Tarde de invierno

A diferencia de Londres o Nueva York, aquí la llovizna no es elegante. La llovizna habanera no es fotogénica, no tiene el efecto de esas pelis románticas en que dos jóvenes aprovechan para besarse y celebrar que se aman. Aquí la lluvia es más un sálvese quien pueda, una estampida de gente buscando refugio y, sobre todo, algo en que moverse... 
“Bandera”, Luis Enrique Camejo Vento, 2016. Acrílico sobre lienzo 130 x 160 cm​​​​​​​
 

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Casi las seis de la tarde en Neptuno y Galiano. El clima que no mejora desde la mañana. Una fina llovizna se cierne sobre esta parte de la ciudad, anunciando la llegada de un par de días invernales.

La gente se mueve aprisa, utiliza cualquier cosa para taparse: periódicos, jabas, mochilas... Es decir, cualquier cosa menos sombrillas. A diferencia de Londres o Nueva York, aquí la llovizna no es elegante. La llovizna habanera no es fotogénica, no tiene el efecto de esas pelis románticas en que dos jóvenes aprovechan para besarse y celebrar que se aman. Aquí la lluvia es más un sálvese quien pueda, una estampida de gente buscando refugio y, sobre todo, algo en que moverse... 

Decido quedarme quieto bajo un alero, y a mi lado un hombre echado en el suelo, oliendo como el demonio, chupando pacientemente un cigarrillo. Tengo la esperanza de que aparezca un taxi de inmediato, aunque no estoy apurado. Me asomo y tan solo alcanzo a ver personas moviéndose, chocando constantemente en la acera estrecha. Pienso en los años que llevo haciendo esto, en todo el tiempo que he perdido esperando guaguas que nunca han aparecido y el dinero que he gastado diariamente viajando en taxi. Me jode el saldo que dejan esos pensamientos. Resulta que he gastado más dinero en carros, que en cualquier otra cosa en esta vida. Y lo peor es que aún no termina. 

Enciendo un cigarro de dos que me quedan en el paquete, y olvido por un momento lo que pasa a mi alrededor. Una mano fría, áspera y filosa, me trae de nuevo a la realidad. "Socio –me dice el viejo con una voz gastada, marchita de tanto alcohol y tabaco malo— dame uno de esos". El viejo me mira como a un amigo de toda la vida. Su cara, estrujada y sucia, tupida por una barba grisácea que se hace amarilla en las puntas, me conmueve de golpe, y pienso que es justo darle ese último cigarro, que aquel octogenario moribundo, probablemente, no hiciera otra cosa en todo el día que pedir cigarrillos, que acaso era ese el único placer que podía permitirse: fumar. Y saqué el paquete, extraje el cigarro y apreté la envoltura. El viejo parecía dormido, ahí sin moverse. Encendí el cigarrillo y se lo extendí. Lo miré fumar un rato sintiendo que le había salvado la vida.

De repente, apareció un Chevrolet azul, estruendoso, y me lancé en su dirección. De la nada, también apareció a mi lado una mujer obesa con un niño pequeño en brazos. Miré adentro del taxi. Tan solo quedaba espacio para un pasajero. Dudé una milésima de segundo, que la mujer aprovechó para preguntar: ¿Vedado, niño? “A peso, mi tía”, dijo el chofer. ¡¿Qué cosa es eso mi vida?! ¡¿Cuál es el abuso tuyo?¡ En ese instante abrí la puerta y me deslicé en el ínfimo espacio que dejaba, en la parte trasera, una pareja de cuarentones. El chofer clavó su mirada en mi rostro, miró nuevamente a la mujer, y me dijo: "Llego nada más al Coppelia". Me sirve, respondí. Y aquel mulato rudo, pisó el cloche y tiró de la palanca. ¡Descarado! ¡Están hechos unos descarados!, comenzó a gritar la mujer, y no supe si se refería a mí, o si se dirigía al chofer. El mulato no fue menos: ¡Más descarada eres tú, vieja tortillera! Y aquel Chevrolet comenzó a andar torpemente, como si fuera a desarmarse en los próximos diez metros. Me quedé pensando en aquella pobre mujer indignada, y en el pequeño que resguardaba en su pecho. También recordé a aquel viejo,  abandonado a la mugre y el hambre, sin otra alternativa. No pude evitar sentirme miserable. 

1 CUC se volvía el precio para escapar de ese triste encuadre. 1 CUC— me dije—, ya no equivale a dos taxis en esta ciudad. 1 CUC puede pagarme un auto o un paquete de cigarros, pero no las dos cosas. Cerré los ojos un instante y, sin darme cuenta, ya habíamos atravesado Neptuno. Me bajé en el Habana Libre y la lluvia había apretado un poco. Crucé la calle y me apuré hasta llegar a la parada. Mejor espero aquí, me dije. Y a mi lado un viejo en harapos, masticando algo indescifrable, con un cigarrillo entre los dedos. Las siete de la noche en el Vedado.

*Ilustración: “Bandera”, Luis Enrique Camejo Vento, 2016. 
Colección privada, Camila Amorim/ Acrílico sobre lienzo 130x160cm