In da club

Helen, una rubia perfecta de veinte años, se ubica entre lo más codiciado en las noches del bar Mío & Tuyo. De día, estudiante del tercer año de Estomatología. De noche, especie de femme fatale conocida por todos: músicos, artistas, celebrities, proxenetas y putas.
La Habana de noche
 

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La Habana nocturna y sus itinerarios. Los placeres que persigue el viajero de paso. Todo lo que escamotea el control totalitario: las casas de juego, los moteles disfrazados de hostales, los bares-prostíbulos, el aparente silencio del Laguito y Siboney, lo underground entreverado con la casta pudiente; esa sociedad inmune, de moral verde olivo, que se pasea en Ladas y Geelys, estudia en becas americanas y europeas, y al final deserta, le escupe la cara al sistema que encubrió sus excesos. Una ciudad alucinante e insospechada, ocultándose en las ruinas de su historia.

Helen, una rubia perfecta de veinte años, se ubica entre lo más codiciado en las noches del bar Mío & Tuyo. De día, estudiante del tercer año de Estomatología. De noche, especie de femme fatale conocida por todos: músicos, artistas, celebrities, proxenetas y putas. Y cada noche el mismo ritual infalible: coquetea con Pablo, un joven bar tender que la escolta en su dramaturgia, bebe una copa de Bailey o una Margarita que no paga, e intercambia miradas a uno y otro lado, provocando el deseo de los clientes –ella los llama así– que se dan cita en ese oasis nocturno.

Las noches del Mío& Tuyo son todas iguales. No digo que sean aburridas, sino que todas son igual de predecibles en su desenlace. Siempre las mismas caras, disimuladas por el juego de luces o la penumbra. Los hombres expectantes, al acecho, con una actitud que un amigo, jocosamente, define mejor: “postaleados”. Las mujeres alternando entre bailar seductoramente o quedarse a observar los movimientos de otros: lo que toman, lo que llevan puesto, junto a quién se exhiben.

En la puerta, un par de forzudos hacen de censor. Te escrutan de arriba abajo con cierta frialdad. En ese instante cada detalle es relevante: saben si viniste en taxi de alquiler o si aparcaste en algún sitio de la manzana; reconocen si tu outfit es auténtico o si es una burda copia importada de México. Te clasifican. No importan tus intereses allí. No interesa que quieras divertirte, sino cómo deseas divertirte, y cuánto estás dispuesto a pagar por ello.

La diversión, por cierto, aquí alcanza un valor alucinante, se traduce en condiciones que, o te excluyen de golpe, o te asimilan a una casta social:

Tenemos disponible un sofá –te explica el security en la entrada–, que implica el consumo de una botella”. Incluso si no dudas en aceptar, el hombre te recuerda: “El precio mínimo de la botella son cien pesos”.

Y tú que tan solo deseas pasarla bien, escuchar un poco de reggaetón y beber un par de cervezas, tomas una decisión que, de alguna manera, ellos intuyen de antemano.

Pongamos que tienes un amigo que invita, que está dispuesto a correr con los gastos, y que además no maneja bien los códigos de esta ciudad, la situación que ahora mismo tiene enfrente. Repasas mentalmente otras opciones, pero sabes que esta puede ser tu última oportunidad, el ahora o nunca para descubrir el motivo de tanta fama. Pongamos que entras.

Alguien, uno de los del cuerpo de seguridad, te acompaña hasta el sitio pactado. El lugar no está demasiado lleno. De hecho, se puede ver lo que pasa al otro lado, detrás de una cinta roja que demarca otro terreno. Supongo que en esa sección se condensa lo más selecto, la clase VIP. De inmediato aparece una muchacha de porcelana, gélida y objetiva en su discurso, el cual consiste en recitar una carta que imaginas reproduce unas doscientas veces por noche.

Lo tengo claro: solo quiero beber unas cervezas. Miro a Fran y me pregunta qué deseo tomar. A beer, respondo. Y él me dice que un trago de ron estaría bien para empezar. La chica, que domina el inglés fluidamente, acota: “Recuerden que para estar aquí deben consumir una botella…” Y entonces me viene a la mente el security de la puerta, los 100 CUC que cuesta la dichosa botella, y me siento culpable por un instante. Fran pagaría cinco veces el precio de una botella por mantenernos ahí. ¿Cuál es el problema? me dice Fran, y le explico de inmediato. All right, me dice, y le pregunta a la dependiente qué botellas tiene. 

Cuando mi amigo se decide por una, un Ron Santiago 12 años, la chica experimenta un cambio en su actitud. Se nota, de hecho, más relajada. Quiero pedirme una cerveza, pero no quiero abusar. La muchacha desaparece y regresa con la botella y un par de vasos. Fran le pregunta por mi cerveza, y ella se disculpa. Mi amigo saca su billetera, extrae dos billetes de cien, y yo no puedo evitar mirar hacia otra parte. Al instante, la muchacha reaparece con mi cerveza y el cambio, y me digo que ya estamos en regla, que dejamos de ser un par de extraños para convertirnos en clientes de la casa.

Helen, que todavía no tiene un nombre para mí, está a un par de pasos, junto a la barra, haciendo lo suyo. Me capta desde el primer momento (supongo que eso les pasa a todos). Ni siquiera me ha visto, no ha mirado aún en mi dirección, y aprovecho para seguirla en detalle. Luce estupenda, ahí de pie. No le hace falta hacer demasiadas cosas, ni esa extravagancia que distingue a otras, para volverse el centro, el blanco de tantas miradas perdidas entre tanto flasheo y cuerpos en movimiento. Esa jovencita me parece demasiado ingenua, demasiado tierna, para estar donde está. ¿Son rigurosos con la edad en este sitio? Seguramente. Pero con Helen, no cabe duda, hacen vista gorda.

Fran es un sociólogo y periodista británico, que conocí hace unos meses en Facebook. El tipo está muy interesado en la realidad cubana, en los misterios que atraviesan la historia de esta isla en los últimos sesenta años. Es un devoto de los ideales izquierdistas más puros, un romántico progresista sartreano –así se define él mismo–, que se ha enamorado de este país y su gente. Además, se encuentra fascinado, como pocas personas que conozca, con Fidel Castro.

Desde que conversamos por primera vez, notamos que teníamos mucho en común. Tal vez discrepamos, abiertamente, en una sola cosa: Fran odia a Slavok Zizek. No entiende cómo alguien, sobre todo, cómo un joven cubano, es capaz de simpatizar con Zizek. Casi lo entiendo. Puedo entender su desconcierto. Fran posee una mentalidad de ajedrecista, demasiado organizada, depurada de ciertos excesos que son como pecados de la inteligencia. Es el arquetipo del hombre europeo centrado y orgánico: fiel a un credo, a una escuela. Naturalmente, observa en mí un campo de contradicciones.

Fran todavía cree en la posibilidad de un proyecto.

Mi amigo lleva un rato bailando. Yo, en cambio, no he parado de mirar a esa rubia delicada, que es como un ángel profano. A estas alturas me he inventado mil pretextos para acercarme, para decirle algo capaz de conmoverla y hacer que se fije en mí. Siempre que tengo una idea termino desistiendo. En realidad, no soy de los que se acercan y hablan. Ni siquiera soy de los que impactan a simple vista. Pero esa chica tiene algo, un atractivo misterioso, que imanta mi atención.

El reloj marca las cinco y media. La noche casi termina y Fran está a mi lado borracho. Es simpático el efecto que tiene el ron en los extranjeros. Es decir, cualquier cubano estaría “a media máquina” con lo que ha bebido Fran, pero él ya no puede más, está derrotado sobre el sofá. Algunas personas nos miran con cierta apatía. Supongo que un joven cubano junto a un extranjero borracho, a esa hora, deja mucho que imaginar.

La rubia también se ha fijado en nosotros. Aunque levemente, ha puesto su mirada en nuestro norte. La chica amable aparece y pregunta si todo está bien, si deseamos algo más. Le pido un agua natural y, por supuesto, otra cerveza para acabar la noche. Se me ocurre decirle que, por favor, le diga a la muchacha junto a la barra que deseo hablarle un momento. Apenas se mueve, me arrepiento. 

La rubia se acerca adonde estamos Fran y yo. No sé cómo empezar, hay demasiado ruido, y se me ocurre decirle que salgamos de allí un minuto. Afuera todo es más fácil. Me ahorraré ciertos detalles: me dice que se llama Helen, me pregunta de dónde soy (aunque intuía la respuesta) y sitúa las cartas sobre la mesa. Intento ser práctico en mis respuestas, aunque no se me da bien confesarle mis intenciones. Ella no pierde tiempo: “Si quieres irte conmigo son cien y veinte el taxi”. Me asombra que no habla de tiempo, cosa rara. Le digo que tengo un carro a mi disposición, pero ella insiste en que debe ser en su taxi. El taxista –supuse, sin equivocarme– era su proxeneta. Le dije de acuerdo y me dijo que entonces me esperaba en la acera.

Entré a buscar a mi amigo y le dije que nos marchábamos, que había resuelto un “final feliz” para la noche. Fran apenas podía mantenerse en pie. Cargué con él hasta la acera, y al verlo, Helen sacó a relucir su alter ego. Tu amigo está muy mal, me dijo. Está pálido, como si tuviera un coma de azúcar. Pero Fran, muy claramente, me pidió que le echara agua en la nuca y lo llevara a un sitio seguro.

Esa noche, a su manera, tendría un final épico. Dejamos el bar atrás: Fran y yo en el auto rentado; Helen y su proxeneta en su Lada 1600. Pasamos por cervezas y anclamos en el apartamento, también rentado, de Fran. Le propuse a Helen un trato inmejorable: le pagaría lo pactado a ella y a su novio, por conversar. O sea, tendría la conversación más cara de mi vida con esa joven deslumbrante, en una cómoda terraza de Miramar, viendo cómo amanece en esa parte de la ciudad; repasando minuciosamente la nocturnidad privada y sus rituales de lujo. Me parecía un justo intercambio de beneficios: Helen, a fin de cuentas, obtenía dinero sin devestirse, y yo, por mi parte, adquiría material suficiente para una crónica.