Las ideas "progresistas" de Machado Ventura

Cuando José Ramón Machado Ventura cierra los ojos ve una Cuba distinta. El litoral está repleto de mambises que enarbolan sus machetes amenazando al enemigo imperialista. Pero Machado Ventura, siempre en segundo plano, siempre en la sombra, tiene grandes ideas para que Cuba vaya hacia adelante. O hacia atrás. O que se mantenga así, tímida y costumbrista, sumergida en la bucólica paz del siglo XIX.

Desde hace un tiempo el segundo secretario del partido, segundón de por vida, insiste en que el futuro de la isla está en sus animales. Y no se refiere solamente a los primeros secretarios del partido en provincias y municipios, o en la membresía de esa fuerza política que ha hundido a Cuba a la fuerza. No, Machadito, como le dicen quienes le quieren y quienes le odian, lo apuesta todo a bueyes, caballos, asnos, mulos, burros y cuanto animal sirva para transportar algo.

Cuba sigue siendo para él un gran sitio rural, ajeno a la gasolina y al petróleo. Él se despierta siempre en su bohío mucho antes de que amanezca y enciende el fogón de carbón para colarse un buen café y luego, con las primeras luces, encincha la bestia y parte a convencer, a estimular, a intentar imbuir a la masa campesina con su entusiasmo aleccionador. Y les pide dar más aunque la tierra no ayude. 

 

 

Luego va en su lenta carreta hacia su oficina -cuando no anda recorriendo las provincias en su carromato tirado por una mula- y allí enciende el quinqué cuando se marcha el sol, para seguir planificando el futuro que según él merecen los cubanos. Y sueña con producir más sombreros de yarey y encontrar un método para fabricar en el país espuelas con hierro viejo para no tener que importar.

Algo pasa en las oficinas del gobierno cubano. Se sigue apelando al voluntarismo más ramplón. Se siguen usando edulcoradas frases militares como “combate”, “lucha”, “desafío”, “victoria”. Un ocambo general sueña con avestruces y jutías y el antiguo doctor en medicina, transmutado en comandante, habla de búfalos, que en otros países han demostrado ser fuertes y diligentes. Diligentes he dicho, no dirigentes.

A lo mejor el futuro está ahí, entre las patas de los caballos, en la testuz de los mansos bueyes. Pero mi irreverencia natural me dice que desconfíe de un médico que abandona su profesión, que traiciona la sagrada carrera de salvar vidas por probar las mieles del poder cultivando una ideología nociva y pasada de moda. Es como dejar a Hipócrates para convertirse en hipócrita, y lo que plantea Machado Ventura suena a delirio, al mismo delirio con el que su difunto jefe contagió a toda Cuba y la llevó al abismo. O casi al tiempo antes de la llegada del almirante Cristóbal Colón.

Taxis y guaguas tirados por caballos. Arrias de mulos en campos y ciudades. Y el pueblo, heroico y austero, manso y conforme, sacando garrapatas del chasis de los mulos. Porque para Machado Ventura, la supervivencia de Cuba descansa sobre las bestias, que harán el pesado trabajo de las máquinas. Para él está justificado el maltrato animal, que es lo de menos en un país donde se sacrifican perros y gatos para enmascarar la decadencia.

En algún lugar de su cerebelo partidista late la idea de que cada cubano debería, por justicia, poseer una yunta de bueyes en lugar de tractores y camiones, tan caros y contaminantes. Pero justo en la salida de la idea del cerebelo, algo le dice a Machadito que esa es una mala idea, o una idea romántica, o que el habitante de la isla, que es casi como decir “el hombre nuevo” padece de un hambre silvestre e indomable, y de la yunta de bueyes no quedarían ni el yugo ni la mancuerna, porque se los merendará en un par de días, inconsciente y derrochador.

Pero los refranes son claros y premonitorios: con esos bueyes hay que arar, pero a todo aguacate le llega su ventolera. Ya la mula tumbará a Machado Ventura, como una vez hiciera con el famoso Genaro.