un modelo “burgués” y “clasista” de la familia cubana.

Junto con el “modelo” se abolieron valores y principios, creencias y costumbres que formaban parte de la genuina y humanista cultura cubana. Todo se “ofrendó” como un “costo” necesario para radicalizar un proceso. Fue peor que abolir la patria potestad porque fue abolir valores y virtudes que edifican convivencia, decencia y fraternidad.

Todo en nombre de una “lucha de clases” como método para un “nuevo” y foráneo proyecto de vida que tenía —tiene— a la violencia revolucionaria como método justificado para que el motor de la historia avanzara. En Cuba y en todo el mundo.   

2. El modelo de educación escolar

Una segunda e incisiva causa para crear una cultura de la violencia y la muerte ha sido el modelo de educación estatal, que es el único legal en Cuba. Lo primero en ese modelo es la inversión de las prioridades: la escuela estatal está por encima y primero que la educación familiar. Hay familias cubanas que han experimentado la persecución y la cárcel por intentar que sus hijos se eduquen en el seno familiar por razones religiosas.

La educación primaria y secundaria obligatoria de acceso universal es un derecho garantizado por la Constitución. Esto es un bien si los padres pudiéramos escoger el modelo educativo, la orientación filosófica, política y religiosa de nuestros hijos. De lo contrario, se estarán creando las condiciones para una esquizofrenia existencial entre la formación de la familia y lo que reciben en la escuela. Primera causa de la doblez, de la hipocresía social, del doble discurso para decir en cada lugar lo que “se espera que se diga”, de las “máscaras políticas”, de las que habló el Padre Varela en su periódico El Habanero.

En nuestras familias se debe educar para la vida, para la convivencia y para la fraternidad, y condenar la violencia y la muerte, sin excepciones ni manipulaciones para arrancar una de las raíces de las actuales manifestaciones de estos males. 

Pero no es solo la contradicción entre lo que se enseña y cultiva en el hogar, y lo que se inculca en la escuela. Se trata, sobre todo, del contenido. No me refiero a la matemática, la química o la física, entre otras disciplinas universales, se trata de una sola e impuesta ideología que se trata de introyectar sistemática y obligatoriamente en las escuelas. El enfoque de la Historia es siempre la historia de las guerras, invasiones, ejecuciones, revoluciones. No se trata de borrar esos hechos, se trata de no imponer una interpretación validadora de esos métodos.

Según eso, hay guerras justas e injustas, violencia condenable y violencia revolucionaria, muertes criminales y ajusticiamientos válidos. El relativismo moral de los métodos violentos y de la muerte es una de las causas profundas de la violencia. En nuestro sistema educacional se debe educar para la vida, el diálogo, la negociación, el perdón, la magnanimidad, la reconciliación, el respeto a las instituciones de justicia, y no a la justicia por manos propias, en ningún caso. Ninguno. De lo contrario, habremos dejado bien profunda la raíz violenta y la muerte como justicia. En Cuba y en todo el mundo.


3. El lenguaje, los medios de comunicación y las redes sociales

Otra causa es el uso cotidiano de un lenguaje de confrontación, de condena, de descalificación, de lemas que incluyen la muerte como alternativa. Si no se destierra la revancha verbal, la ofensa mediática, la descalificación televisiva y en las redes, estaremos cultivando la crispación, la intolerancia, la desesperación y los métodos que, por otro lado, desearíamos desterrar de nuestras familias, nuestros barrios, nuestra convivencia social.

El lenguaje de la prensa impresa, de los tuits, de los posts, de las conversaciones y gritos callejeros, la llamada cultura del “repartero” que no es cultura popular, el constante rememorar acontecimientos bélicos, fusilamientos, atentados, crímenes terroristas, crea una especie de cultura de la violencia si clara y sistemáticamente no se presenta la alternativa de la paz, de los métodos de diálogo, negociación y cultivo de la vida. Pero para todos y en todo lugar, no para unos que piensan como nosotros. Esto traerá la crispación social, la revancha como método legítimo y justo, la violencia en todos los ambientes de nuestra vida, desde el volumen y la “letra” del reguetón violento y amoral, hasta las riñas entre familiares, vecinos, grupos religiosos, opciones políticas, y otros. El lenguaje por los Medios de Comunicación y el contenido bélico de las noticias y las respuestas, son quizá el caldo de cultivo más generalizado y más disimulado, imperceptible y peligroso de todos.

Nadie, o casi nadie, va a ponerse a defender la violencia y la muerte, públicamente o en un discurso abierto, pero muchos responden a los conflictos familiares con la gritería, la violencia doméstica, las pendencias barrioteras, piden o legitiman la justicia por su mano, y cultivan el “ojo por ojo y diente por diente”. Además de descalificar, burlarse y considerar como debilidad o calificativos peores al “poner la otra mejilla” que, por supuesto, no es desconocer la justicia, sino valorar la tolerancia y el diálogo verdadero, no el acomodaticio, el que gana tiempo, el que manipula o incumple los tratados.

El lenguaje de la confrontación y la crispación, del ataque mediático y de la violencia como método para solucionar conflictos debe cesar y ser sustituido por el cultivo de los valores, partiendo del más básico, el de la tolerancia, y siguiendo por la “despenalización de la discrepancia”, como acuñó un amigo periodista. El diálogo como actitud y como método, la negociación del “toma y daca” en que todos ceden y ganan, el cuidado de las instituciones de justicia y de los supuestos delincuentes que son inocentes legalmente hasta que haya sentencia firme, el cultivo de la reconciliación y la paz, de una actitud civilizada y fraterna. De lo contrario, estaremos fomentando, aun sin saberlo, la cultura de la violencia. Sin educar en alternativas de convivencia no cesará la violencia.

4. No a la pena de muerte

Por último, y no menos importante, Cuba debe subir a la digna y humanista condición de país que ha abolido totalmente y para siempre, sin excepciones, la pena de muerte. Se argumentan las amenazas y, por otro lado, que el pueblo todavía no está preparado en esta decisión. Pues bien, las amenazas externas no se eliminan con amenazas al propio pueblo, al contrario, a la violencia internacional hay que responder con mayores grados de humanismo, educación para la paz y defensa de los valores y virtudes. Aún más, cuando esta respuesta forma parte de la cultura fundacional de la nación cubana, especialmente en Varela y Martí. Leer las “Cartas a Elpidio” y el “Manifiesto de Montecristi”, bastarían para justificar y alentar como decisión apegada a la cultura cubana, la abolición de la pena de muerte.

En cuanto a que el pueblo no está preparado aún, pues ese argumento nos regresa a las primeras causas enumeradas en este trabajo: la formación familiar en valores y virtudes, la educación humanista, pacifista, dialogante y reconciliadora, y el cambio de lenguaje y de contenidos violentos o bélicos en la prensa y las redes. Las propuestas en cada punto acelerarán la educación para la vida y la paz del pueblo cubano. Pero posponiendo la decisión jurídica, manteniendo todo lo anteriormente mencionado, nunca se llegará a tener un pueblo educado, defensor de la vida y de la paz.

Que cuando nos encontremos condenando, con razón, todo acto de violencia y de muerte, demos los siguientes pasos para actuar con coherencia de vida: familias educadoras de la paz y de la vida, escuelas donde se cultiven los valores y virtudes de la convivencia civilizada y pacífica y unos medios de donde se hayan desterrado, no por decreto, sino por cultura, las descalificaciones, la violencia verbal, las actitudes y poses beligerantes, las entonaciones que fomentan la crispación y el miedo, y todo aquello que nos reconduzca por los caminos de la escuela del humanismo cubano, de matriz e inspiración cristiana.

Estoy seguro de que las manifestaciones del daño antropológico relacionadas con la violencia y la cultura de la muerte, podrán ser abolidas de nuestra cotidianidad con el buen corazón, las mejores tradiciones familiares y la herencia patria de la virtud y el amor.

Necesitamos un tránsito ordenado, pacífico y humanista. Ni violencia ni muerte. Cuba no puede salir de su situación por estos caminos. Todos podemos hacer algo para evitarlo.

Tomado del sitio web del centro Convivencia, con la autorización de sus directivos y el autor.

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.