Los dos potentes terremotos que recientemente sacudieron el norte de Venezuela han vuelto a confirmar una lección que la historia demuestra una y otra vez: los terremotos son fenómenos naturales inevitables; las grandes catástrofes humanas dependen también de decisiones humanas.
La cifra de muertos, heridos, viviendas destruidas y familias abandonadas no está determinada únicamente por la magnitud del sismo. También depende de la calidad de las construcciones, la preparación de la ciudadanía, la rapidez de los servicios de emergencia, la transparencia gubernamental y la capacidad de recibir ayuda internacional sin obstáculos políticos.
Venezuela enfrenta hoy una emergencia de enormes proporciones. Mientras continúan las labores de rescate y el número de víctimas sigue cambiando, hay una realidad imposible de ignorar: ningún país puede responder eficazmente a una tragedia de esta magnitud cuando llega a ella con hospitales en crisis, infraestructuras deterioradas, instituciones debilitadas y millones de ciudadanos viviendo en condiciones de pobreza.
La historia demuestra que la magnitud no lo explica todo
Los grandes terremotos del último siglo ofrecen una enseñanza constante: un terremoto gigantesco puede causar relativamente pocas víctimas cuando golpea a un país preparado; uno de menor intensidad puede convertirse en una tragedia devastadora cuando encuentra edificios frágiles y un Estado incapaz de responder.
Chile ofrece uno de los mejores ejemplos. El terremoto de Valdivia de 1960, de magnitud 9,5, sigue siendo el más fuerte registrado instrumentalmente. La destrucción fue enorme y murieron miles de personas. Sin embargo, aquella tragedia impulsó profundas reformas que convirtieron a Chile en uno de los países mejor preparados de América Latina frente a los terremotos.
Algo similar ocurrió en Alaska en 1964. El sismo alcanzó magnitud 9,2, pero dejó alrededor de 130 fallecidos, en parte por la menor densidad poblacional y por una rápida movilización de recursos para atender la emergencia y reconstruir las comunidades afectadas.
El terremoto y tsunami del océano Índico de 2004 mostraron el escenario opuesto. Más de 228.000 personas murieron en catorce países. Aquella tragedia impulsó una movilización internacional sin precedentes y llevó a fortalecer los sistemas de alerta de tsunamis en toda la región.
En Japón, el terremoto y tsunami de 2011 provocaron cerca de 20.000 muertos y el accidente nuclear de Fukushima. Aun así, los estrictos códigos de construcción, los sistemas de alerta temprana y la cultura de preparación evitaron un desastre todavía mayor.
La conclusión es evidente: la naturaleza no puede evitarse; las consecuencias sí pueden reducirse.
Preparación o propaganda
Precisamente por eso resultan tan reveladoras las reacciones de dos de los principales referentes del socialismo latinoamericano.
Tras el devastador terremoto de Haití de 2010, Hugo Chávez dio crédito a la teoría conspirativa de que Estados Unidos había provocado el sismo mediante un arma tecnológica.
Fidel Castro, por su parte, aprovechó el terremoto y tsunami que golpearon Japón en 2011 para afirmar que el "terremoto político" de Libia era potencialmente más grave que la tragedia que en ese momento vivía el pueblo japonés.
Mientras miles de familias buscaban a sus desaparecidos, ambos dirigentes eligieron convertir una catástrofe humanitaria en un instrumento de propaganda política.
Ese contraste resulta revelador.
Los países que hoy mejor enfrentan los terremotos invierten durante décadas en ingeniería, educación, planificación urbana, sistemas de alerta, hospitales y equipos de rescate. Los regímenes autoritarios, en cambio, suelen invertir más esfuerzo en construir narrativas ideológicas que instituciones capaces de proteger a sus ciudadanos.
Los países que mejor se preparan
Entre los países con mayor preparación sísmica suelen mencionarse Japón, Chile, Nueva Zelanda, Estados Unidos y México.
Todos comparten características similares: estrictos códigos de construcción, sistemas de monitoreo, simulacros permanentes, protocolos de evacuación, investigación científica y una cultura ciudadana orientada a la prevención.
No han eliminado los terremotos. Han reducido enormemente su capacidad para convertirse en catástrofes humanas.
La verdadera lección para Venezuela
Venezuela necesita hoy solidaridad internacional y ayuda inmediata. Pero cuando termine la emergencia seguirá enfrentando un desafío mucho mayor: reconstruir instituciones capaces de proteger a su población antes del próximo desastre.
Porque los terremotos seguirán ocurriendo. La diferencia entre una tragedia natural y una catástrofe nacional suele comenzar mucho antes de que la tierra empiece a temblar.
Si hacemos un análisis sereno del sufrimiento acumulado durante décadas por millones de cubanos y venezolanos, resulta difícil no concluir que el deterioro humano, económico e institucional provocado por el castrismo y el chavismo ha dejado consecuencias más profundas y duraderas que muchas catástrofes naturales.
Los terremotos destruyen ciudades en minutos. Los malos gobiernos pueden destruir generaciones enteras.