Los prohibidos: Selección de poemas de Heberto Padilla
Ya en 1966, después de haber trabajado en el bloque soviético, llegó desilusionado y con una visión crítica hacia el gobierno de Fidel Castro.
Heberto Padilla
 

Reproduce este artículo

El escritor y poeta cubano Heberto Padilla (1932-2000) fue tal vez la mayor víctima del llamado Quinquenio Gris sufrido en la década de los 60 en Cuba.

En los inicios de la Revolución, Padilla se alineó a la misma, pero ya en 1966, después de haber trabajado en el bloque soviético, llegó desilusionado y con una visión crítica hacia el gobierno de Fidel Castro.

Su poemario disidente "Fuera del juego" obtuvo en 1968 el Premio Julián del Casal, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), gracias a la postura firme de los jurados José Lezama Lima, Manuel Díaz Martínez, José Z. Tallet, el peruano César Calvo y el británico J. M. Cohen.

El libro salió, pero con una nota crítica de la UNEAC. Para estos comisarios el escritor amparándose en "una ambigüedad mediante la cual pretende situar, en ocasiones, su discurso en otra latitud", se lanza "a atacar la Revolución cubana"

En 1971, a raíz del recital dado en la Unión de Escritores, donde leyó Provocaciones, Padilla fue arrestado junto con la poeta Belkis Cuza Malé (su pareja) y acusados de "actividades subversivas" contra el Gobierno. 

Después de 38 días de prisión en Villa Marista, Padilla leyó en la Unión de Escritores su famosa Autocrítica, en la que renegó de sus obras y de sus ideas expresadas anteriormente, después la coacción de agentes de la seguridad del Estado.

Selección de poemas de Fuera del Juego: 

 

Años después 
 
Cuando alguien muere,

alguien (ese enemigo) muere

de frente al plomo que lo mata,

¿qué recuerdos,

qué mundo amargo, nuestro, se aniquila? 
 
Porque los enemigos salen, al alba, a morir. 
 
Se les juzga. Se les prueba su culpa.

Pero, de todos modos, salen luego a morir. 
 
Yo pienso en los que mueren.

En los que huyen.

En esos que no entienden

o que (entendiendo) se acobardan.

Pienso en los botes negros

zarpando (a media noche) llenos de fugitivos.

Y pienso en los que sufren y que ríen,

en los que luchan a mi lado

tremendamente.

Y en todo cuanto nace.

Y cuanto muere.

Pero, Revolución, no desertamos. 
 
Los hombres vamos a cantar tus viejos himnos;

a levantar tus nuevas consignas de combate.

A seguir escribiendo con tu yeso implacable

el Patria o Muerte. 

 

Cada vez que regreso de algún viaje 
 
 Cada vez que regreso de algún viaje

me advierten mis amigos que a mi lado  

se oye un gran estruendo. 
 
Y no es porque declare con aire soñador

lo hermoso que es el mundo

o gesticule como si anduviera

aún bajo el acueducto romano de Segovia. 
 
Puede ocurrir que llegue

sin agujero en los zapatos,

que mi corbata tenga otro color,

que mi pelo encanezca,

que todas las muchachas recostadas en mi hombro

dejen en mi pecho su temblor,

que esté pegando gritos o se hayan vuelto

definitivamente sordos mis amigos. 
 

Di la verdad 
 
Di la verdad,

Di, al menos, tu verdad.

Y después

deja que cualquier cosa ocurra:

que te rompan la página querida,

que te tumben a pedradas la puerta,  

que la gente

se amontone delante de tu cuerpo

como si fueras

un prodigio o un muerto. 
 
Puede decir alguien que el poeta no es útil

alguien puede mirarlo insignificante

detrás de un odio visceral e inútil. 
 
Se alza

crece, en la inmortalidad de su pensamiento,

trasciende el espacio

se fuga y reaparece de la vida en que deambula

hace mucho más  

sirve a la lucha

es rama verde en la batalla

es recordatorio en la mesa del tirano. 

 

El hombre al margen 
 
Él no es el hombre que salta la barrera

sintiéndose ya cogido por su tiempo, ni el fugitivo

oculto en el vagón  que jadea

o que huye entre los terroristas, ni el pobre  

hombre del pasaporte cancelado

que está siempre acechando una frontera.

Él vive más acá del heroísmo

(en esa parte oscura);

No quiere ser un héroe,

ni siquiera el romántico alrededor de quien

pudiera tejerse una leyenda;

pero está condenado a esta vida y, lo que más le aterra, fatalmente

condenado a su época.

Es un decapitado en la alta noche, que va de un cuarto al otro

como un enorme viento que apenas sobrevive  

con el viento de afuera.

Cada mañana recomienza

(a la manera de los actores italianos).

Se para en seco como si alguien le arrebatara el personaje.

Ningún espejo  

se atrevería a copiar

este labio caído, esta sabiduría en bancarrota.