Cola para mirar

Arrinconado en su decisiva obediencia al Estado, el cubano está hoy como esas personas que hacen cola en las nuevas tiendas en dólares, pero sólo para tomar nota del precio y mirar de cerca aquello que no sabe si podrá comprar.

Lleva años instalado en una singular pasividad, no sólo con respecto a sus derechos políticos sino también en lo relativo al modo de vida --o de sobrevivencia. Del otro lado de la vidriera, los administradores del país deciden los límites de un capitalismo de Estado tropical, obsesionado por el control y presidido por un fantoche a la sombra de un círculo de abuelos, que lo mismo se ocupa de los envases plásticos del aceite para cocinar que corta la cinta inaugural de un hotel cinco estrellas.

Esa idea, la de un turismo de lujo controlado por opacos consorcios militares que se niegan a ceder el verdadero poder, ha terminado siendo el credo postcastrista. Metáfora del fracaso social: ahora son los soldados quienes cantan los sones para turistas.

Las otras figuras de ese decorado social parecen congeladas en el tiempo: mirando a ver qué pasa mientras le roban el país en su nombre.

No hablo sólo del "cubano de a pie", esa entelequia periodística. “Cola para mirar” fue lo que hizo durante una década la iniciativa privada que dependía de vender baratijas a los cruceros, o de alquilar un almendrón para ganarse una propina en dólares. Paladares que aceptaron la humillación de que les contaran las sillas, y los cargaran con inspecciones, regulaciones e impuestos. Mirahuecos de la libertad fueron también aquellos empresarios emblemáticos del “obamato”, da igual si vendían camisetas con mensaje, refundaban Craiglist en los trópicos o editaban una revista para turistas sedientos de mojito.

“Cola para mirar” hacen también los pocos artistas cubanos que, aunque creen que triunfan en un mercado voraz, sólo pueden pensar dentro de un sistema artificial de consagración por ghetto: la reivindicación será la que te toque por la nueva libreta: feminismo, negritud, LGBTI, santería caribeña o "talento-en-bruto-producto-de-la-Revolución". Lo mismo Mendive que Padura, Los Carpinteros o Cimafunk: en Cuba el éxito pasa por que te descubran fuera y te acomoden en una esquina codificada del folklore. Un consumo con valores cada vez más simplistas, infinitos remakes de las portadas de Carteles.

Ahora que el turista norteamericano con cultura de propina obligatoria y sonrisa permanente empieza a escasear, tal vez haya llegado la hora de hacer balance. Pero en eso de hacer memoria y poner su vida en perspectiva, el cubano de la cola no es muy diferente del empresario ni del artista: "para-qué-perder-el-tiempo-para-qué-volvernos-locos", sabe que algo caerá: una remesa de un primo, un inversor con ganas de sol y mulata, un galerista para jinetear; alguna cola donde apuntarse, sacar turno e ir tirando a ver qué aparece.

Es cierto que hay excepciones y disidentes. Pero no nos engañemos: son minoritarios, y no calan en la conciencia nacional. El cubano prefiere saberse "el mejor" en su burbuja que enfrentar su estrepitosa mediocridad cotidiana. Mejor sobrevivir “escapando” o resignarse a los márgenes que empezar a hacerse las grandes preguntas. La leyenda, tan popular hace unos años, de que la recién estrenada iniciativa privada conseguiría poco a poco espacios esenciales de libertad con implicaciones políticas y sociales me recuerda una anécdota que cuenta el gran Fernando Vallejo en su biografía del poeta Porfirio Barba Jacob. Barba Jacob llegó a Cuba a mediados de los años 20, envuelto en su aura de maldito, bohemio y gay sin complejos. Triunfó, sí, pero a costa de los escritores del Grupo Minorista, comunistas bien vestidos, a quienes "sableó" sin piedad. Le encantaba la buena vida, así que incurría en grandes gastos y aún más grandes deudas. Era todo un especialista en conseguir dinero prestado. No pagaba en los hoteles en que se hospedaba (el Crisol, el Roosevelt, el Crespo...), y sus amigos cubanos tenían que hablar con los jueces para quitarle de encima las constantes demandas. Lo cambiaban de hotel, y lo mismo: extendía un cheque sin fondos tras otro. Sabía en qué cafés sus amigos tenían cuenta, así que tras consumir en ellos, le decía al dependiente: “Apúntenselo a Tallet” o "Roa invita".

Esta vida disipada y siempre al borde de la caída, lo hizo enfermar gravemente. Tras recuperarse, reunió a sus amigos cubanos y les dijo en tono grave que había decidido que era hora de marcharse de la isla. Ellos, conmovidos, organizaron una última colecta. Barba Jacob, al fin, desapareció del mapa habanero. Tres meses después, el propio Tallet se lo encontró en una esquina. "¿Cómo? No se había ido usted? ¿Y el dinero de la colecta?", le preguntó. "Me lo gasté en parrandas", confesó el poeta empoderado, antes de solicitar un nuevo préstamo.

La iniciativa privada en Cuba es igual que Barba Jacob: siempre necesita un nuevo crédito antes de dar el paso definitivo para reclamar la libertad. Cuida su terrenito, cada vez más pequeño. Los límites de su emprendimiento son los límites de su tranquilidad. Se confiesa, en tono amargo, al turista norteamericano o al cubano de visita mientras le sirve un mojito bien cargado. Da un viaje, hace su cola para mirar los precios del mundo real. Luego regresa a lo seguro: la propinita para el inspector, la "lucha por la izquierda", el proyecto al que lleva diez años dándole vueltas.

Del otro lado de la vitrina, GAESA-Máshenka lo mira, sonriente.