Un "oficio" de sangre fría, carteristas en Cuba
Nunca, jamás, abraces a un carterista, si no quiere resultar un out por regla
Un oficio de sangre fría
 

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Por estos días, mi vecino el ex convicto cumple 20 años de su liberación de la prisión de Guantánamo y recuerda un personaje de su cubículo, que según su opinión, desempeñaba el oficio de mayor sangre fría del mundo: carterear a los carteristas.

“Se llamaba Gustavo y era el antípoda del prototipo del malhechor. Gustavo era el modelo de un dandy”. 

“Durante el año que convivimos juntos, me contó los detalles de cómo realizaba su trabajo: observar con detenimiento el quehacer de los carteristas en la calle,  seguirlos en sus faenas, en los ómnibus, en las colas, en las cafeterías y tiendas, un cazador sin apuros. Y cuando consideraba que el carterista escogido ya tenía una buena cosecha en el bolsillo, entonces en un acto de magia Gustavo les quitaba el botín”. 

“Reconozco a un carterista de una sola ojeada”, aseguraba “Lo común es unir todo el dinero robado y botar las billeteras. Según la gente que cartereaban, podía definir el monto que iban acumulando y cuando me tiraba iba al seguro. Es un don que Dios me dio y no existe un oficio en el mundo que dé más satisfacción, que timar a un ladrón. Era una especie Robín Hood, le quitaba el dinero que robaban  los bandidos. Creo que merecía un premio, en vez del encierro”.

La casualidad hizo que salieran el mismo día en libertad y recuerda mi vecino, que en el  cuerpo de guardia algunos oficiales se despidieron de Gustavo, con efusión,  porque había sido un recluso ejemplar, mostrando un arrepentimiento sincero de su delito y rehabilitado perfectamente, según las ordenanzas de la penitenciaria.

Contrario a sus hábitos represivos, el jefe de orden interior capitán Muñoz lo abrazó y lo acompaño hasta la puerta de salida. También lo despidió con un abrazo el teniente coronel Orestes Pérez Palma, jefe de reducación del penal. 

“Salimos del combinado y nos cambiamos en un almacén de vestuario que radica afuera, atendido por un preso que llamaban carne rusa. Encontramos piezas estrujadas, fuera de talla, pero que servían para largarnos de allí”.

“Habíamos caminado más de un kilómetro por la carretera, cuando Gustavo vio acercarse un taxi y lo detuvo. Le pidió al chofer que nos llevara a Guantánamo, pero lo jalé por el brazo para recordarle que de la prisión salimos solo con la ropa que llevábamos puestas, sin un centavo, y Gustavo sonrió y me dijo que no me preocupara: tengo dinero, solo que no sé cuánto. Montamos en el asiento de atrás y lo vi sacar del bolsillo dos billeteras. Reunió  el dinero en un bulto y botó las carteras por la ventanilla, con un gesto particular, de quien se despide de malos recuerdos”.

“Quedé petrificado cuando vi volar por el aire el carnet del MININT de Orestes Pérez Palma, y luego una billetera donde alcancé a ver una foto del capitán Muñoz: el látigo de los reclusos del combinado. Luego me dijo: Nunca, jamás, abraces a un carterista, si no quiere resultar un out por regla”.