Horacio: el hombre que vive en la caseta de una turbina

Cuando me enteré que Horacio vivía en la caseta de una turbina, lo primero que pensé fue en lo cruel que es su familia en dejar que él, con 71 años, tuviera que arreglárselas como pueda en ese lugar.
La caseta donde vive Horacio
 

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Cuando me enteré que Horacio vivía en la caseta de una turbina, lo primero que me pasó por la mente fue en lo cruel que es su familia en dejar que él, con 71 años, tuviera que arreglárselas como pueda en ese lugar.

Cuando llegué al lugar, él se encontraba cociendo un par de botas por las cuales le iban a pagar un dinerito. “Si te soy sincero, ya perdí la cuenta de los años que llevo viviendo en este lugar”, cuenta a ADN Cuba. Creo que deben ser unos 10 o 12 años, solo sé que un día mi vida dio muchas vueltas y me encontré viviendo aquí, con un pantalón, dos camisas y un vaso de aluminio donde busco café”.

A pesar de vivir en esa caseta de 3 x 3 metros, aún conserva la calma, la ecuanimidad, y aún se considera una persona chistosa. Horacio evidencia en su físico fuertes golpes, quemaduras por fricción, arañazos, pero lo más triste es que no recuerda cómo llegaron a su cuerpo.


“Discúlpame compadre, pero tenía una mujer que era una descarada conmigo y te juro por los restos del hijo mío que hace ocho meses lo enterraron que llevo varios días sin comer nada”.

Según los vecinos de la zona, Horacio es una buena persona. “A cada rato nos ayuda en los trabajos voluntarios que hacemos en la zona”, dice Rita, residente de Ciego de Ávila, “le regalamos algo de ropa o siempre hay algún vecino benefactor que le ofrece un plato de comida”.

“Yo creo que tiene setenta y pico de años”, dice Arnaldo, “pero lo que sí te puedo decir es que trabaja como un mulo. Te lo puedes encontrar chapeando un patio, ordeñando una vaca o arreglando una bicicleta. Horacio es un ser de luz y por la zona lo queremos mucho”.

Al preguntarle si el gobierno ha hecho algo por ayudarle en su situación nos dice: “Mira guajiro, yo en verdad no sé si me han ayudado”, dice con algo de temor. “Por aquí han venido los sociales (los trabajadores sociales), pero lo único que hacen es preguntas y más preguntas. A mí quienes me ayudan son los vecinos a los que quiero como familia”.

Según cuenta, los trabajadores sociales solo pasan por ahí y se paran frente a la caseta, miran, preguntan dos o tres cosas y se van. Lo único que le ofrecieron fue el comedor del Sistema de Atención a la Familia (SAF) y le comunicaron que tenía que pagarlo. Pero Horacio no cuenta con chequera de retirado, aunque está dispuesto a pagar dicho establecimiento.

“Te puedo decir, y eso sí te lo confirmo, que no tengo ningún vicio. No tomo ron, ni cerveza, ni fumo . De vez en cuando, me gusta fumarme un tabaquito. Estuve un tiempo viviendo en el asilo de ancianos, pero qué va, ahí me maltrataban, la comida era mala y yo no puedo estar encerrado”.


No quiero que nadie me coja lástima, porque malo que bueno siempre tengo algo de comer y cuando hago mis trabajitos me pagan también”. Horacio tiene fotos en una jaba de nylon en las cuales se le puede ver con un fusil en la mano. Al parecer, por lógica, él fue uno de los miles que fueron a Angola a pelear. Pero tal parece que tampoco la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana ha hecho nada por mejorar su situación.

“Nosotros no queremos que se lo lleven para un asilo de ancianos, donde todos sabemos maltratan a los viejitos y donde no son alimentados como debe ser, queremos que se le solucione su situación”, dice Eumelia, vecina de la zona.

“Sabemos que un día llegó aquí, hace muchos años, más o menos unos 10 o 12, a vivir ahí a la caseta esa que está vacía y desde ese día nos ayuda mucho”, cuenta Omar, un señor de 66 años.

“Al menos deberían averiguar de dónde es y ver si tiene algún familiar que se pueda hacer cargo de él porque el pobre, a pesar que siempre tiene buen ánimo, está pasando mucho trabajo”.

En la caseta, Horacio solo tiene retazos de madera, vasos hechos de lata de refresco Tu Kola, jabas de nylon y en la pared, dos percheros con unas camisas remendadas. En el suelo tiene unas telas con pedazos de colchas para taparse de la frialdad de la noche, ya que la caseta no tiene puerta, tiene unas cajas en el piso y en una esquina tiene un bulto de periódicos Granma, según él, para utilizarlos cuando va a hacer sus necesidades fisiológicas. Aunque también tiene mucha basura en esa área.

“Por la peste que tengo se nota que llevo sin bañarme mucho tiempo. Aquí no hay agua como puedes ver y cuando tengo ganas de hacer mis necesidades lo que hago es coger pal monte para no molestar a nadie, ya que por aquí siempre pasa mucha gente”, cuenta apenado.

“Muchas personas me tiran piedras cuando pasan y en ese momento lo que hago es refugiarme en una esquina de esta habitación para evitar que me hieran”.

Horacio, a pesar de que no es un cubano que vive con las necesidades básicas cubiertas, siempre tiene buen ánimo. A este reportero en más de dos horas de conversación le sacó bastantes sonrisas. Él sigue siendo una persona alegre, porque según su filosofía de vida y así lo dice: “al menos, estoy vivo”.