Hay que leer más, Edel

Para los que todavía seguimos con interés las noticias relacionadas con Cuba, fue toda una sorpresa ver al jurista Edel González Jiménez, magistrado revolucionario durante más de quince años, pronunciarse la semana pasada contra la represión en la isla.

Aunque la burda propaganda oficial se empeñe en ignorar o minimizar sus repercusiones, se trata de un suceso importante. González Jiménez llegó a ser presidente del Poder Judicial Provincial en Cuba y estaba entre la Reserva Especial para la dirección del Tribunal Supremo, que dirige Rubén Remigio Ferro. No es habitual que esa gente diga ni mu, y tal vez por eso la periodista que firma la nota hizo hincapié en lo singular -y emotivo- del suceso. "Haciendo un evidente esfuerzo para contener el llanto, González dijo ante la audiencia que, aunque su esposa le había aconsejado no hablar del asunto, decidió ir en contra de sus deseos porque siente que es su deber denunciar al gobierno".

Edel González parece haber llegado a ese punto crítico en que la vergüenza es más fuerte que la conveniencia. En el evento de Madrid, organizado por Cuban Prisoners Defenders, confirmó lo que todos ya sabíamos: que las fuerzas de seguridad del Estado cubano pueden fabricar cargos en contra de los opositores, y que por lo regular, cuando hace falta, ejercen el control sobre el poder judicial.

Pero a mi agradable sorpresa por la iluminación y el digno outing de González Jiménez en The New York Times le siguió otro asombro, menos agradable, cuando la periodista nos deja saber que esas declaraciones son las de "un hombre que insiste en que todavía es un miembro fiel del Partido Comunista de Cuba y cree en el proyecto de Fidel Castro".

"¡Dios Santo!", me dije, "¿qué leerá esa gente?" No puedo menos que admirar la iluminación de Edel (lo digo sin ironía y bajo la oportuna advocación del reverendo Martin Luther King Jr.: “The time is always right to do what is right"), pero lamento de todo corazón su desconocimiento histórico, que lo hace seguir adorando al ídolo equivocado.

Cualquier persona medianamente ilustrada -no hablemos ya de un graduado de Derecho con algún interés por la historia de su país- sabe que el sistema judicial cubano se jodió, para decirlo con la prosapia del Zavalita vargasllosiano, en fecha tan lejana como el año 1959, el mismo en que triunfó la Revolución. Y que el gran artífice de esa debacle fue, justamente, el abogado Fidel Castro Ruz.

¿Habrá oído hablar Edel González del juicio a los pilotos en Santiago de Cuba?

En Santiago, entre el 13 de febrero y el 2 de marzo de 1959, fueron llevado a juicio 43 pilotos, artilleros y mecánicos de la Fuerza Aérea Cubana, soldados del recién derrocado dictador, Fulgencio Batista. La acusación contra ellos era que habían bombardeado de forma indiscriminada poblados campesinos, donde en ocasiones se refugiaban los guerrilleros para evadir los ataques de la aviación enemiga.

El tribunal estaba presidido por el comandante de la revolución triunfante Félix Lugerio Pena Díaz, y de fiscal fungía Antonio Cejas Sánchez, quien pidió la pena de muerte por fusilamiento para los pilotos, y 30 y 20 años de cárcel para los artilleros y mecánicos respectivamente.

Pero los jueces, después de escuchar a numerosos "testigos", desestimaron los cargos por falta de pruebas y absolvieron a todos los acusados. Los presos fueron conducidos de vuelta a la cárcel para iniciar los trámites de excarcelacion.

Esa misma noche, Fidel Castro, inconforme, usó la radio y la TV para proponer una triquiñuela legal (aquí los detalles): anuló el primer fallo y nombró un nuevo Tribunal: el nuevo Fiscal sería el Ministro de Defensa, comandante Augusto Martínez Sánchez; de presidente quedó el fidelísimo comandante Manuel Piñeiro Losada, "Barbarroja", y como vocales Carlos Iglesias Fonseca, Demetrio Montseny, Pedro Luis Díaz Lanz y Belarmino Castilla.

El nuevo juicio comenzó el día 5 de marzo y, por supuesto, esta vez el resultado fue diferente: apenas 2 absoluciones y penas de 30, 20 y 2 años de cárcel para 19, 10 y 12 acusados, respectivamente. Todos acabaron sufriendo las peores vejaciones imaginables en el terrible Presidio Modelo de la Isla de la Juventud, reciclado por el Gobierno Revolucionario, cuyo primer responsable en esos años, por cierto, un tal Aguiar, también tuvo un ataque de vergüenza, e intentó dar a los presos un trato digno, como consta en varios testimonios. Fue cesado por ello, y luego llegó el horror.

Días después, Pena Díaz, presidente del tribunal que había absuelto a los pilotos, tuvo otro arranque de vergüenza y se suicidó de un disparo en el pecho. (Algunos dicen que "lo suicidaron" y, tratándose de alguien poco dado a las emociones fáciles, con probada sangre fría, que había sido nada más y nada menos que jefe de las Brigadas Juveniles de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, la tesis no me parece demasiado descabellada. Además, se iba a casar en abril y lo esperaba el envidiable puesto de agregado militar de la Embajada cubana en Alemania).

Al ver el destino de Pena, otro miembro del primer tribunal, Antonio Michel Yabor, también sufrió su propio ataque de vergüenza, pero más moderado: decidió tomar "el duro camino del exilio", aunque publicó antes, una carta de renuncia en la que señalaba directamente al responsable de la infame trama: Fidel Castro.

Yabor, que murió en Miami en el año 2000, esperando lo que todos, también defendía en aquella carta el "proyecto revolucionario", con ceguera que me recuerda la del joven González, sesenta años después: "Ni la prensa extranjera, ni el viejo enemigo que combatí tan encarnizadamente me tendrán nunca en sus filas. Sigo siendo un revolucionario integral, pero de la verdadera Revolución, de la de Félix Pena, de la cubana, de la que soñabamos todos en las limpias mañanas de la Sierra. De la que a pesar de todos los engaños, ha de triunfar definitivamente."

¿Les suena? ¿Por qué, me pregunto, los cubanos no acabamos de aprender de los errores del pasado? A lo mejor hay que leer más, Edel.