Adiós al G2 cubano

La Seguridad del Estado de Cuba (DSE), el temible G2, está en sus horas más bajas, a punto de desaparecer para siempre. Es un secreto de estado, pero en un estado como el cubano nunca nada ha estado mucho tiempo tan secreto. Se va, cierra, se transforma, y de un organismo vivo y terrible pasará a ser varios organismos inocuos, nada represivos, intentando acoplarse a los nuevos tiempos y dejar atrás la mala fama que le dieron sus actos más abominables.

Ya esa fuerza represiva, que en esta época de crisis resulta incosteable para las arcas del estado,  había sufrido duros golpes tras la Causa número 1 del 89 y el posterior encarcelamiento y muerte –en extrañas circunstancias— de su jefe José Abrahantes. Y más tarde, el puntillazo que le diera el bestseller “El compañero que me atiende”, una compilación de Enrique del Risco con narraciones y testimonios “de 57 escritores que están no solo en Estados Unidos sino en diversas partes de Latinoamérica, Canadá y Europa”, sobre los llamados policías de la cultura.

El organismo tampoco resistió otra serie televisiva. Resultan poco creíbles a esta altura los David, los Reynier y los Julitos Pescadores que han dejado como herencia agentes poco preparados, que cualquiera descubre a la legua por chambones y prepotentes.  Una comparsa de gritonas histéricas y karatecas torpes les son hoy más útiles y más económicos que los torturadores sofisticados que entrenaran en el pasado el KGB y la Stasi, aquellos nazis socialistas.

Ahora no saben qué hacer con el cocodrilo sin dientes, que sumergían en el tanque donde flotaba un interrogado que hacía entonces urgentes confesiones lívidas, ni con el gorila que tenía fama de practicar el sexo con hombres desprevenidos. Serán animales abandonados a su suerte, convertidos a partir de ahora, en animales mitológicos, habitantes de la leyenda negra de aquel sitio al que el pueblo llamaba con el nombre de un gustado concurso televisivo: Todo el mundo canta.

En esta desarticulación secreta del DSE cubano, como es conocido el antiguo G2, se han probado diversas variantes para reubicar a su plantilla. El departamento de vigilancia electrónica seguirá activo, pero prestando otros servicios a la patria, asesorando y corrigiendo a los actuales dirigentes del gobierno que quieran transmitir mensajes en las redes sociales, evitando que tengan deslices y meteduras de pata. El departamento de interrogatorios será convertido en varios salones de belleza, que en lugar de sacar uñas, las pondrán, naturales o de acrílico, con auxilio de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y asesoramiento de la República Popular China.

 

Ya está en funciones y haciendo prácticas el departamento que antes se encargaba de desaparecer a enemigos y desafectos. Ahora intentan funcionar como una modernísima agencia de viajes. En sus primeros experimentos han resultado ser muy efectivos poniendo en práctica un sencillo sistema: atrapan a un disidente, lo convencen de que lo que hace es malo y peligroso, le dan cien dólares –sacados con mucho sacrificio de los fondos del Ministerio del Interior— y le ofrecen la posibilidad de reiniciar su vida laboral, e incluso patriótica, en un país extranjero que ellos mismos eligen, y allá lo llevan, costeándole la documentación y el viaje.

El pueblo respirará ahora aliviado, sin tener el peso de la agobiante vigilancia. Los gobernantes cubanos han agradecido los servicios prestados por la Seguridad del Estado durante casi seis décadas, pero hace ya demasiado tiempo que se enfrió más la Guerra Fría y su mantenimiento actual sobrepasa cualquier presupuesto, sobre todo teniendo a mano una nueva cantera de chivatos, que por envidia o rencor actuará estrechamente vinculada a la policía.

Se estudia la posibilidad de convertir la sede de la Seguridad del Estado en un museo de los horrores, o quizás darle un uso social más acorde con las necesidades del país. Hasta un gracioso propuso convertir el edificio, la antigua Villa Marista, en la sede nacional de las Damas de Blanco, idea que el buró político rechazó de inmediato.

Tras desmovilizar a sus agentes, a los que no pasen a retiro forzoso, habría que buscarles ocupación acorde a sus habilidades.  No sería descabellado que muchos engrosen las filas del personal de las agencias de viaje y envíos, corriendo el riesgo de que, por costumbre adquirida en la práctica de tantos años, veten a algunos viajeros o destripen la paquetería que se pretende enviar.

Se va la Seguridad del Estado, pero quedarán, eso sí, unos cuantos gorditos mal vestidos, con motos y celulares, para asuntos puntuales y baladíes como golpizas, amenazas y secuestros. Aunque esos también irán desapareciendo cuando la misma población les pierda el miedo y decidan darles su merecido.

Castroska. Ilustración cortesía de Armando Tejuca.
Castroska. Ilustración cortesía de Armando Tejuca.